martes, 12 de abril de 2016

Sediento de amor... ¿Aún no conoces al tritón Nathaniel?


¡¡¡Buenos días a todas!!!

Espero que esteis pasando un buen día, hoy por fin encuentro tiempo para actualizar el blog y esta vez lo quiero hacer compartiendo con todas la ficha de una novela sencilla, hermosa, tierna y muy romántica:

Sediento de amor.





Le tengo mucho cariño a esta historia (la verdad es que como autora se le suele tener cariño a nuestras novelas jajaja, pero hay algunas que me gustaron más que otras, que disfruté mucho más escribiéndolas o que estoy contenta en cómo quedaron) y tiene una historia, pues iba a ser parte de una Antología de criaturas sobrenaturales pero al final como no me dio tiempo, la acabé publicando como novela propia. 

Si ya la habéis leído, os recomiendo que vayáis a vuestra cuenta de Amazon, Gestión contenido dispositivos y busquéis la novela (en el buscador ponéis el título y ya os lleva a ella) para poder descargar totalmente GRATIS la actualización, bien a través del pc (os recomiendo esto, es más rápido, la descargáis al pc y luego la añadís al kindle por cable usb, y si leéis en el móvil en epub con el calibre la podéis transformar que no tiene DRM) o directamente la podéis descargar al kindle con la opción actualizar contenido. 

Porque la segunda edición ha sido corregida y ampliada un poquito (unas cinco o seis páginas). Es la misma historia, pero la he corregido gracias a la ayuda de mi correctora.

Este año, como ya sabéis si me seguís por Facebook, quiero corregir todas mis novelas, porque estos años he aprendido, he mejorado (o lo intento) y quiero pulir mis anteriores novelas para poder seguir adelante, para poder ofrecer la mejor calidad a mis lectoras. 

Si las tenéis en papel, no hay problema, me enviáis un email o un mensaje desde Facebook, me mostráis una foto de la novela en papel, o la factura de compra de Amazon y os regalo el ebook de la novela en cuestión (por ejemplo: ahora mismo estoy corrigiendo a fondo El guerrero de mi destino, si la tenéis en papel, hacéis lo que os comento y os envío de regalo la novela en ebook) para que podáis leer la actualización.

No voy a subir los precios de las novelas, aunque las correcciones me están costando dinero (sí, las correctoras cobran por su trabajo, como es normal), y espero que me perdonéis tantos cambios, ediciones, etc, pero cada año aprendo algo nuevo, intento pulir mi estilo y quiero ofrecer la mejor calidad a quienes se animen a leerme. 

Mis futuras novelas ya saldrán publicadas, es decir, NO tendrán segundas ediciones, esto solo lo haré con las primeras que publiqué en mi carrera de escritora. 

Y ahora, tras este tostón..., os recomiendo leer esta semana Sediento de amor. 



Y para quienes aún no conocen a Nathaniel..., os dejo los primeros capítulos. La novela está en ebook y en papel (edición bolsillo)






Prólogo


Nathaniel se enorgullecía de su valor y de su fuerza, y se vanagloriaba de sus virtudes sonriendo con orgullo a quienes les rodeaban. A pesar de ser un tritón de tan solo ocho veranos esgrimía el bluirt con maestría siendo capaz de superar a sus compañeros de entrenamiento. Era el orgullo de sus profesores y el mayor tesoro de sus progenitores. Se esforzaba cada día con ser el mejor, luchando contra la debilidad, forzando a su cuerpo hasta el límite. Deseaba contentar a todos, que le miraran con orgullo y asintieran satisfechos ante sus logros, pese a que no dejaban de echarle en cara sus debilidades. Todos esperaban mucho de él, pues era el heredero a la corona del Reino Atleintais, un título que conllevaba muchas responsabilidades, sin importar la edad que tuviera. Era un príncipe, y como tal, debía comportarse cada minuto del día como el heredero del Reino, olvidándose de las trastadas y de los juegos más propios de su edad.
Nathaniel, era el hijo mayor del rey Doivar y como tal luchaba y se esforzaba día a día para alcanzar a su padre. Iba a ser el próximo rey Tritón, y desde que era un infante se lo habían repetido día tras día para alentarle en su entrenamiento. Cuando fuera adulto aceptaría un cargo que conllevaba una gran responsabilidad, y en el que se necesitaba poseer una fuerte determinación. En sus manos tendría el báculo de poder que portaba en todo momento su padre, y con el cual sería capaz de manejar las mareas y el oleaje de los océanos. Un poder que podía destruir no solo su mundo, sino también el de la superficie. Su familia llevaba protegiendo el báculo desde siglos, y este deber pasaba de padres a hijos sellando la promesa que le juró el primer Klaider al dios de los mares.
“Proteger su mundo, aún a costa de sus vidas”
Nathaniel Klaider se convertiría en el vigésimo sexto rey Tritón, la noche de luna llena de su decimoséptimo verano de existencia. Hasta ese día se le consideraba un infante que tendría que mostrar su valía ante los habitantes del Reino pasando una prueba de resistencia y valor. Si pasaba la prueba con vida, sería coronado Rey y tomaría el testigo de su padre, aceptando el báculo en manos de este, quien pasaría a convertirse en miembro del Consejo.
O eso al menos era lo que todos esperaban, y con lo que soñaba el joven tritón cada noche, contando los días que faltaban para convertirse en Rey.
Hasta la noche en que todo su mundo se desmoronó. Una fatídica noche en que la sangre salpicó el suelo del palacio y los gritos del horror y del dolor se escucharon por cada rincón del Reino.
Ante el inesperado y atroz ataque a palacio por parte de un grupo de la guardia Real que ansiaba el poder, se vio obligado a escapar junto a su joven hermana de su hogar, dejando atrás los fantasmas del pasado, y los cuerpos sin vida de sus padres.
Los gritos de su madre resonarían en su mente durante años, impidiéndole encontrar la paz, y recordándole cada noche el juramento que se hizo, cuando miró por última vez el que fuera su hogar.
Encontrar a los causantes de aquello,… y acabar con ellos, con sus propias manos.
Ansiaba venganza. Por sus padres, por las lágrimas de su hermana que contempló toda la destrucción de su mundo sujetándole con fuerza la mano y temblando del miedo, y también, por él.
“Un Rey no es aquel que gobierna a su pueblo con el poder que le otorga su cargo, sino quien consigue la lealtad de todo el Reino, otorgada desde el corazón”.
Años más tarde recordaría las palabras de su padre, un consejo que el tiempo demostró que la lealtad del Reino no sirvió de nada ante la avaricia de la guardia Real. Esos traidores acabaron con su Rey para hacerse con el poder del báculo, para tener el control absoluto de los mares y gobernar Atleintais. Cuando rememoraba la tarde en la que su padre le explicó los deberes de un Rey, la rabia y el dolor le ahogaban por dentro, rompiendo a reír por la ironía del destino, ya que el báculo de poder era inservible a manos de un tritón que no fuera un Klaider, ya que lo que activaba a la vara era la sangre del que hizo el pacto con el dios de los mares.
Habían muerto por nada, por la avaricia de unos tritones que envidiaron el poder que juraron proteger.
Su hermana y él estaban solos en el mundo, y no podían confiar en nadie. Tuvieron que dejar atrás su hogar, el mundo que los vio crecer y esconderse en la tierra de los humanos, escondiendo en sus corazones los recuerdos que siempre les acompañarían y el anhelo por regresar al mar sin temor a ser cazados y exterminados por sus enemigos.
Algún día…, regresarían a su hogar.

