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Relato de terror romántico: Sin Salvación



Como regalo por Halloween o Samhain, os dejo este pequeño relato de terror romántico que acabo de escribir. Ya me diréis qué os parece...

Título: Sin Salvación
Código de registro: 1510265627519
Portada: imagen descargada de https://pixabay.com, libre de derechos de autor








SIN SALVACIÓN


Sheyla Drymon



SIN SALVACIÓN


Sheyla Drymon






Nunca salgas de noche sola.
Nunca mires atrás si escuchas pasos.
Nunca abras los ojos si los tienes delante.



Tres normas que rompió la noche en que la muerte se presentó ante ella. Tres normas que memorizó desde su más tierna infancia. Tres normas que quedaron olvidadas la noche en que salió con su novio al cine.
Tres normas...
¿Simples, no? Pero si no las sigues,... pueden llegar a ser..., letales.



—¿Qué película quieres ver? Espero que no una romanticona.
Amanda soltó unas carcajadas al ver la cara de cachorro que puso su novio ante la mención de las películas romanticonas. Sabía que no le gustaban y pese a que había una en cartelera que le llamó mucho la atención cuando vio el trailer en youtube, decidió que esa noche aceptaría ver una de acción, para tenerle contento. No todos los días el jugador estrella del equipo de fútbol americano del instituto, te pedía para salir.
Aquella era la primera cita que tenía con su estrenado novio, y estaba exultante, se sentía la chica más afortunada de todo el instituto, y cuando le contara al día siguiente a sus amigas con quien había ido al cine, estas no se lo iban a creer.
Sería la envidia de todo el instituto y cada chica se moriría por estar en sus huesos.
—Veré la que tu quieras —respondió finalmente, obteniendo una sonrisa a su vez.
—Ok, perfecto, pues la última de Los vengadores, que me han dicho que está brutal. Además, esta noche tenemos suerte pues conozco al dueño de todo esto, y ha cerrado este lugar para los dos.
«Pues esa». Pensó Amanda sin atender realmente al cartel de la película. Le importaba poco cual iban a ver, ella solo quería pasar un rato con su novio, poder sentir sus brazos acunándola o si terciaba, que la besara en la oscuridad del cine. Nunca la habían besado y ya tenía ganas de sentir algo de esa pasión que tanto describían las novelas románticas que tanto le gustaban. Y si le añadía el factor de que iban a tener todo el lugar para ellos solos..., tenía que reconocerle, estaba más que nerviosa porque iban a quedarse a solas en cuanto entraran en la sala de cine, a solas con la película y quien estuviese tras el proyector...



