lunes, 21 de marzo de 2016

Microrelatos y primeros dos capítulos de Un dragón para Navidad, de regalo



Buenos días a todas!

Espero que paséis una buena semana, sí, sé que llevo un tiempo sin actualizar el blog, pero suelo emplear más Facebook, pero bueno, intentaré al menos actualizar el blog dos veces por mes para ir contándoos cositas y/o subir regalos.

Hoy toca subir regalos, pero antes, os quiero animar a seguirme por las redes sociales (no os pasa que hay días que las horas vuelan mientras revisas Facebook, Twitter, o Instagram-de esta no tengo mucha idea, solo subo alguna imagen de vez en cuando, lo siento-) 







En el grupo Apasiónate con ARI, de Facebook inicié el RETO/Microrelato, donde se sube una imagen y se anima al grupo a escribir microrelatos basados en esa imagen, cuando se llega a cinco, se sube otra imagen y así, de lunes a jueves por la noche.

Voy a compartir con todas algunos de mis microrelatos, espero que os gusten. Los hay de todo tipo, románticos, divertidos, de terror, un poco de todo.




Foto RETO


La música de Verdi envolvía el luminoso salón. La mesa decorada exquisitamente. 
Plop. 
Descorchó el vino blanco para acompañar el plato principal. Carne. Exquisita. Aderezada con los mejores condimentos de la ciudad. 
Los comensales se sentaron. Alzaron las copas para el primer brindis de la noche. 
"Por el anfitrión" dijo Will compartiendo una sonrisa con el otro hombre. 
Hannibal le devolvió el gesto y juntos saborearon la carne de la víctima que mataron la noche anterior.





Foto RETO


Cada 1 de abril se vestía de novia.
Cada 1 de abril paseaba vestida de blanco por la silenciosa casa frente al mar.
Cada 1 de abril, lloraba por un amor perdido, que desgarro su corazón.
Cada 1 de abril recordaba con dolor la felicidad del pasado, lleno de sonrisas, risas, palabras y juramentos de amor y devoción.
Cada 1 de abril, Madeline revivía el fatídico día en que mataron a su novio ante el altar, cuando estaban a punto de darse el Sí, quiero.
Cada 1 de abril, ella lucha contra la desesperanza, contra los dolorosos recuerdos del pasado, contra la tentación de regresar a los brazos de su amado a través de la muerte...
"¿Este año que harás, Madeleine? " susurran las olas, silenciosas testigos de la tristeza absoluta de la mujer.





Foto RETO


Me llaman, "que cucada" de niño. Y me pasan de brazos en brazos, mareándome un poco. No me gusta esperar para comer. Ver como papá prueba mi bibe antes que yo me enfada un poco. No quiero que mamá duerma con papá. Hay sitio en mi cuna. ¡Que duerma, conmigo que para eso soy su rey! Papá me va a cambiar el pañal. No soy una fábrica de caca. (Por cierto, ¿que es una fábrica?) Le he meado encima. Me rio. Papá se enfada. Me da igual. Soy el rey de la casa. Le saco la lengua, muevo los bracitos y las piernitas. Bailo. Papá 0-yo 1






Foto RETO



Eran las cuatro de la madrugada. El turno de noche en las urgencias del hospital era agotador, y casi siempre se lo endosaban a las novatas. Como ella. 
"Mari, paciente en el Box 3" 
Con ganas de ponerse a gritar por el cansancio y el sueño que sentía, María de los Ángeles, más conocida como la Mari, se levantó de la cama del cuarto de descanso para la enfermería. Se calzo y agotada puso rumbo a la zona de boxes. 
En cuanto llegó , juró que tomaría café cuando acabara con ese paciente, porque estaba a un paso de quedarse dormida de pie. 
Retiró la cortina y se quedó paralizada en el sitio, con los ojos y la boca abierta ante lo que vio. Le echo un vistazo al hombre que estaba tumbado en la camilla, sintiendo como la rabia subía como la espuma dentro de ella. 
"Oh, ¿pero no tenías turno en el privado?" 
Mari apretó las manos. A su espalda se hizo el silencio, como si los demás tanto compañeros y pacientes de pusieran de acuerdo para atender a lo que estaba pasando. 
"Me cambiaron el turno a última hora." Respondió finalmente, enumerando 101 formas de matar dolorosamente... "Y tu, ¿No ibas a casa de tus padres que hoy te tocaba cuidarlos?" Preguntó a su vez al nervioso paciente. 
"Yo, amor, esto no es lo que parece, yo..." 
No le dejó hablar. 
"Quiero el divorcio, maldito hijo de puta. Es evidente que has tomado viagra y ahora te van a tener que pinchar para desangrarte y así bajar la erección." 
Patricio, intentó incorporarse de la camilla donde le cubría una fina sábana ya que la enfermera que le atendió nada más llegar tuvo que cortarle los pantalones. Esa noche iba de mal a peor. Su amante que era una jovencita de veinte años le dio a probar la famosa pastillita azul, ni se preocupó por él cuando tras tres horas de sexo no le bajaba la erección y comenzaba a dolerle la polla y los huevos. Se burló de él y lo echó de casa. Tuvo que llamar a un taxi y acudir al hospital público donde... Su mujer lo pilló. 
"No es lo que parece. Mari yo te quiero a ti y..." 
Ella se giró y gritó. 
"Federico, Box 3. Varón con problemas de erección que ha abusado de la viagra. ¿Puedes desangrarle tu?" 
De la salita que empleaban para tomar café la enfermería salió un hombre que la miró con sorpresa. "Mari, estoy fuera de turno. ¿No puedes tu?" 
"No. No puedo. Es el hijo de puta de mi marido. Si lo atiendo puede que le corte los huevos por infiel" Mari sonrió al ver la expresión de su compañero de trabajo, quien asintió con la cabeza y avanzó por el pasillo hacia donde estaba ella. A su espalda escuchó la voz del que muy pronto iba a ser su ex. 
"Mari, por Dios. ¿Como has podido hacer eso? ¡Que vergüenza!" 
Ella se giró y lo enfrentó. 
"¿Me hablas de vergüenza, tú? ¿Quien está con una erección por culpa de la puta o las putas de tus amantes? ¿Quien ha tirado por la borda siete años de matrimonio? Ah..." exclamó antes de sacar el móvil, sacar una foto y guardarla. 
"¡¿Pero que haces, loca!?" 
"Asegurarme que me des todo lo que te pida en el divorcio o la foto que te acabo de sacar llegara a tu familia y a los de tu trabajo. Gracias, Fede" le dijo al enfermero que estaba parado a su lado, alucinando con toda la situación. 
"¡Eres una puta frígida! Una..." 
Sin hacer caso a los insultos y gritos de su EX marido, se giró y le susurró al enfermero. 
"No le pongas anestesia. Que le duela a ese cabrón" y sin mirar atrás se alejó, con el corazón magullado pero dispuesta a remontar de las cenizas.