Algún día. 




Capítulo uno



Mireilla Smither golpeó por cuarta vez el botón de la alarma que había en el mostrador del motel. Se encontraba en un viejo edificio que parecía que estaba a punto de derrumbarse, y que resultó ser el único alojamiento posible en toda la isla.
Cuando por fin se animó a seguir a su voz interior, además del empujoncito que supuso su familia o más bien alejarse de ellos al menos por un tiempo para poder respirar tranquila; aceptó el trabajo que le ofertaron desde el Museo de Historia de su ciudad. El contrato era muy jugoso, y gracias a él podía independizarse durante los dos meses que le llevara reunir la información que necesitaban sus jefes. Al principio se resistió a aceptar la oferta al tener que trasladarse a vivir a la isla de  Saint Thomas, al norte del océano atlántico, pero luego, tras pensarlo seriamente, se lanzó a la aventura, aceptando el trabajo.
Iría a la isla en la que vivió Barbanegra, para realizar una biografía de los años en los que vivió ahí para el Museo de Historia.
Pero lo que era la mayor aventura de su vida, se convirtió en una serie de catastróficos sucesos que encadenados parecía que el destino se estaba riendo de ella. Desde que le perdieron una de sus maletas en el aeropuerto, estuvo  a punto de morir asfixiada por un cacahuete de esas bolsitas que te entregaban durante el vuelo y que se animó a comer una vez que pisó suelo tras un viaje movido convirtiéndose en la protagonista de una escena con el guardia de seguridad del aeropuerto que acudió a ayudarla a que expulsara el cacahuete. Por suerte, pudo hacerlo, y siguió con su andadura en esa nueva etapa de su vida. Y tras un viaje que quería olvidar, nunca se imaginó que se iba a encontrar tan perdida, y con la única maleta que tenía tirada en el suelo sucio y polvoriento de un motel, que parecía sacado de una película de terror.
Estaba a un paso de echarse a llorar y hacerse una bola en un rincón de su mente. La tentación de dejarse llevar por la desesperación era muy grande, pero había decidido que iba a comenzar a tomar las riendas de su vida, que iba a enfrentarse a los problemas con la cabeza en alto y con orgullo.
Ya no iba a ser la sosa de la familia, tal y como la llamaban todos. Siempre fue la tímida de la familia, viviendo en las nubes y no arriesgándose en la vida. Era la típica que se echaba media tarde pensando en los pros y contras de una acción, sin llevarla a cabo, y cuando se animaba a lanzarse a la piscina, esta ya se encontraba sin agua. Mireilla bufaba cuando sus padres le decían que debía parecerse más a sus hermanas. ¿Por qué? ¿Por qué no la aceptaban tal cual era? ¿Por qué no comprendían que no todo el mundo era igual? ¿Qué para ella sus hermanas eran zorras sin corazón capaces de acabar con quien se le pusiera por delante aunque esta persona tuviera su misma sangre, con tal de salirse con la suya? ¿No vieron el daño que le hicieron esas dos a lo largo de su infancia, en su adolescencia? ¿No vieron las lágrimas que derramó a causa de sus burlas, de ser ninguneada, de ver cómo se unían a sus acosadores en el instituto en lugar de defenderla cómo debían hacer las verdaderas hermanas?
Pero… ¿Cómo iba a parecerse a sus hermanas si estas eran modelos que viajaban alrededor del mundo posando para los mejores fotógrafos? Para sus padres siempre fueron perfectas en todo, las mejores en los estudios aunque apenas rozaban el aprobado, en los deportes, las populares en el instituto… ¿Cómo competir contra la perfección, aunque esta viniera de parte de dos engreídas que engañaban al mundo al no mostrar sus caras más oscuras?
Ella no tenía la culpa de haber nacido con una altura media y tener al menos, y todo en palabras de sus famélicas hermanas, quince kilos de más. O ser asmática y por tanto no poder hacer deporte cómo lo hacían ellas, o por culpa de su timidez, no ser la más popular de instituto.
Así que sin desearlo, era el patito feo de la familia, viviendo a la sombra del éxito de sus hermanas, soportando las burlas de los que la rodeaban y la decepción velada de sus padres. En el instituto, la peor etapa de su vida, había aceptado su aspecto y el papel que iba  a representar dentro de su familia. Ella no podía competir en belleza con sus hermanas, pero si podía buscarse un futuro académico. De esta manera comenzó a estudiar con pasión, absorbiendo cada palabra que leía, consiguiendo un doctorado en historia después de realizar una tesis de mitología greco romana.