Dos horas después



Amanda corría por la carretera presa del pánico, mirando hacia atrás de vez en cuando, temiendo ver aparecer el coche del cabrón que la había engañado. Las lágrimas corrían por sus mejillas, limpiando parte de la sangre que salpicaba su pecoso rostro. Los zapatos de tacón de su madre que tomó prestado para el encuentro de esa noche, quedaron olvidados en algún lugar entre el cine de barrio y la carretera nacional del estado, y el vestido que con tanto esmero planchó esa tarde antes de la cita, estaba rasgado y sucio.
Quería gritar, llorar, hacerse una bola en el suelo y desear que la tierra la tragara. Quería lavarse, ducharse con agua bien caliente y refregarse el cuerpo con jabón, hasta volver a sentir que estaba limpia.
La noche de ensueño con el mejor chico del instituto se convirtió en pesadilla al ver como al entrar en el cine se abalanzaron sobre ella tres chicos más que en cuestión de minutos la estaban violando. El dolor, la humillación, la vergüenza, la culpa, la ira, el asco, todo se juntó y por más que luchó por liberarse, la tenían bien agarrada entre los cuatro, aprovechándose de su juvenil cuerpo.
Los chicos no tuvieron piedad, burlándose de sus lágrimas, de sus súplicas, jactándose entre ellos al tener a una virgen estúpida a la que “mostrarle quien mandaba ahí”.
El tiempo pareció eterno mientras los sentía empujar dentro de ella, mientras la manchaban con su inmundicia cuando se corrían en su interior, cuando la soltaron unos segundos y..., arremetió contra el que tenía a su espalda golpeándole con la cabeza, rompiéndole la nariz.
Así consiguió escapar, levantándose del suelo aprovechando la confusión y que el chico herido cayó sobre su compañero de al lado, huyó de la sala de cine rumbo a la salida. En cuanto llegó al parking vio varios coches estacionados, pero entre ellos reconoció el coche viejo y destartalado del bastardo que la engañó al lado de una furgoneta oscura. A sus espaldas escuchó los gritos enfurecidos de ellos.
Sin perder tiempo, salió corriendo por la carretera para internarse en el bosque, se ocultaría entre los árboles y...
Gritó cuando sintió que la atraparon por la espalda y la alzaron del suelo. Al mirar hacia atrás para ver quién la atrapó, el mundo se le cayó al suelo al comprobar que era uno de los que la habían violado. Ni siquiera le sonaba, no debía ser de su instituto ya que ella conocía a cada alumno al ser parte del periódico de tira mensual en el que publicaban las noticias más relevantes del centro escolar. 
       —Aquí está la perra, intentaba esconderse —se burló el chico llevándola en volandas hasta donde estaban los coches.
—Agarra bien a esa puta, me ha roto la nariz —pronunció con voz nasal el que había golpeado para poder escapar—. Ya os dije que debíamos drogarla, era lo mejor. Así no recordaría nada, ahora ya conoce nuestras caras y puede denunciarnos.
—No si acabamos con ella— dictaminó su supuesto novio, el mejor jugador del instituto.
«¿Acabar conmigo?» Pensó mortificada Amanda sin poder creer lo que estaba viviendo.
El golpe que le dieron en la cabeza fue lo último que recordó, hasta que...



Despertó por el movimiento del coche. 
Miró con temor a su alrededor atragantándose con el amargo sabor de la bilis. Tenía la boca amordazada y las muñecas atadas con lo que parecía unos cordeles gruesos que le estaban arañando la piel. Por lo que pudo ver estaba en la parte de atrás de una furgoneta abierta, rodeada de palas, sacos y mantas viejas.
«¡Van a matarme!» Gritó horrorizada para sus adentros, mientras luchaba contra el miedo, moviendo las muñecas, consiguiendo liberarse. Quien la hubiese atada era un inepto con los nudos o no le prestó la suficiente atención al creerla fuera de acción. Tiró la cuerda al suelo y se quitó la mordaza, lamiéndose los resecos y magullados labios. 
En cuanto se liberó se incorporó comprobando que los cuatro que estaban delante en el coche estaban riendo, bebiendo cervezas y con la música a todo volumen, así que inspiró fuerte y tomó una decisión. Se lanzaría del vehículo en marcha, y pediría ayuda.
Así lo hizo. Se lanzó de la furgoneta, y luego,... 
El golpe la aturdió unos segundos pero se recuperó tan pronto como escuchó el chirrido de los frenos del vehículo a unos cuantos metros delante de ella.
¡Sabían que había saltado!
Con dificultad y gritando del dolor que le recorrió tras los golpes recibidos esa noche, tanto en el cine como en el bosque o tras saltar de la furgoneta en marcha, se levantó del suelo y comenzó a correr por la carretera.
Miraba hacia atrás para ver si habían bajado de la furgoneta, si la perseguían.



«Nunca mires atrás si escuchas pasos»



Recordó esa norma que su familia le grabó a fuego en la mente, repitiéndosela una y otra vez junto a las otras dos.
No miró atrás mientras corría con todas sus fuerzas, pese a que escuchó las voces de los chicos.   Pese a que sus pies se desgarraban contra el asfalto, pese a que el dolor de su cuerpo le arañaba por dentro como agujas candentes. 