Foto RETO




Veo el tiempo pasar sin poder influir o cambiar los sucesos que me causan dolor. Soy fiel compañero de aventuras silenciado con el olvido, recordado con cariño, vilipendiado u odiado en numerosas y trágicas ocasiones. Nos han quemado por temor al conocimiento que transmitimos, nos han destrozado arrancándonos sin piedad los sueños de quienes nos crearon... Ve. Acércate a uno de nosotros. Disfruta de nuestro tacto, de nuestro olor... Somos guardianes de las palabras, de los deseos, sueños y pesadillas... Somos historia y futuro. No nos tires. Si ya no nos quieres más en tu vida, entréganos a las bibliotecas, pues para un libro, vivimos gracias al amor de las lectoras y los lectores.




Y por último, comparto con todas los dos primeros capítulos de mi futura novela, que espero publicar en breve (ya os aviso por aquí y por las redes sociales cuando esté a la venta en Amazon, tanto en ebook como en papel)


Primera edición, marzo 2016
© Azahara Vega
Registrada en SafeCreative con el siguiente código: 1602096478719.
Prohibida su distribución sin permiso de la autora.
Todos los derechos reservados.
©Imagen de la portada, contraportada, logo dragón: pixabay.com
©Ilustración, corrección y maquetación: Azahara Vega