¿Y cómo había llegado a una isla de la que nadie sabía y que descubrió su ubicación después de consultar un mapa detallado de la costa?
Pues por una apuesta. Una simple y apestosa apuesta con sus hermanas.
Esas arpías aparecieron en su apartamento del campus en el que trabajaba de ayudante del profesor de historia, y la retaron  a que no se atrevía a enviar su currículum al Museo de Historia que solicitaban licenciados para una serie de trabajos de investigación. Por supuesto que aceptó la apuesta, y envió esa misma tarde su currículo, les iba a demostrar que la aceptarían en el programa, que no era una fracasada como ellas creían por haber estudiado Historia.
Cuando recordaba el día en que recibió respuesta del Museo, aceptándola en el programa de investigación, saltó de alegría, y no tardó en enviar un mensaje de texto a las dos arpías de sus hermanas, para que vieran que sí era importante, pese a ser una simple ayudante de profesor. Así acabó aceptando el cargo de investigadora de Barbanegra, para una edición de su biografía actualizada, que publicaría de manera pública y gratuita el Museo, a través de su página web.  
Dejando de lado los recuerdos, Mireilla golpeó con ganas el dichoso aparato que estaba encima del mostrador, mientras decía en voz alta:
—¿Hay alguien ahí? Llevo diez minutos esperando a que me atiendan.
Escuchó ruido en la parte de atrás del mostrador y pisadas apresuradas. Mireilla sonrió. Ahora parecía que sí iban a atenderla.
Con curiosidad y algo más relajada al ver que podría dormir sobre un buen colchón, miró a su alrededor. El polvo y la suciedad era evidente en los escasos muebles que adornaban la entrada del cochombroso motel. También había una vieja estantería en las que lucían fotos antiguas que mostraban el esplendor perdido del lugar. Bajo sus pies había una alfombra pegajosa y descolorida en la que se percibían partes quemadas por colillas, y que lo mejor que podían hacer por ella era tirarla a la basura.
Su inspección fue interrumpida ante la aparición del dueño.
—¿Qué desea joven?
Mireilla se giró y se le quedó mirando. El hombre debía medir apenas unos diez centímetros más que ella. Su aspecto era descuidado, luciendo una desnutrición evidente pues su arrugada piel estaba pegada a los huesos. Era un anciano extremadamente delgado y desaliñado, con unos cabellos recortados sin forma alguna y de un tono grisáceo. Después de repasar la extraña vestimenta, pues llevaba puesto un pantalón de color caqui y una camisa de manga corta de un color anaranjada desteñida, Mireilla le miró a la cara, intentando por todos los medios contener su lengua. Los ojos del hombre eran completamente blancos. Estaba ciego.
Ahora comprendía por qué el lugar lucía tan abandonado. El pobre hombre con su ceguera sería incapaz de limpiar la suciedad, y menos reparar los desperfectos que se percibía casi en cada rincón del lugar. Mirase a donde mirase veía muebles, grietas en la pared y en el techo que necesitaban una reparación urgente.
—¿Joven? ¿Dime que se le ofrece? —su ronca voz la sacó de su ensoñación.
—Yo…—titubeó—. Necesito alojamiento, y en el puerto me dijeron que este es el único lugar que dispone de habitaciones libres.
El hombre esbozó una sonrisa ladeada.
—Has llegado en mala época joven. Dentro de tres días se va a celebrar por las calles principales de la ciudad un desfile conmemorativo, recordando que el temido pirata Barbanegra vivió aquí. Los demás hoteles de la isla están ocupados. Estamos en temporada alta.
Mireilla dejó caer la maleta de mano, el sonido que produjo al golpear contra el suelo asustó al anciano que salió de detrás del mostrador, con los brazos en alto buscándola.
—¿Se encuentra bien? Ese golpe…, espero que no le haya pasado nada. No pueden cerrarme mi motel, si lo hacen ¿donde dormiré?
Los balbuceos del hombre la sacaron de sus pensamientos, si ese anciano le decía que no había disponía de habitación para ella iba a echarse a llorar. El viaje en avión hasta la costa cercana a la isla fue agotador, vivía a más de dos horas de ahí, y luego tuvo que esperar a un ferry para que la acercara a su destino final, para encontrarse con que media isla estaba ocupada por turistas ruidosos disfrazados de piratas sacados de películas porno que dificultarían su labor de investigación y de paso iban a ser molestos por no decir otra cosa. Mireilla finalmente, se giró y levantó un brazo tocándole.