«Nunca salgas de noche sola»



Resonó la primera norma una y otra vez dentro de ella, atormentándola por haberla roto. No debería haberse escapado de casa cuando se suponía que estaba en su cuarto durmiendo. La excusa que le dijo a sus padres de que le dolía la cabeza y que por tanto se acostaba antes, ojala no hubiese funcionado, ahora le habría gustado que hubiesen sospechado de ella y vigilaran su cuarto, de ser así a esas horas estaría llorando en casa por un amor perdido, pero al menos no habría perdido el corazón, ni le habrían roto y humillado por dentro.
Nunca olvidaría lo que le había sucedido esa noche, si lograba sobrevivir.
Escuchó gritos y luego silencio. Estuvo tentada a mirar atrás para ver si aún seguían persiguiéndola o se habían dado por vencido. Dudaba mucho que esto último sucediese, esa noche tenían previsto violar y matar a una chica, sus acciones y sus palabras lo dejaron claro. No la dejarían escapar, y lo más probable es que en lugar de seguir corriendo lo que hicieron fue dar media vuelta y...
El ruido de las ruedas de un coche silbando en el asfalto la sobresaltó. Lo que temía, habían ido por la furgoneta para atraparla.
—No escaparás, puta —escuchó el grito de su supuesto novio que esa noche le destrozó la vida para siempre.
¿Cómo pudo ser tan estúpida? ¿Cómo pudo creer que alguien como él se iba a fijar en una ratona de biblioteca como ella? ¿Cómo...?
Lo último que pensó antes de sentir el golpe seco y duro del parachoques de la furgoneta contra su espalda fue...
«¿Cómo pude caer tan bajo, y todo por desear que alguien me ame tal y como soy?»
Su cuerpo voló por los aires tras el fuerte impacto, golpeando una vez la luna delantera antes de pasar por encima de la furgoneta y caer contra el duro suelo.
Su mente se negaba a apagarse pese a que era incapaz de formular palabras o de ver a través de sus ojos encharcados en sangre.
Pero pudo percibir dentro de la cárcel que se convirtió su maltrecho cuerpo que unas figuras con forma de hombre se acercaban a ella. Contó cinco...
«¿Cinco?» Pensó su mente antes de perderse en el dolor.



«Nunca abras los ojos si los tienes delante»



Quería cerrar los ojos y dejarse llevar por la oscuridad, hacer caso por última vez a las enseñanzas de su familia.
No los mires si los tienes delante. No mires a los fantasmas pues estos te acompañarán a casa. Su familia la enseñó bien para que no sufriera la locura que conllevaba el don o maldición que poseían. Para unos era un don que empleaban para ayudar a los demás, incluso trabajando para la policía, para otros era una maldición: ser capaces de ver las almas de los fallecidos...
Para ella..., no era nada hasta esa noche, hasta el momento en que su vida pendía de un hilo, en el que pudo mirar a la cara a una sombra que salió del suelo lentamente, que se materializó ante ella tomando forma de un hombre de gran envergadura que se enfrentó a los chicos que se acercaban hasta donde estaban los dos.
Por lo que pudo notar los exultantes chicos, no percibían al nuevo visitante, al fantasma que la cubría con su translúcido cuerpo.
—Ya es nuestra, esta puta nos lo ha puesto difícil. La próxima vez vamos a drogar a la que elijamos, y la follaremos hasta que alguno de nosotros la asfixie.
Las burlas de ellos quedaron congeladas cuando la sombra se giró y la miró.



«Nunca abras los ojos si los tienes delante»