Capítulo uno




—¿Insonorizado?
Amanda Bradley asintió con la cabeza, mirando fijamente a la agente inmobiliaria que era su última esperanza. Llevaba una semana buscando un piso en Edimburgo pero no encontraba lo que ella necesitaba, y la agencia en la que estaba era la única a quien aún no consultó. 
Si ellos no tenían una vivienda insonorizada, no sabría qué hacer.
—¿Por qué necesita un piso insonorizado? —preguntó a su vez la agente, mostrando una expresión entre duda, confusión y sorpresa. 
Como ya estaba cansada de dar vueltas por una ciudad a la que llegó por obligaciones laborales, acabó pagando con esa mujer toda la frustración y el cansancio que sentía.
—¡Eso no te importa! Solo debes decirme si tenéis o no un piso con insonorización, con un aislamiento en las paredes suficiente para que los vecinos no escuchen nada de lo que sucede en el.
—Señorita no me levante la voz, y no me falte al respeto. —Amanda tuvo que morderse la lengua para no contestarle, pero estaba agotada mental y físicamente y solo quería encontrar de una vez un hogar en el que descansar unos días antes de retomar sus obligaciones en su trabajo—. Y para su información, no encontrará un piso de esas características en esta ciudad —sentenció, cerrando la carpeta de alojamientos en alquiler que tenía sobre la mesa. Había acordado una cita con una cliente que buscaba una vivienda de alquiler, no con una loca que deseaba encontrar uno insonorizado como si fuera una psicópata en busca de un lugar seguro para perpetrar sus crímenes, y de paso asegurarse que nadie escuchara los gritos de sus víctimas. 
—¿No hay? —susurró para sí misma, totalmente desanimada. 
—No, no lo hay, así que ya puede irse. —Le señaló la puerta con un mal gesto, mientras se levantaba de la incómoda silla, tras el mostrador.
—Que pase un buen día —murmuró Amanda dando media vuelta y saliendo de la agencia inmobiliaria. 
En cuanto piso la acera, alzó la mirada al cielo y estuvo a punto de llorar. ¿Ahora qué podía hacer? Estaba cansada de vivir en casa de su padre junto al resto de sus hermanas, necesitaba encontrar su lugar, un pequeño hogar en el que refugiarse cada día, intentando acallar y olvidar los recuerdos  que provocaba su trabajo. 
Pero sobre todo, quería alejarse de la apabullante presencia de sus hermanas, de todas ellas, harta de ser tratada como un trapo por no ser condenadamente perfecta como las demás. No era su culpa no ser rubia, alta y con unos espectaculares ojos azules. Su metro sesenta, sus kilos de más, su larga y rizada melena castaña y sus apagados ojos color miel, provocaron que tanto su niñez como su adolescencia estuviera plagada de burlas y desprecios de sus hermanas. Quince chiquillas que crecieron para convertirse en hermosas mujeres que sacaban el aliento a los hombres que las mirasen, y que no dejaron de presionarla y burlarse de ella por su físico. 
Ya estaba tan cansada de escuchar que a ella la debieron encontrar en un callejón pues no se parecía para nada al resto, que ya esperaba que fuera verdad. No quería tener nada que ver con ellas, ya no lo soportaba más. La familia estaba sobrevalorada, sobre todo si tienes una como la de ella, en la que el padre apenas tiene contacto con sus muchas hijas, y ellas se unen con un objetivo común: hacerle la vida imposible a Amanda, volcando la frustración y la sobrecarga de trabajo que cada una tenía, contra la más pequeña.
Necesitaba irse de casa, ¡ya! Alejarse de ese nido de víboras, y no regresar jamás. 
Comenzó a caminar sin rumbo fijo, sin ser capaz de admirar la belleza de una ciudad que la acogía con su magia llena de historia, con sus calles estrechas y sus edificios de apenas dos o tres plantas con fachadas que te transportaban a otra época. Amaba las ciudades como esa, que te llenaban de nostalgia, recordando tiempos mejores. Y en lugar de estar disfrutando de la magia de Edimburgo estaba a un paso de ponerse a llorar en medio de la calle. 
¿Qué iba a hacer ahora? Esa agencia era su última oportunidad después de haber preguntando a todos los negocios de la ciudad que alquilaban pisos. Había revisado también los periódicos en busca de anuncios que la llevaran a encontrar un nuevo hogar, mientras disfrutaba de un café bien caliente y unas galletas de mantequilla que iban a ser su perdición. Tenía que comenzar a controlarse, pues llevaba una semana atiborrándose con esas galletas cada vez que se sentía agobiada por la situación desesperada que estaba viviendo. 
Y es que...
¿Qué podía hacer una banshee, si por más que buscaba, no encontraba un piso insonorizado que acallase los mensajes que gritaba cuando su padre La Muerte le transmitía el nombre del condenado a morir? 
—No tengo más remedio que regresar hoy a la mansión —murmuró, sin ver realmente por dónde iba—. Eso, o dormir en la calle, y si lo hago…, puede que padre me envié un mensaje y… acabaría gritándolo ante testigos humanos, algo que  me puede enviar directa a calabozo o a un manicomio si me capturan —Tomar una decisión era complicada. Lo que menos deseaba era regresar a casa para escuchar las burlas de sus hermanas que en ningún momento creían que ella deseaba dejar atrás los lujos que ofrecía la mansión en la que vivían las mensajeras de La Muerte. Ellas opinaban que iba a fracasar y si regresaba iba a escuchar sus repelentes: “Te lo dijimos”. 
«Si me tengo que quedar en Edimburgo porque así padre me lo ha ordenado, tendré que encontrar una solución para la falta de alojamiento. Me niego a regresar con esas arpías. No quiero volver a verlas, no quiero escucharlas, no...»
El sonido estridente de su móvil atrajo la atención de los viandantes que pasaban por su lado, y la de ella misma, no todos los días escuchabas una melodía telefónica que no paraba de gritar:
“Peligro, peligro, son las putas las que te llaman. Peligro”.
Estuvo tentada a no coger la llamada, pero se acordó de las veces que hizo precisamente eso y como sus hermanas siguieron llamando cada pocos minutos llegando a llenarle el buzón de voz con mensajes del estilo de que le iban a quemar el ropero si no les hacía caso. 