—Estoy bien, señor. Es solo…. —«Que estoy a punto de llamar a mis hermanas para maldecirlas hasta el día de sus muerte..., por jugármela de esta manera. La culpa tiene que ser de ellas, cuando se enteraron que me dieron el trabajo seguro que me pusieron velas negras para que todo me saliera mal», pensó, pero dijo en alto intentando plasmar calma en su voz—… que se me ha caído mi maleta al suelo. Siento mucho si le he asustado.
El hombre esbozó una sonrisa, mostrando una dentadura en la que faltaban varias piezas. Le tomó la mano y sin dejar de sonreír la acercó hasta el mostrador.
—Está bien joven. Antes no solía sobresaltarme tanto, pero ahora con mi… —Mireilla vio como tragó con dificultad y puso mala cara. Se notaba que le costaba hablar de su minusvalía visual, así que decidió cambiar de tema, preguntándole:
—¿Hay habitaciones libres?
—¿Qué si hay habitaciones libres? —repitió él, plasmando sorpresa en el tono de su voz—. Por supuesto que las hay. Puedes elegir dormitorio. Espera que te los muestro y…
El entusiasmo que mostró el hombre fue contagioso. Mireilla sonrió y le aseguró que un dormitorio que diese hacia el mar le servía. Adoraba contemplar el mar de noche. El suave susurro de las olas acariciando las doradas playas la tranquilizaba, y cuando llegó a la isla esperó encontrar un motel donde poder dormir escuchando el oleaje. Cuando los dueños de los moteles a los que visitó antes de llegar al que estaba, le dijeron que no había habitaciones libres, se deprimió. Había aceptado el trabajo sin haber pensado siquiera en buscarse un buen alojamiento, y un medio de transporte mientras estuviese en la isla. La beca que le dieron para sus gastos era generosa, además del plus que le iban a pagar cuando entregara la información que recopilase del pirata al finalizar el plazo de la oferta de trabajo. No era habitual de ella lanzarse de cabeza en una aventura sin tener todo planificado detalladamente, le gustaba hacer listas y analizar lo que tenía qué hacer, y el plazo que tenía para realizarlo. Esta iba a ser la primera vez en su vida que iría hacia delante sin pensar en nada, y esperando que el destino no le siguiera poniendo más zancadillas.
Pero tenía que reconocer que la improvisación no era tan mala. O al menos eso era lo que estaba pensando mientras seguía al dueño del motel escaleras arriba, a su nueva habitación, después de firmar el contrato de arrendamiento por dos meses, el tiempo que le habían dado para buscar toda la información que encontrase en aquella isla del pirata más famoso de los siete mares.
Una vez que estuvo sola en su nuevo hogar durante los siguientes dos meses, dejó la maleta encima de la cama, y caminó hacia el balcón. Sonrió cuando vio el paisaje que la recibía. A pocos metros del motel había una pequeña playa privada de arena dorada que relucía bajo los rayos del sol. Las aguas cristalinas en las que se veía el fondo del mar, la acariciaban con calma, siguiendo un ritmo tan antiguo como el propio mundo. La vegetación que bordeaba la playa era de un verdor intenso salpicado con diversos y llamativos colores de las flores típicas de la isla.
Cerró los ojos y disfrutó de la calma que le transmitió lo que la rodeaba.
Si antes se había lamentado de su precipitada decisión, ahora estaba segura de que había hecho la mejor elección de su vida.
Estaría por dos meses en un paraíso, realizando un trabajo que adoraba. Y lo que era mejor, lejos de su familia y de todos los conocidos que la comparaban con sus hermanas, y la tildaban de fracasada cuando tenían oportunidad.
Mireilla soltó una carcajada llena de felicidad, entrando de nuevo en el cuarto para deshacer la maleta, y descansar algo después del largo viaje en barco y las horas de cansancio acumuladas por el vuelo.
—Trabajo, dinero…, ahora solo me queda el amor —dijo risueña, burlándose internamente de la semillita que siempre estuvo en su corazón y que nunca pudo germinar al sentirse inferior, pues cada hombre que conocía en su vida la comparaba con sus hermanas cuando lo presentaba a la familia—. Pero primero a deshacer la maleta, una ducha rápida y mañana a la biblioteca del ayuntamiento a buscar información de Edgard Teach.