¿Y qué podía hacer si era incapaz de cerrar los ojos? Si estaba tan magullada y herida que era incapaz de hacer otra cosa que sentir como la muerte la estaba acogiendo en brazos para llevarla a donde le tocara ir.
Gimió cuando sintió los ojos del fantasma sobre ella.
«Azules». Pensó al reconocer el color de esos incandescentes iris que la perforaban. «Azules como el cielo. ¿Esto será lo último que vea antes de morir?»
«No morirás, si me juras lealtad. Dime si deseas vivir o morir. Tú elijes Amanda. ¿Vivir o morir?» Escuchó una voz en su mente. Una voz atronadora, grave, llena de oscuras promesas.
«No quiero morir». Susurró a su vez, mirando a esos dos orbes azules sin ocultar el miedo que la estaba consumiendo mientras su cuerpo se apagaba lentamente.
Calor.
Un fuego abrasador cubrió cada rincón de su cuerpo. ¿La muerte se sentía así? ¿Cómo si estuviese en medio de un horno quemándose hasta la última de sus células?
Cerró los ojos y permitió que el dolor, el cansancio, el calor, la llevaran más allá de la oscuridad que la tentaba con sus fríos tentáculos.
Perdió el conocimiento al tiempo en que los chicos se agacharon para cogerla en brazos. Iban a enterrarla y planificar mejor la próxima cacería. Elegirían mejor el objetivo, alguien que no diera tantos problemas que no...



El grito que profirió el que se hizo pasar por su novio rompió la calma de la noche, en cuestión de segundos los otros le acompañaron en esa espeluznante sinfonía de chillidos aterradores de pura agonía.



Al día siguiente



—Amanda cariño, es hora de levantase.
La voz de su madre la despertó. Gritando se incorporó de golpe y palpó su cuerpo comprobando que estaba metida dentro de su cama con su viejo pijama de conejitos rosas que se compró hacía dos años en las rebajas.
Sin perder ni un segundo se levantó de la cama y se desnudó quedando completamente desnuda ante el espejo de su armario. No tenía marcas, ni mordeduras, ni rozaduras en las muñecas o marcas de las manos que la agarraron de los muslos para que los abriera más y...
Tembló sin poder controlarse, abrazándose a sí misma, buscando un consuelo que no obtendría hasta que aceptara que su mente le había jugado una mala pasada y todo fue una pesadilla.
«No lo fue Amanda, ahora eres mía para siempre».
Escuchó la misma voz que le dijo si deseaba vivir o morir. Una voz grave, como surgida del fondo de un tonel de vino. 
—¿Cómo es posible?
A sus espaldas se materializó el hombre de sus pesadillas, abrazándola a su vez con sus fríos brazos. Apoyando sus labios contra su cuello, antes de depositar ahí un suave beso que le hizo temblar.
«Eres mía Amanda, llevo siglos buscando a una “mortal con el poder de ver la muerte”».
—¿Qué quieres de mí? —Todo lo que creía que era una sueño. ¿Fue real? ¿Las violaciones? ¿El atropello? ¿Cómo era posible que aún siguiera con vida?
Tantas preguntas y no sentía nada más que frío y una excitación que crecía dentro de ella, una expectación a lo que se suponía que le debía a ese fantasma.
¿Le había salvado la vida o ella también estaba muerta y ese era su infierno particular?



«No estás muerta Amanda, vivirás entre los mortales el tiempo que precises hasta que me pidas que te lleve conmigo».
—¿Por qué te iba a pedir eso? —preguntó a su vez, sintiendo vergüenza por primera vez al estar desnuda ante él. Con todo lo que tenía en mente no se había percatado de ese pequeño detalle. Puede que su cuerpo no fuera inocente ya por culpa de la violencia, pero su alma aún lo era pese a que la herida que le hicieron nunca curaría del todo. Las violaciones pesaría sobre su alma, por un largo tiempo.
«Porque eres mía, eres mi petite amie».
—¿Y quién eres tú? —preguntó finalmente mirando a esos ojos azules que la traspasaban con una fuerza y un magnetismo que la paralizaron en sus brazos.
No tenía miedo, no había dolor. Ese fantasma la había salvado de una muerte segura. Le creía cuando le decía que aún seguía viva, pues la muerte no era eso. Por lo que le enseñaron sus padres, cuando morías de una manera salvaje o repentina, pasabas a un estado de confusión y negación en la que vagabas como fantasma acechando a tus asesinos, o a tus más cercanos cuando estabas vivo. No dabas el siguiente paso hasta que aceptabas que la vida se escurrió de tus manos de una manera trágica, sí, pero sin ser tu culpa. De esta manera aceptabas que el destino en ocasiones era cruel, mostrando el lado más horroroso del ser humano. Pero como le decían sus padres cuando ella preguntaba, por qué sucedía tragedias: "para poder ver la luz del mundo tienes que conocer su oscuridad, Amanda". 