Así que por no soportarlas, acabó aceptando la llamada.
—¿Qué es lo que queréis? —preguntó a bocajarro sin ganas de perder ni un segundo con ellas. Tenía cosas más importantes en qué pensar y lamentar. 
—Queríamos preguntarte si ya habías encontrado un piso para ti, o no. 
—¿Y ahora qué bicho os picó para interesaros por mi vida? —cuestionó de mala gana. Enfurecida con sus hermanas. ¿Ahora era cuando iba a escuchar el maldito: te lo dijimos?
—¿Qué pregunta es esa Amanda? ¡Claro que nos preocupamos por ti! Eres la pequeña y...
Se escuchó otra voz y como dos personas luchaban por el teléfono, al final Gina perdió la batalla y acabó Lina ganando, una de las hermanas mayores, quien muchas veces llevaba la voz cantante en todas las travesuras y burlas que le hicieron.
—Si eres tan reacia a darnos una respuesta, Amanda, es que no has encontrado nada y regresas a la mansión con el rabo entre las piernas. —Las carcajadas de Lina la sacaron en quicio, llegando a tentarla a acudir a la mansión y mostrarle sus avances en defensa personal. Apenas llevaba una semana acudiendo a clases de defensa personal pero esperaba poder enseñarle una llave o dos para tumbarla al suelo, y presenciar por primera vez en su vida cómo se quedaba sin habla. 
Antes de que llegara a pensarlo, como en muchas veces le ocurría, su lengua fue más rápida que su mente, y acabó soltando:
—Pues por una vez te equivocas, Lina. Si que tengo casa donde quedarme, así que no me esperéis despiertas porque ya me he independizado. 
Se escucharon gritos de sorpresa que resonaron como un eco. Así que su hermana había puesto el manos libres, seguro que esperaba que confesara que no había conseguido encontrar un piso, y así burlarse todas de ella. 
—¡No puede ser!
—¡Al final se larga!
—¡Cómo se atreve a dejar la mansión! Ninguna banshee la ha dejado jamás fuera de nuestras vacaciones o de nuestros trabajos, debemos permanecer unidas siempre.
—Seguro que está mintiéndonos...
Amanda aguantó el aire unos segundos antes de soltarlo lentamente, deseando poder acallar esas molestas voces. Quince mujeres gritando al mismo tiempo unas a otras resonando sus chillidos a través del teléfono, era lo más molesto que había escuchado en mucho tiempo. 
—¡Callaos ya, todas! Me tenéis harta. Sois como viejas cotillas sin vida propia que disfrutan jodiendo a los demás. —Se hizo el silencio tras sus palabras. Lástima que duró muy poco pues en nada volvieron a gritar, esta vez más alto y con más furia, resonando palabras malsonantes en varios idiomas que la llamaban de todo menos bonita—. ¡Basta! No me volváis a llamar, no quiero saber nada de vosotras. Dejadme en paz.
Colgó sin esperar respuesta. Y en seguida apagó el móvil al leer en la pantalla “zorras llamando” y al volver a escuchar el estridente y llamativo politono que puso al número de la mansión. Por suerte su padre cuando quería contactar con ella solo tenía que aparecerse en sus sueños para transmitirle el mensaje que a su vez como banshee tenía obligación de hacer llegar a quien estaba destinado a morir, o directamente le enviaba una orden a su núcleo mágico, desde donde las palabras de La Muerte se expandían y resurgían en forma de alarido. 
Sí, su familia era disfuncional y muy extraña, y los lazos de sangre que los unía a todos eran más bien pesadas cadenas que la mantenía presa en un trabajo que odiaba, presenciando cómo su padre se dirigía a ella solo como su jefe, sin ofrecerle el consuelo que tantas veces necesitaba.
«Realmente no son mi familia», se dijo convencida de sus palabras. Lamentando que esto fuera verdad, pero no le había quedado más remedio que aceptar que era la realidad de su vida. Había nacido porque a La Muerte le hacía falta una banshee más ante la natalidad de los humanos que no dejaban de procrear y criar como conejos, pero no creó a una nueva hija de la nada por amor, sino para ser su mensajera, su empleada, un número más en su plantilla. 
—¿Y ahora qué hago? —se preguntó en voz baja, mirando el suelo. No le quedaba otra cosa que improvisar, ya que lo único que tenía claro era que no iba a regresar a la mansión—. Ya soy mayorcita para sacarme las castañas del fuego... —recitó una expresión coloquial que le gustaba mucho emplear pues muchas veces se sentía como esas pequeñas castañas: redondita, apagada, y a fuego lento, vuelta y vuelta a un paso de reventar.
Levantó la cabeza y contempló el cielo. Para ser diciembre el tiempo acompañaba y no se veían nubes de lluvia a simple vista. Perfecto..., no quería acabar en medio de una lluvia torrencial si optaba finalmente por la opción de acampar.
—Será mejor que vaya a tomar un café bien cargado..., me queda una larga noche por delante —comentó, notando cada vez más el peso de la mochila que llevaba al hombro donde empaquetó sus más preciadas posesiones con la esperanza de encontrar cuanto antes un buen lugar donde vivir. 
Las otras noches cuando se veía obligada a regresar a la mansión teletranportándose hasta el averno, sentía una derrota que la ahogaba y provocaba que pasara horas llorando encerrada en su cuarto, sintiendo la derrota rasgándole el corazón. Ahora, esa derrota se posicionó sobre su espalda, como una pesada carga que le recordaba que no había conseguido nada más que engañarse a sí misma y a sus hermanas... Su vida seguía siendo igual, una banshee con un trabajo que odiaba, con más sueños que posesiones, y con deseos que se tornaban en auténtica necesidad que la arañaban desde dentro buscando salida a la gris existencia en la que vivía.
Quería vivir. Poder ser como una de esas mujeres a las que tanto admiraba en las series de TV de los humanos, fuertes, decididas, con las ideas claras y capaces de comerse el mundo y conseguir al mejor hombre de la tierra que bebía los vientos por ellas, y estarían dispuestos a morir por protegerlas. La realidad era bien distinta..., y cada golpe que sufría añadía una nueva piedra a su condena de soledad. 