Lo que nunca se esperaría la joven era que su vida iba a cambiar radicalmente, cumpliendo cada uno de sus más profundos deseos.  





Capítulo dos



Las calles de la ciudad de la isla Saint Thomas estaban repletas de turistas que no dejaban de sacar fotos con sus caras y aparatosas cámaras de fotografía. Mireilla miraba con curiosidad a su alrededor, asombrándose que aquel festival que estaban preparando colgando carteles en los ventanales de las tiendas y guirnaldas en las fachadas de los edificios, fuera un homenaje a un hombre que aterrorizó a miles de personas con su maldad y oscuro corazón. Edward Teach nunca tuvo piedad con sus prisioneros, deshaciéndose de todo aquel que se interponía en su camino. Sus triunfos como pirata recorrieron los mares de su época, como un rumor de un ángel de la oscuridad que aterrorizaba a los mercantes que aparecían en su camino. Los tesoros que consiguió fueron gastados hasta el último doblón en mujeres y bebida, junto a su tripulación, a la que nada más que el deseo de enriquecerse abordando barcos, les unía. Entre piratas no había lealtades. Por un cofre de monedas de oro español habrían vendido a su capitán o hasta al mismísimo demonio, si así conseguían un buen puñado del botín.
Se acercó a una pequeña tienda que exponían folletos y libros dedicados al famoso pirata. Acceder hasta ahí fue todo un logro, porque no dejaban de atropellarla las personas que gritaban y se reían por la calle, pero cuando entró dentro del local, pudo suspirar aliviada. No soportaba estar rodeada de tantas personas. Se sentía que le faltaba aire si le invadían su espacio personal, empujándola y arrastrándola allá donde la muchedumbre se moviese. Por eso nunca pillaba el transporte público y siempre en su ciudad iba a la universidad en bicicleta. Poco le importaba las burlas de sus compañeros de departamento que la tildaban de ecologista. No solo lo hacía por el bien del planeta, si no por su propio beneficio, al no tener que soportar los atascos, el estrés del tráfico o la incómoda intimidad en los metros y en los buses cuando llegaba la hora punta y se llenaban como latas de sardinas.
Dentro del pequeño local paseó delante de las estanterías admirando los libros allí expuestos. Tal vez…, compraría uno. Algunos libros escritos sobre Edgard Teach estaban bien documentados y narraban su historia tal cual fue. Dura, cruel y llena de traiciones. Podría usarlos como base para aprender más del personaje histórico y así saber dónde buscar cuando acudiera a la biblioteca público de la ciudad y a la biblioteca del ayuntamiento, cuando el alcalde le concediera permiso para revisar los textos históricos que guardaban a buen recaudo en los archivos municipales.
—¿Necesitas algo? —Mireilla se giró, y ante ella se encontró con una mujer de mediana edad que vestía un apretado traje grisáceo y llevaba recogido el cabello en un moño alto.
—No, gracias. Solo estaba mirando.
La dependienta sonrió más abiertamente al ver el titubeo en los ojos de la joven. Llevaba muchos años en el negocio, atendiendo a los turistas que se acercaban a la isla en la festividad de Barbanegra, y aquella mujer mostraba el deseo de adquirir conocimientos acerca del pirata. Y nunca le había fallado su instinto.
—¿Está segura señorita? Ahí tienes buenos libros. Aquel habla de los tesoros que consiguió Barbanegra, y este otro de la vida que llevó antes de morir.
Mireilla miró los libros que le aconsejó la señora, y desechó al momento comprarlos. No eran más que guías ilustradas para turistas, exagerando los datos históricos.
—No gracias. Esas guías no me interesan. Pero si tiene uno de la historia de la isla documentada, tal vez me lo piense. 
La señora alzó una ceja disimuladamente, un pequeño tic que con los años pulió para que no notasen el interés que mostraba ante una nueva venta.
—Veo que eres una mujer con las ideas claras. Eso está bien. Venga conmigo, te mostraré unos textos antiguos. Son algo caros, pero si verdaderamente estás interesada, verá que bien vale ese precio. 
Mireilla asintió con la cabeza y la siguió, picada por la curiosidad. Si tras haber entrado en aquella pequeña tienda compraba un texto inédito conseguiría un reconocimiento que le abriría las puertas en su profesión. Era apenas ayudante del departamento de Historia, aún después de haber estudiado la Licenciatura. Su trabajo consistía en preparar las clases de su jefe, documentándose en la materia que tocaba cada día para luego darle la carpeta con la teoría y las imágenes que el otro les explicaría a sus alumnos. Ella no era más que una biblioteca con piernas que le hacía el trabajo sucio.
Ni reconocimiento, ni placer por su trabajo.
Estaba cansada de ser menospreciada y utilizada.
Internamente aquel era uno de las motivaciones, además de la apuesta, que la llevó a aceptar el papel de investigadora. Quería mostrar al mundo y a sí misma que estaba hecha de otra pasta, que era muy capaz de enfrentarse a su destino y comérselo, y que no era la mosquita muerta que todos creían que era.
Ahora, siguiendo a una mujer que decía tener un texto de valor histórico, se sentía exultante, recorriéndole el cuerpo un cosquilleo de anticipación, como si esperase que verdaderamente fuera a realizar un  hallazgo importante.
—Aquí está.
La voz de la dependienta la sacó de su ensimismamiento y se concentró en el libro de tapas curtidas y páginas amarillentas, que esta le mostró. Las letras eran doradas y el cierre era una tira de cuero que se enrollaba alrededor del documento manteniendo protegidas sus páginas.
Si era un libro escrito en la época en que vivió Barbanegra, estaría escrito a mano y sus páginas estarían sueltas.
Lo cogió con manos temblorosas, pues una primera inspección al viejo texto le confirmó que era antiguo. Eso, o era una falsificación que rallaba la perfección.