«Soy la Muerte». Sentenció él con su profunda y grave voz, tomándola de la barbilla con su mano para poder acceder a sus labios. En cuanto se tocaron pudo sentir cómo le succionaba la vida, cómo sus almas se unían para toda la eternidad. Pudo ver sus recuerdos. La eterna soledad de su existencia, el amargo trabajo que le encomendaron los dioses.
Pudo ver cómo acabó con la vida de los chicos que la violaron, cómo los empaló vivos a unos árboles marchitos para que los encontraran a primeras horas del día los que pasaran por esa parte de la carretera con sus coches.
Presenció cómo acudió a su llamada, atraído por su espíritu que se negaba a dejarse vencer. Pudo ver la sorpresa al mirarla a los ojos y al comprender que había encontrado a una mortal capaz de verle, capaz de traerle a la vida o acompañarle a su mundo.
Ella tenía el control, ella decidiría el destino de los dos, mientras...



Con una sonrisa sintió la satisfacción de la Muerte cuando los empaló uno a uno, cuando escuchó los gritos de dolor de esos bastardos, sus súplicas desgarradoras al ver lo que estaba pasando.
Con una sonrisa decidió...
Ya no era la misma chica que su madre despertó el día de ayer. Ahora era una mujer que se despertaría cada noche atormentada por lo que le sucedió. Era una mujer que no deseaba acudir al instituto y que perdió el interés en graduarse aunque fuera un año después de sus compañeros, por culpa de una leucemia infantil que padeció y que la alejó de la escuela durante un año. Ya no le importaba ser la Friki que se refugiaba en los libros cuando el mundo se burlaba de ella, cuando le echaban en cara que ya era mayor de edad y aún iba al instituto. Ella no eligió sufrir leucemia, no eligió perder un año de escuela mientras duró el tratamiento, no pidió que los libros se convirtieran en sus mejores amigos mientras fingía tener amigas en el instituto aunque supiese que a sus espaldas la ponían a parir, burlándose de ella. 



Era una mujer que no quería preocupar a sus padres y que...
«Podrás jugar con ellos allá donde te lleve. Podrás entrar en el averno para ver cómo sufren si así lo deseas, te presentaré a mi hermano Hades y brindaremos junto a su esposa mientras ves a esos mortales que se atrevieron a dañarte, sufrir eternamente».
Amanda sonrió dentro del beso al escuchar la voz de la Muerte.
Ya no era la niña que temía las tres normas, que temía a los fantasma que toda su familia podía ver. O que temía lo que el futuro le deparaba. 
Era una mujer que aceptaba ser la compañera de la Muerte, que ansiaba ver sufrir a quienes la rompieron por dentro.
«Llévame a casa, Muerte, y hazme tuya, para siempre». Susurró dentro de ella al escuchar la voz del ángel oscuro que la salvó.
«Así se hará, mon amour».




Un golpe en la puerta. Otro golpe más. 
No hubo respuesta.
—Que raro, Amanda, ¿aún sigues dormida?
Alice abrió la puerta del cuarto de su hija la mayor. La noche anterior la encontró raro pero no quiso meter las narices por si la molestaba. Sabía que estaba entrando en una edad difícil que necesitaban espacio propio y...
—Matthew ven, nuestra niña..., nuestra niña...
Las pisadas de un hombre subiendo corriendo las escaleras alertaron a los demás habitantes de la casa quienes acudieron todos a tropel al cuarto de la mayor.
Cuando entraron quedaron paralizados en la puerta. A los pies de la cama, frente al gran espejo del armario había un mensaje escrito con lo que parecía sangre.
—No os preocupéis. Ahora ella es mía, para siempre —leyó con voz temblorosa Alice, llorando al ver cumplido su mayor temor. Había una leyenda que solo los adultos de la familia conocían, por la que habían escrito y transmitido las tres normas a los más pequeños, para evitar que se cumpliese la profecía. 
Pues cuentan las leyendas que si incumples las tres normas..., si eres tan insensata como para hacerlo...