Tres horas más tarde


—Señorita, me temo que tengo que pedirle que abandone el local, estamos a punto de cerrar.
Amanda estuvo a punto de caerse al suelo al escuchar la voz de un hombre a su derecha. Dejó el periódico que estaba leyendo ya por tercera vez esa tarde, y alzó la mirada para encontrarse con un cabreado camarero que a duras penas ocultaba el malestar que estaba sintiendo. 


Y no era para menos, por culpa de clientes como esa chica se veía obligado a hacer horas extras. Ya tendría que haber cerrado hacía media hora, pero por culpa de ella no podía hacerlo. Así que se puso a barrer ruidosamente para ver si la joven se enteraba que había llegado la hora de largarse. Movió sillas y mesas sin conseguir que levantara la cabeza del maldito periódico, que estaba más que arrugado de tantas veces que lo leyó desde que entró en la cafetería. Con un mero café había pasado más de tres horas sentada en la misma postura acaparando la prensa e ignorando todo lo que sucedía a su alrededor. 
—¿Me entiende? Tengo que cerrar y es hora de que se vaya a casa, señorita —volvió a inquirirle, apretando con fuerza el mango de la escoba. Solo le quedaba limpiar el espacio que ocupaba la mesa en la que estaba ella, revisar las ganancias del día, guardarlas en la caja fuerte y por fin, podría irse a casa a descansar. 