—Cuesta 1.200 dólares.
Mireilla ahogó el jadeo de impresión que le causó aquel desorbitado precio. Pero después de unos segundos en los que intentó asimilar aquella cifra, recordó que tenía el apoyo del rectorado de su universidad, que la apoyó en cuanto se enteraron que había sido contratada por el Museo de Historia, y el departamento de Historia que le habían puesto a su disposición cerca de dos mil dólares al mes. Con aquel presupuesto tenía que sobrevivir los meses que pasara en la isla. Quizás era precipitado pagar aquel precio por un texto que aunque no parecía falso, había un porcentaje alto de que lo fuera.
«¿Qué hago? Si gasto 1.200 dólares me quedará muy poco para sobrevivir este mes, tendría que apretarme el cinturón hasta que llegue el cheque del mes que viene. Y tengo que pagar el alojamiento y la comida», pensó mientras acariciaba las tapas. «Pero por otro lado, el motel no es caro, y si hago un poco de dieta... ¡Qué coño, lo compro!» se decidió, sonriendo.
No lo iba a pensar más. La Mireilla que se pasaba horas discutiendo consigo misma para tomar una decisión, se había quedado en el continente, ahora era una aventurera, como Indiana Jones en busca de un tesoro con el que sorprender al mundo y ante todo, al departamento del Museo de Historia que le había dado esta oportunidad.
—Me lo llevo. —Mireilla no vio la sonrisa de satisfacción que esbozó la dependienta al ver que iba a ganar 1.200 euros por un diario que encontró su abuelo enterrado en el jardín trasero de su casa.
Aquel viejo diario no valía ni las tres partes del precio que aquella inocente mujer le iba a pagar, ya lo había llevado a un tasador de antigüedades cuando su abuelo falleció y le dijo que no valía ni 200 dólares. Pero ella no lo iba a comentar. Por supuesto que no. Una venta era una venta, a pesar de que esta fuera una estafa. Ya no había vuelta atrás. Desde el momento en que cogiese el dinero de la mujer, ya se olvidaría del diario y no aceptaría reclamaciones.
Mireilla mientras tanto examinaba con ilusión su compra, sin ser consciente del engaño, ni de la sonrisa de codicia y de satisfacción que esbozaba en esos momentos la dependienta.
Antes de que se arrepintiese, la señora la llevó de regreso al mostrador de la tienda, donde le hizo una factura en papel, alegando que la caja registradora se había averiado. Con aquel papel firmado con un nombre falso, no le serviría para reclamar cuando se percatase que el diario era falso, que realmente no valía nada, ni siquiera hablaba del pirata Barbanegra. Era un texto sin sentido que llevaba tiempo deseando vender a un incauto que visitara su tienda. Por suerte, la joven se creyó que era un texto antiguo que hablaba del pirata, si le hubiera pedido permiso para abrirlo le habría tenido que contar alguna excusa como que no se podía abrir sin estar en un medio controlado para que el texto no se estropeara más por la humedad ambiental, porque si no habría descubierto que era todo mentira, que solo era un libro de ficción que no valía nada.
Mireilla ajena a todo, le entregó la tarjeta dorada que le dio su jefe para que le cobrara en efectivo. El sonido de la máquina, cuando la dependienta pasó la tarjeta, le hizo sentir remordimientos. Era mucho dinero. Pero después de verlo más detenidamente bien valía la pena. Aquel viejo texto era un diario que podría revelar nuevos datos del famoso pirata, al menos es lo que esperaba encontrar. Ya tenía ganas de llegar al motel y encerrarse en su cuarto para leerlo minuciosamente.
—Ya está. Tome. —Le devolvió la tarjeta y Mireilla la guardó nuevamente en su cartera—. ¡Qué tenga un buen día, joven! Y disfruta de la fiesta. Tengo que cerrar la tienda ahora.
Le pareció extraño que la mujer tuviera tanta prisa por cerrar el establecimiento, cuando antes parecía que estaba a punto de atarla a una silla hasta convencerla de comprar algo, lavándole el cerebro con imágenes y eslogan de las guías para turistas. Pero alejó de su mente la desconfianza y salió del local rumbo al motel, colina arriba. Esquivó como pudo a los turistas que gritaban emocionados en la calle al presenciar una cabalgata en la que los actores representaban un asalto pirata a la ciudad.
Intentó atravesar la muchedumbre sin rozar a nadie, pero cuando pasó al lado de un grupo de actores vestidos de piratas, Mireilla chocó con uno de ellos.
—Disculpe —dijo, procurando recuperar el equilibrio después de estamparse con el muro robusto que era el hombre.
—Procura mirar por dónde va, muchacha, o acabarás lastimada.
Decir que se quedó paralizada era quedarse corta. Mireilla boqueó al ver que delante de ella un sexy y salvaje pirata la sostenía de un brazo, manteniéndola segura de las personas que le rodeaba y que seguían celebrando una fiesta que parecía no tener fin.
Le miró con ojos desorbitados, la boca seca, el corazón bombeando a mil por hora, y tragó con dificultad. El “pirata” era atractivo, un auténtico bombón que atraía las miradas de las mujeres de su alrededor. Era alto, con cerca del metro noventa, y ancho de hombros. Vestía unos pantalones de cuero negro que se ajustaban a su cuerpo como una segunda piel, revelando más de lo que debería estar permitido por la ley. La camisa blanca que le cubría el pecho, estaba abierta, dejando ver parte de su magnífica anatomía. Por un segundo se asombró al comprobar que no tenía pelo en el pecho. Era lampiño. El único cabello que se veía a simple vista era su larga melena rubia que brillaba bajo la intensa luz del sol, y sus arqueadas cejas del mismo tono dorado. Pero lo que le provocó un escalofrío en todo el cuerpo, fueron sus intensos ojos azules que le recordaron a un mar embravecido en medio de una tormenta. Esos ojos,… eran magnéticos, seductores,...
Y ella había caído en sus redes.