Nunca salgas de noche sola.
Nunca mires atrás si escuchas pasos.
Nunca abras los ojos si los tienes delante...

...y estás al borde de la muerte...

Si incumples las tres, te convertirás en su compañera.

Serás la novia de la Muerte. 




Meses después 

31 de octubre



—No lloréis mamá, papá, hermanos. Estoy bien—susurró Amanda al ver el reflejo de su familia en el pozo de la vida. A su lado su eterno compañero la arropó entre sus brazos, eliminando cada vestigio de culpa al ser la causante de la desdicha de su familia. Ella había elegido su camino, entregándose en cuerpo, alma y corazón a la propia Muerte. Al que una vez fue hombre y ahora vagaba sesgando la vida de los mortales. 
A su lado las pesadillas se acallaban cuando la abrazaba y la besaba en la noche. A su lado, las risas destruyeron los gritos de terror que poblaban sus pesadillas. A su lado conoció el significado de amistad, de lealtad, del amor, de los placeres de la carne. A su lado...
—Esta noche mi amor, cuando el velo entre el mundo de los muertos y el de los vivos se difumina, podrás visitar a tu familia, sí así lo deseas.
Amanda se giró y le besó con pasión, con una pasión que descubrió en sus brazos pese a sus miedos iniciales, pese a los miedos que la acompañarían durante un largo tiempo.
—Solo si tú me acompañas— le respondió, cortando el beso y mirándole con devoción.
Muerte le devolvió la sonrisa, un gesto en el que apenas estiró los labios. Era un hombre silencioso, fuerte y poderoso que le mostraba cada día de la eternidad que estaba agradecido por haberla hallado cuando salió de su palacio al escuchar una voz que gritaba orgullosa que no quería morir. 
—Así lo haré, mon amour.
—¿Crees que Hades y Persie, querrán acompañarnos? Tengo curiosidad por ver qué disfraz elegirá el Rey de los muertos. —Rompió a reír Amanda, llenado de luz el oscuro y silencioso palacio de la Muerte.
Gracias a ella la eternidad no se presentaba como una tortura inimaginable en la que la soledad te desgarraba desde dentro. 

¿Al final siempre le quedaría la duda de..., quién salvó a quién? 





Petite amie: compañera
Mon amour: mi amor







Comentarios

  1. Me ha encantado, como todo lo que escribes. Siempre me deja sin palabras tu derroche de imaginación. Felicidades!!!

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    1. Muchísimas gracias Lorraine!!! Viniendo de ti es un gran elogio que ya sabes que te admiro muchísimo!!!!!!

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  2. Respuestas
    1. Muchas gracias Elena!!! Me alegra saber que te gustó ;)

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  3. ¡Mola muchisimo! Me ha dado un escalofrío, ¡fue muy intenso! Y las tres normas a cada rato era como aaaaaaah algo va a pasar!!!!

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    1. jajajajajajaja Muchas gracias Cristina Oujo!!!!!!!!

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  4. Ooohhh!!!! Que chulo!!! Me ha gustado un monton! <3

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    1. Muchísimas gracias Andariel!!!!! Me alegra mucho que te haya gustado ;)

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  5. Hoooooooooooooola!!!! Por fin lo leí, me ha encantado!!!!! Está genial!!!! Muchas gracias. <3

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    1. Muchísimas gracias Ester!!!!!! Gracias por leerlo ;) Me alegra saber que te gustó

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  6. Como dicen, todo ser tiene su alma gemela...
    Gracias por demostrarlo. Me gustó mucho.

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  7. Ohhhh me ha encantado cielo. Un relato increible

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