Amanda enrojeció al ver que había pasado tanto tiempo ensimismada en sus pensamientos y revisando con desesperación los anuncios de alquiler de los periódicos. No se había percatado del paso del tiempo. Hasta miró los anuncios en los que buscaban una compañera para compartir piso, aún sabiendo que no duraría más de una semana, pues la expulsarían en cuanto escucharan el primer grito de la muerte. 
¿Su padre no podía haber hallado otro modo de enviar un aviso a la persona que el destino marcaba que le había llegado su hora? No sé,.. ¿tal vez una aparición en sus sueños en plan fantasma y susurrándole que estaba maldito y que se acercaba el día de su muerte? ¿O visiones de su propia muerte o…?
Pues no. Su padre tenía un humor retorcido cuando dictaminó que sus hijas serían las que retransmitirían sus palabras a través de gritos que llegarían a los que estaban señalados con la maldición de la muerte prematura. Lo gracioso del asunto y lo que le causaba tantos problemas, era que el grito podría escucharlo quienes estuviesen a su alrededor, además de la futura víctima. 
Así no había modo que nadie quisiera compartir casa con una mujer que se ponía a gritar de madrugada, a partir de las doce de la noche que era cuando su padre decidía “llamar” a los condenados; varias veces a la semana, durante unos segundos, con unos chillidos agudos y desgarradores que transmitían el miedo y el dolor que el receptor experimentaba al escuchar su voz. 
No comprendía por qué debía captar los sentimientos del receptor del mensaje, por qué debía sentir su dolor, su miedo, sus dudas, su incredulidad o hasta sus risas creyendo que no era más que un mal sueño o una broma de mal gusto. Su padre nunca quiso explicarle los motivos, y tras preguntarle varias veces sin conseguir una respuesta clara, optó por pasar del tema y aceptarlo tal y como era. 
Estaba condenada a ser una chillona sin remedio, enviando mensajes a personas en todo el mundo que recibían su desgarradora voz como un eco que los envolvía poniéndoles la piel de gallina y haciéndoles sentir miedo. 
«Tal vez llegó la hora de buscar un hogar a las afueras, en el campo, aislada de todo el mundo aunque me..., haga daño la soledad...», pensó varias veces mientras leyó una y otra vez los anuncios de los periódicos. 
Ella prefería vivir en plena ciudad o en uno de los barrios de las afueras, no en medio del monte, completamente sola. Deseaba encontrar un lugar donde ser ella misma, donde poder sentir que encajaba como una pieza perfecta, poder tener un grupo de amigas con las que divertirse y hasta..., hasta... enamorarse.
Estuvo a punto de reír en alto pero no lo hizo al tener enfrente al joven camarero que seguía mirándola con molestia y algo de rabia. 
Al ver que este seguía esperando, acabó disculpándose, mientras recogía la mochila y se la echaba al hombro:
—Lo siento, mucho se me pasó el tiempo volando. Gracias por su paciencia —le dejó un billete de cinco libras sobre la mesa, y abandonó el bar en silencio, mientras escuchaba el ruido de las sillas al moverse y el susurro de la escoba al rascar el suelo. 
Al salir al exterior, tembló de frío. Ya era de noche y se notaba la bajada de temperatura. Sin pararse a pensar caminó hacia Calton Hill atravesando la calle Leith, que a esas horas de la noche estaba vacía. 
Descansaría en uno de los bancos del parque, ya que así le quedaban a mano los baños públicos del cementerio, los únicos a los que acudir ante una emergencia sin tener que pagar una libra. Además..., tendría las mejores vistas de la ciudad, recortada por la noche e iluminada levemente por las farolas que tintineaban en las calles. 
Podría descansar mirando el cielo estrellado, mientras pensaba seriamente el siguiente paso a dar. Tendría que tomar una decisión pronto, y cambiar su plan inicial. No le quedaba otra que refugiarse en una pequeña casita de campo sin vecinos a su alrededor que pudieran llamar a la policía o a emergencias si escuchaban sus alaridos. 
Ser una banshee era una broma del destino, aislándote del resto del mundo, y obligándote a percibir y sentir el dolor ante la muerte de miles de extraños al año. Tal vez debía seguir el consejo de sus hermanas y aceptar de una vez que era una mensajera de la muerte, pero ella deseaba mucho más. Poder vivir una de las alocadas y apasionadas aventuras que leía en las novelas románticas que devoraba con avidez. Adoraba el género romántico, y agradecía que en las últimas décadas se publicaban cada mes decenas de novelas de amor, sumergiéndote en un mundo en el que el corazón gobernaba sobre la razón y las almas gemelas acababan unidas para siempre. Le gustaba que tuvieran un final feliz y le hicieran reír, y dentro de estas adoraba las que escribía Dark Moon,  una autora desconocida que conseguía transmitir todo lo que ella deseaba sentir y experimentar: amor, deseo, pasión, amistad, aventura..., no solo un vacío interior que la acompañaba desde hacía siglos, desde el instante en que su padre la creó. 
Que la llamaran ilusa, no le importaba, ¿quién no quería vivir un amor eterno de película o de novela rosa? 
Quien dijera que no, mentiría. Ella sí lo deseaba, con todo su...
—¡Te voy a arrancar el corazón, maldito cabrón!
Amanda jadeó en alto al encontrar frente a ella una pelea entre tres hombres. Tan ensimismada iba en sus pensamientos que no se percató de nada hasta casi estar en medio de la refriega. 
Dio unos pasos hacia atrás tentada en dar media vuelta y echar a correr, gritando auxilio para ver si alguien acudía al parque para detener la lucha, pero se lo pensó dos veces al ver que dos hombres estaban pateando al tercero quien estaba tirado en el suelo. 
«Cobardes», pensó al ver eso, dejando caer la mochila al suelo para aligerar peso antes de tomar aire, y echar correr hacia ellos.
—¡Deteneos! —exigió moviendo los brazos hacia arriba para atraer la atención sobre ella, y dejaran así de patear al pobre que estaba tirado en el suelo. Este estaba de espaldas a ella y no lo podía ver bien, pero por los temblores de su cuerpo estaba malherido y sufriendo de la paliza que le habían dado. 
Como esperaba, los dos atacantes se quedaron inmóviles durante unos segundos antes de echarse a reír, señalándola con gestos burlescos.
—Lo que nos faltaba..., Juana de Arco hace su aparición como una dama de la guerra salvando a los inocentes —se burló el más alto de los dos, mirándola con desdén en los ojos, y mostrando una mueca espeluznante que debía ser una sonrisa. 
Amanda estuvo a punto de cumplir su plan inicial y echar a correr al ver esos colmillos prominentes asomar entre los resecos y finos labios del hombre. Los reconoció por lo que le contaron sus  hermanas de sus encuentros con inmortales. Eran hombres lobos.  Y cuando el viento cambió de dirección, pudo olerlos..., a perro mojado que echaba para atrás, a punto de provocarle náuseas y unas terribles ganas de vomitar. 
—Mmm, perfecto, después de destripar a este bastardo jugaremos un rato contigo... —exclamó el otro lamiéndose los labios y devorándola con la mirada.
Asco. Fue lo que sintió. Puro asco con ganas de echar hasta la primera papilla. 
Pero no podía irse, no podía dejar que esos perros acabaran con la vida del hombre que estaba en el suelo malherido. Además de perro mojado olía a sangre y el hombre, pese a que los otros habían dejado de golpearlo, no se movía. Seguía tendido boca abajo en la tierra, en medio del parque, a la tenebrosa sombra que proyectaban los árboles con la luz de la luna. 
Debía salvarle. 
—¡Ni se te ocurra acercaros a mí! —les gritó al ver que comenzaban a moverse hacia donde estaba ella, uno por un lado y el otro colocándose al contrario, rodeándola—. ¡Tenéis que iros ahora mismo! Dejadnos tranquilos —señaló al hombre herido para que comprendieran a qué se refería por si los chuchos eran incapaces de razonar.
—Oh, oh, la gatita está mostrando las garras... Pero no te preocupes, que enseguida te vamos a mostrar tú lugar...
—Sí, eso, de rodillas ante nosotros, mientras nos la chupas —acabó  la frase el más bajo, riéndose de sus propias palabras, regodeándose de lo que tenía en mente hacerle. 
Amanda apretó los dientes con rabia. Ese día ya había llegado a su tope. Ya era imposible que le pasara algo peor, bueno sí que lo era, pero no quería ni pensar que esos dos perros se salieran con la suya y acabaran con un hombre para luego violarla como pretendían hacerlo. Estaba cansada de ver pasar la vida, de esperar un cambio que no llegaba, era el momento de tomar el control sobre su existencia, de ser la protagonista absoluta, de...
—¡AHHH! ¡AHHH! —berreó empleando todo poder, consiguiendo de esta manera que los lobos cayeran de rodillas gritando a su vez de dolor. 
—¿Qué es eso? —preguntó uno de ellos, intentando acallar la voz de la mujer tapándose las orejas. Los hombres lobo tenían muy buena audición, y esos chillidos le estaban destrozando la cabeza, se sentía como si le estuviesen golpeando una y otra vez con un bate de béisbol.
—¡Me está rompiendo los tímpanos! ¡Hazla callar!
—No, hazlo tú... ¡Joder!
Amanda no se detuvo pese a ver como los dos hombres lobo se retorcían de agonía, comenzando a sangrar por los oídos y los ojos. El grito de una banshee no solo era un conducto para los mensajes de La Muerte, también era un arma poderosa con la que se podían defender en casos extremos, pues si llegaban a matar a alguien, al cabo de unas horas sentirían en su cuerpo el dolor infringido a su víctima. De esta manera su padre se aseguraba que no emplearan su poder a capricho, sino solo en casos de pura necesidad. Una banshee no quería sufrir el dolor de su víctima, sentir la  muerte en su carne. 
«Dentro de unas horas voy a sufrir..., y todo por un desconocido», pensó ella sin dejar de potenciar su voz, apuntando en todo momento a las cabezas de los lobos, si se desviaba un poco podría dañar el hombre que estaba malherido a escasos metros de los chuchos. «Mi padre me va a matar...», ironizó, a punto de reírse en alto. 
¿No quería comenzar una gran aventura en la que ella era la protagonista? 
Pues oye..., lo estaba haciendo..., de sin techo a causa de su profesión, a guerrera salvadora de un hombre al que no conocía de nada y no iba a recordarla, pues estaba tirado boca abajo perdiéndose su momento de gloria.
Pero valía la pena. Sí que lo hacía, mientras estaba dándoles su merecido a esos perros, se sintió más viva que nunca. 
Al fin su poder valía para algo más que ser el teléfono privado de su padre.
A ver si más tarde esto... le servía de algo cuando estuviese retorciéndose de dolor, sintiendo todo lo que esos lobos estaban padeciendo... Pero por el momento, era una super heroína, sin capa, con una mochila vieja a unos metros de ella, unos pelos rizados con los que parecía que había metido los dedos en un enchufe y…, una potente voz con la que puso de rodillas a esos dos.
«¿Ahora quien os va a chupar?, chuchos», se burló sin dejar de amplificar su chillido, sin sentir remordimientos por lo que estaba haciendo. 