Capítulo tres



Nathaniel no podía creer lo que estaba viendo. Aquella mujer sostenía el diario de su padre, el objeto que llevaba buscando desde hace más de seis años y que era el motivo por el que se encontrara en aquella inmunda isla llena de humanos.
Se había visto obligado a hacerse pasar por uno de ellos, participando en cada festividad, compartiendo una copa con los demás hombres de la isla, y capeando las insinuaciones de las mujeres que se le acercaban cada noche, dispuestas a compartir un buen momento.  Detestaba el contacto con aquellos seres que estaban destruyendo el mar que amaba con todo su corazón, y que lo abrazaba cada noche cuando se sumergía en sus frías aguas. Por no decir que le horrorizaba cuando veía las imágenes de las capturas de las ballenas por la televisión que le provocaban ganas de ir en busca del báculo de poder y arrasar la tierra para que aprendieran el valor de la vida.
Él pertenecía a la raza de los Sereios, habitantes de los mares, más conocido en la cultura popular de los humanos como tritones, un vocablo que acabó en su Reino para referirse a ellos de manera coloquial. Había pasado su juventud en la ciudad de Atleintais. Iba a convertirse en el siguiente Rey, hasta que la desolación y el ansia de poder destruyeron a su familia, y lo dejó sin corona y con el corazón teñido de odio, rabia y deseo de venganza.
«Debo conseguirlo. No puedo permitir que esta humana tenga el diario de mi padre. En él está la clave para encontrar el báculo de poder que llevo años buscando».
Cuando se vio obligado a dejar el mar junto a su hermana, se reencontró en la tierra con un Guardián que lo había abandonado todo para estar con una humana. Nunca comprendió su decisión, pero agradeció la ayuda que la prestó, sobre todo por su hermana pequeña, a la que le buscaron un hogar adoptivo en el que pudiese estar protegida y a salvo de los posibles enemigos que no iban a dejar de buscar a los herederos al trono para acabar con ellos.
El Guardián se convirtió en su padre de acogida, en su protector, contándole un secreto que solo el Rey y el Consejo conocían; el báculo se perdía en el mar cuando un Klaider era asesinado brutalmente, a la espera de ser encontrado de nuevo por un heredero digno para portarlo. Así fue lo que ocurrió cuando su abuelo subió al poder, tuvo que buscar el báculo para que el pueblo lo aceptara finalmente como Rey pese a ser bastardo.
Según el Guardián, el Rey Doivar escribió las aventuras que le contó su propio padre para que quedara reflejado en un diario lo sucedido por si el destino le imponía a otro Klaider su misma suerte.
Desde el día que se enteró de esta noticia, buscó con furia el báculo, cualquier vestigio de dónde pudiese estar el famoso diario del Rey para poder recuperar lo que por derecho le correspondía.
Ahora su única esperanza de recuperar el trono yacía sobre el pecho agitado de una mujer humana, que lo miraba con fascinación.
Nathaniel sonrió abiertamente. Que la mujer lo considerase atractivo le convenía. Haría cualquier cosa con tal de conseguir el diario, aunque tuviese que tocarla o seducirla, aún en contra de sus gustos, y costumbres.
—¿Estás bien, muchacha? —preguntó suavizando el tono de su voz, mirándola fijamente, tal y como sabía que a las humanas les gustaba.
Mireilla tragó con dificultad. Su corazón palpitaba con intensidad contra su caja torácica, y esperaba que el hombre no pudiera escuchar su alocado ritmo, si no se iba a morir de la vergüenza porque parecía el traqueteo de una locomotora a toda velocidad.
¿Qué si estaba bien? No estaba muy segura. Por ahora respiraba, pero si seguía mirándola de esa intenta manera, acabaría temblando de pies a cabeza, deshaciéndose por dentro.
—¿Te encuentras bien? —volvió a preguntar el hombre.
Antes de que él llegara a pensar que era una estúpida sin cerebro por quedarse mirándolo boquiabierta, contestó finalmente:
—Sí, me encuentro bien. Gracias.
«Tengo que alejarme de este hombre, o cometeré una locura. No estoy acostumbrada a que me miren…, así», pensó antes de buscar una salida mirando a su alrededor, evitando los magnéticos ojos del pirata.
Cuando intentó liberarse del agarre, se encontró que él la sujetaba con fuerza del brazo. Mireilla paseó la mirada del brazo al rostro del hombre concentrando su vista en el entrecejo, un truco que le enseñó su maestro de historia antigua de la carrera cuando ella le confió que le aterrorizaba hablar delante de la gente. Con aquel gesto evitaba quedar mal pues parecía que estaba mirándole a los ojos, y al mismo tiempo no se ponía nerviosa con la intensidad de su mirada pues estaba observando con atención ese trozo de piel.
—¿Me podría soltar, señor?
Nathaniel olió el miedo que desprendía la joven al verse atrapada. Si quería conseguir su objetivo sin que la humana llamase a las autoridades de la isla, tenía que suavizar sus gestos.
«No será tan difícil hacerme pasar por un macho normal. Llevo seis años en esta isla y nadie ha descubierto mi secreto».
—No sin antes de que me digas tu nombre, preciosa.
La respuesta de ella no fue la que se esperó.
Había presenciado como los machos de aquella especie soltaban esa frase sin sentido las noches que se reunían en el único bar del pueblo y conseguían que las mujeres les acompañasen a la pista de baile, donde saltaban sin ritmo alguno intentando seguir la estridente música que resonaba con fuerza en el local.
La mujer que le miraba con desconfianza y que poseía unos hermosos ojos azules, se echó hacia atrás y salió corriendo aprovechando que él la había soltado.