Capítulo dos




Silenció su poder cuando los vio caer al suelo, vomitando sangre entre sus entreabiertos labios, contorsionados por el dolor. Eran dos despojos de lobo que se retorcían en la inconsciencia a causa del shock producido ante los decibelios que les destrozaron la cabeza por dentro. Si llegaban a sobrevivir a la exposición del grito de la banshee, mostrarían signos de degradación mental.
No pudo evitar sentir lástima por ellos, pero enseguida acalló ese sentimiento al ver el estado en que se encontraba el hombre al que decidió salvar. 
Corrió hacia él pasando al lado de los dos chuchos, y se arrodilló a su lado, dándole la vuelta con dificultad. Era un hombre alto y pesado, con un cuerpo acostumbrado al ejercicio por lo que podía ver, ya que el destrozado traje que vestía estaba pegado a la piel mostrando más de lo que debiera. 
En cuanto lo tuvo boca arriba apoyó la cabeza en su pecho, buscando un indicio de que su corazón latiese. Suspiró aliviada al escuchar el rugido de los latidos retumbando con fuerza. 
—Menos mal que sigues vivo —susurró apartándose de él para comprobar sus heridas—. Debería llevarte al hospital y...
No pudo continuar. Se quedó sin habla cuando le miró a la cara. Era..., no sabría muy bien cómo definirlo. Eran todos sus sueños hechos realidad. Como si alguien hubiera entrado en su mente y hubiera cogido pedacitos de sus más ardientes fantasías para crear al hombre que tenía ante ella. 
Dejando de lado el deseo que le provocaba, se centró en revisar su cuerpo buscando heridas graves. Con horror comprobó que tenía varios cortes profundos que parecían cuchilladas en el abdomen, y respiraba con dificultad. Le habían golpeado hasta que no soportó más la presión, apagándose y sumergiéndose en las sombras del dolor. 
—¿Y ahora qué hago? —Ella no poseía una fuerza sobrenatural para poder levantarlo del suelo, ni podría arrastrarlo por el parque por temor a empeorar su salud—. Espero que tengas un móvil —musitó rebuscando en los bolsillos del pantalón, sonriendo al encontrar lo que buscaba. Un teléfono de última generación que gritaba por todos lados que era un artículo de lujo—. Si tienes contraseña te juro que te diré cuatro cosas cuando despiertes. —Siguió hablando sola, muerta de miedo. 
Esos lobos podrían tener amigos cerca que los buscaran al ver que no aparecían, o cualquier otra criatura inmortal podría aparecer al oler la sangre. En cualquier caso, estaba jodida. ¿Cómo iba a explicar su presencia en medio de lo que parecía un campo de batalla? Sobre todo porque las banshee olían a humanas para poder camuflarse entre los mortales cuando tenían que dar un mensaje. Los otros inmortales no tenían tratos con ellas, es más, muchos creían que no eran más que una leyenda urbana, que no existían, muy pocos habían tenido el placer o la desgracia de verlas..., pues los pocos que consiguieron conocerlas..., también acabaron conociendo a La Muerte. 
Suspiró aliviada al comprobar que no tenía contraseña, que pudo encender el móvil con facilidad presionando un botón que tenía en un costado. Estuvo a punto de resoplar al ver a una rubia con tetas de silicona saludando desde la pantalla. Lo debía de haber supuesto, hombres cómo ese se unían a mujeres salidas de los sueños húmedos... o más bien de las páginas de Playboy. 
Rebuscó en la agenda para ver si alguno de los números ponía familia, pero como no podía ser de otra manera..., todos eran de mujeres..., y dudaba que “Tetas 95” o “Culo prieto” se animaran a acudir de madrugada al parque para ayudarla a transportar al hombre hasta un coche, y llevarlo a un hospital. 
—Será mejor que llame directamente a urgencias —declaró, tecleando el número de emergencias. Esperó los tres toques antes de suspirar al escuchar la voz de una mujer al otro lado.
—Emergencias, ¿dígame?
—Hola, buenas noches, me llamo Amanda y os llamo porque he encontrado a un hombre inconsciente... —Se quedó mirando a los lobos que tenía frente a ella. Si llegaban los humanos los encontrarían..., si había autopsia podrían encontrar indicios de alteración genética por culpa de su condición lupina, si... 
¿Por qué era tan complicado salvar la vida de un hombre? ¿Por qué demonios tenía que ser tan racional y pensar en las decenas de posibilidades que se presentaban ante ella? Simple, porque como banshee tenía muy presente a la muerte en su vida, y había visto las consecuencias de las malas decisiones o del destino... No podía dar un paso sin pensar en qué derivaría ese paso. Era desesperante comerse la cabeza por todo, tendría que comenzar a vivir un poco más y dejar de pensar tanto en lo que podría ser, porque lo único que conseguía era perder el tiempo y ver pasar los días siendo todos iguales. 
—¿Señorita, se encuentra ahí? ¿Le ocurre algo al hombre? ¿Estáis bien?
La voz de la mujer la devolvió al presente. Cogió el móvil con fuerza entre sus manos y balbuceó sin saber muy bien qué hacer...
—Sí bueno, yo estoy bien pero él no, está inconsciente y creo que lo han apuñalado y...
—Denos su dirección y enviaremos una ambulancia, ¿necesitas presencia policial?
Antes de que llegara a responder escuchó un crujido a su espalda, y al momento sintió el contacto de un frío metal en su nuca, algo que la paralizó. 
Se estremeció cuando escuchó una ronca voz, ordenarle:
—Cuelga ahora mismo mujer, o te pego un tiro.
Al otro lado de la línea también debió de escuchar la amenaza porque comenzó a gritar que iban a enviar policía y que estaban rastreando la llamada. No le dio tiempo ni a colgar ya que el hombre que la amenazaba le quitó el teléfono de las manos, y lo rompió.
Amanda estuvo tentada a darse la vuelta y mirar al que la estaba amenazando, pero sentir el metal en su nuca la tenía paralizada. No sabía qué esperar de ese hombre. Tal vez fuera un amigo de los lobos o...
—Lo vuelvo a hacer —susurró para sí misma, muerta del miedo y ahogándose con los nervios.
No se percató que lo hizo en alto hasta que escuchó la voz de él:
—¿Qué hiciste de nuevo? ¿Qué ha sucedido aquí? ¿Eres tú la que ha malherido a Niall? 
Amanda negó con la cabeza, jadeando al notar cómo el metal le arañó la piel. Era un cuchillo, con un filo peligroso. Aquello podría matarla, o más bien enviarla de cabeza a los dominios de su padre, y estaba segura que este al enterarse de su trágica muerte la acabaría atrapando en el inframundo para siempre con tal de protegerla. Una banshee que no era capaz de protegerse en el mundo mortal no merecía andar libre entre los mundos. La Muerte no podía mostrar piedad o debilidad ante los inmortales, quienes se creían inmunes a ella. Toda criatura inmortal además de los mortales, estaban obligados a presentarse ante él, cuando sus destinos se cortaban abruptamente. 
—No, no conozco a ese Niall —reconoció, aunque tenía sus sospechas. Pero el miedo hablaba antes que la razón.
—¿Cómo que no lo conoces? No te atrevas a mentirme. Es el hombre que estás tocando ahora mismo.
«Lo suponía», pensó Amanda, con temor. Si ese extraño creía que era la causante de las heridas de Niall estaría en problemas. 
—Yo solo vi a esos dos. —Señaló con un gesto a los hombres lobo que estaban a unos metros—, golpear a este hombre. —Esta vez señaló al que estaba a su lado, rozándole el pecho con las manos—. Me acerqué y...
El extraño la arañó al reírse tras ella, poniéndola nerviosa al sentir la sangre deslizarse por su nuca.
—¿Me estás intentando decir que detuviste a dos...? —Amanda escuchó como el extraño olisqueó el aire antes de continuar—... ¿dos hombres lobo tú sola? Una..., humana. ¡Mientes, mujer! Y tus mentiras te costarán caras.
—¡Que no miento, narices! —explotó Amanda, dándose la vuelta, alejándose del cuchillo al quedar tumbada sobre el desmayado. Desde su posición se quedó sin habla al ver al hombre que la estaba amenazando. Era... impresionante, no tanto como el hombre al que estaba tocando y en el que estaba medio tumbada sobre él, pero reconocía que era hermoso y peligroso... Con un aire que le recordaba a alguien y...— ¡Oh! ¿Eres familia de él? ¡Le puedes ayudar por favor! Estoy preocupada. —Ignoró el cuchillo y se puso a mostrarle las heridas en el abdomen que parecían a cuchilladas —..., aquí tiene varios cortes que tienen mala pinta, y cuando llegué esos dos le estaban pateando. No ha despertado desde que estoy y...
—¡Aparta! —gritó él, agachándose ante ella y tomando al otro en brazos. 
Amanda se quedó paralizada, sin saber qué hacer. Antes estaba preocupada por el paso a dar, y ahora parecía que el destino le había resuelto la duda presentándole a uno de los parientes del malherido, pero... ¿Por qué sentía ese vacío tan horroroso en el corazón al ver como el extraño la alejaba del hombre al que salvó la vida? 
No lo comprendía y por desgracia no tuvo tiempo a pensarlo detenidamente al ver que el extraño se alejaba dando largas zancadas.
—¡Espere! —le gritó, poniéndose en pie, y corriendo tras él. No podía dejarla atrás de esa manera. Ella tenía que saber si iba a recuperarse, quería poder hablar con el malherido, con Niall, ver sus ojos, poder... escuchar su voz…
—No me sigas, mujer. No se vuelva a acercar a mi hermano —observó a los lobos y luego a ella, enviándole una mirada llena de desprecio, rabia y odio—. No tengo tiempo para preguntarte tu papel en el estado de Niall, por suerte para ti, porque te iba a sonsacar la verdad... aunque fuera por las malas —la amenazó antes de desaparecer en la noche, teletransportándose allá donde se dirigiese.
Amanda estuvo a punto de echarse a llorar al verlos desaparecer envueltos en una nube oscura que los engulló. En cuestión de milésimas de segundos se encontró sola en el parque, rodeaba de árboles que siseaban y se movían al son del viento, con el único sonido de los animales e insectos que se removían nerviosos a su alrededor. 
El vacío se hizo más profundo cuando dio media vuelta para ir en busca de su mochila pasando al lado del charco de sangre que dejó el malherido.
—Ojala se recupere —dijo, sintiendo las lágrimas deslizarse silenciosas por sus mejillas, empapando sus sonrosados y carnosos labios, probando el amargo sabor de la preocupación y de la rabia. Era ella quien le salvó la vida, quien detuvo a los lobos antes de que lo mataran a golpes, y ahora... la habían desechado como a un pañuelo viejo e inservible. ¿Dónde estaba el hermano, cuando Niall estaba en peligro? 
 Recogió la mochila y se la colgó al hombro antes de echarle un último vistazo al lugar. El comienzo de su nueva vida no estaba resultando cómo esperaba. No había flores ni sonrisas, ni un hogar al que regresar, no había chocolate caliente en una taza, ni un abeto para decorar por Navidad..., solo había silencio, un frío invernal y un hondo vacío en su corazón que amenazaba con ahogarla.
Llorando en silencio se alejó del parque, tomando rumbo al cementerio. Ignorando los gritos y chillidos de los muertos, las almas que quedaron atrapadas en esa tierra, a causa de las ejecuciones por brujería y de los condenados a muerte. 
Uno de sus dones era la capacidad de ver los fantasmas que vagaban por la tierra atados a esta por algún motivo, bien por el dolor, la rabia, el odio, el amor... Y por desgracia desde que llegó a Edimburgo mirase a donde mirase, veía muertos. Caminando lentamente por las calles, con una mueca en sus pálidos rostros y arrastrando los pies sin ver por dónde iban, vagando por siempre donde murieron al ser incapaces de desprenderse de lo que les ataban a la tierra, al mundo de los mortales. Aquella ciudad estaba cargada de historia, de magia y de dolor. 
Los humanos tenían mucha suerte al no ser capaces de ver lo que pasaba en sus calles, en cada esquina, en las casas pues muchos la miraban desde sus ventanas..., pero Calton Hill... la sobrepasaba. El dolor que percibía en esas almas, la abrumaba. Debía llegar a camposanto, allí el silencio era absoluto, allí nadie la molestaría con sus miradas, o la seguirían con esos espectrales ojos como si quisieran ayuda pero no se atrevían a pedirla a una de las hijas de La Muerte. Y tenían mucha razón, ella no podía ayudar a nadie. Una vez que un alma quedaba atrapada en la tierra, debía ser el propio fantasma quien se librara de sus cargas, de las cadenas que lo ataban para poder encontrar la paz, para liberar su alma y avanzar. 
Necesitaba remojarse la cara con algo de agua y en el cementerio, a los pies de la colina Calton, era el único lugar que conocía que disponía de baños públicos gratuitos. 
Luego..., seguiría caminando por la ciudad como el alma en pena que se suponía que eran las banshees, no le quedaba otra que caminar y caminar, alejándose de sus demonios internos, sin rumbo fijo al que llegar. 





Y hasta aquí la entrada de esta semana, espero que la próxima sea para avisaros que ya está Un dragón para Navidad a la venta. Cruzaré los dedos para que las musas me ayuden y no surja ningún imprevisto que me mantenga alejada de mi portátil. 


Pasad  una buena Semana Santa, cuidado con el coche si vais de viaje, viajad con calma y disfrutad mucho de estas mini vacaciones. 




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