Nathaniel se quedó quieto, mostrando una expresión de sorpresa grabada en el rostro, ante esa precipitada huida. Antes de que pudiera detenerla, presenció como esta se escabulló de su vista en cuestión de segundos, entremezclándose con las personas que presenciaban la primera de las cabalgatas que habría esa semana.
—Esa mujer es un hueso duro de roer, Nat. Te será difícil llevártela al catre.
Nathaniel se giró. A su izquierda un pirata de cabellos castaños y perilla, con unos ojos grisáceos y de complexión fuerte, se paró a su lado, observando a la mujer que hasta apenas unos segundos había estado a merced de Nathaniel.
—No quiero llevármela al catre.
—Lo que tú digas, amigo —respondió Eric Willliams, quien sonrió de lado, y se cruzó de brazos, sin ganas de refutar lo que era más que evidente. El famoso Nathaniel nunca mostró interés por una mujer de la isla o fuera de ella, hasta había apuestas por averiguar si era gay o no, por eso era divertido ver que cuando una joven conseguía engatusarlo, esta se alejara corriendo de él como si fuera el mismísimo demonio en bikini con lunares rojos.
Después de los años, había aceptado que Nat era capaz de negar hasta lo evidente. Su orgullo le impedía dar el brazo a torcer, defendiendo su postura y su manera de pensar a pesar de estar equivocado. Así que lo mejor que podía hacer, era darle la razón como a los tontos y pasar a otra cosa, o como le gustaba hacer a él, seguir picándole para ver si saltaba, cosa que en muy pocas ocasiones hacía.
Nathaniel pasó al lado de Eric y regresó a la ruta de la cabalgata. Ambos habían quedado atrasados, y si querían finalizar la jornada aquel día, debían apurar el paso para alcanzar a los demás.
Eric se mantuvo cerca de él, siguiendo el ritmo que impuso para llegar hasta el grueso de la cabalgata. Nat se había mantenido callado, ni siquiera le había contestado a su provocación.
Eric soltó un suspiro. A veces, parecía que estaba hecho de piedra. Cualquier otro habría saltado, o le había seguido la broma, cualquiera…, menos Nat.
Su llegada a la isla había sido inesperada. Había aparecido de un día para otro, calado hasta los huesos y vistiendo unos harapos viejos. Muchos fueron los que le preguntaron si había naufragado su barco, pero él se mantuvo silencioso y no contestó a ninguna de las preguntas, ni siquiera el sheriff de la isla consiguió sonsacarle información.
La única que consiguieron fue su nombre, Nathaniel Klaider, y su oficio, buceador profesional. Y aunque a Eric le jodía reconocerlo, su amigo era mejor buceador que él. Ambos habían montado una pequeña empresa de submarinismo para mostrarles a los turistas la riqueza de la fauna marina de la isla y sus alrededores. Y de los dos, Nat era el mejor.
Por un módico precio, mostraban los corales que rodeaban a la isla, una belleza natural que además de darles dinero los protegía a todos del fuerte oleaje causado por los múltiples maremotos y erupciones de los volcanes submarinos.
Por la ruta que seguían enseñaban cuevas marinas con gran riqueza animal, y que se veían con claridad ante las aguas cristalinas. Los turistas que pagaban por sus servicios quedaban gratamente satisfechos después de haber nadado entre peces de miles de colores que se acercaban a ellos con curiosidad y sin temor alguno, llegando incluso Nathaniel a darles de comer.
Era un espectáculo digno de ver.
Nathaniel, que siempre estaba serio y con una mueca de eterno aburrimiento en su rostro, mutaba cuando se sumergía en el agua. Sus ojos brillaban con intensidad y su cuerpo se movía con fluidez.
 El proyecto que iniciaron después de una noche de copas en el bar había dado buenos frutos, recuperando los gastos que invirtieron para fundar la empresa.
—¿Dónde estabais? —la voz del organizador y dueño del único bar de la isla sonó con molestia al verlos aparecer—. Joder, debemos ir juntos, montando el espectáculo de la toma de la ciudad. No quedándoos detrás por que queráis.
—Sí, jefe. —Eric lo saludó militarmente antes de unirse a los demás que se habían detenido con sus espadas de metal sin filo, desenvainadas.
Nathaniel pasó de decirle nada y siguió a Eric hasta entremezclarse con los demás.
El organizador se encogió de hombros, optando por ignorar su comportamiento y caminó hacia el frente, poniéndose delante de todos. Desenvainó su espada y la alzó por encima de la cabeza.
—Los turistas nos están mirando, ya sabéis lo que hay que hacer —dijo en voz baja para ser escuchado únicamente por los hombres que estaban a su espalda—. ¡Esta noche la isla será nuestra! —gritó con euforia provocando las exclamaciones animadas de los turistas que esperaban aquella actuación. Thomas Flintter, tabernero de noche, aquel día era el famoso y despiadado Barbanegra que gritó la orden a sus hombres de atacar, la cual estos obedecieron.
La fiesta del asalto de Barbanegra a la isla era una festividad en la que todo el pueblo participaba, vistiendo ropas de aquella época, y en la que los turistas se divertían cuando eran alcanzados por globos de agua y las mujeres eran alzadas en brazos por hombres robustos que les piropeaban si veían que ellas les seguía el juego de la actuación que estaban representando. 
Nathaniel participó en las celebraciones como otro año más. Pero su mente estaba centrada en una mujer. La huidiza humana que tenía entre sus manos el diario de su padre, y quien poseía unos hermosos ojos azules que le recordaban a su hogar. 
A su amado océano.





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1 comentario:

  1. No lo conocía pero gracias por los primeros capítulos y la info, me lo llevo apuntado.
    Un beso

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