lunes, 8 de junio de 2015

Relato: Perdido en la oscuridad parte I



Comenzamos la semana con un pequeño relato de romántica paranormal. Ayer noche tuve varios sueños raros y locos, de esos que cuando despiertas dices, ¿pero cómo puedo tener un popurri de sueños tan extraños? Pero vamos, que al final no le das importancia porque solo son sueños y anotas cuatro ideas en una libreta para futuras novelas.

Esta vez toca un relato de romántica paranormal,.... Espero que os guste, ya me diréis.




PERDIDO EN LA OSCURIDAD





PARTE I


Llevaban saliendo dos años y un día, y cada día que pasaba a su lado la sorprendía con algo. Catherine Smith estaba nerviosa pues hacía una hora que le había llamado dándole un lugar y una hora para verse. Era extraño que solo lo viera de noche, cuando el sol se escondía en el horizonte. Ahora que lo pensaba bien, en todo este tiempo nunca lo vio de día, nunca vio como el sol acariciaba su larga melena azabache, ni paseó de la mano bajo el cálido manto del día. Siempre se veían de noche, cuando las tiendas comenzaban a cerrar y solo podían acudir a los restaurantes a cenar, o iban a un hotel a yacer juntos. 

Sus amigas le decían que él estaba casado y que era la otra. Que apenas le conocía, que no sabía si tenía familia, amigos o dónde vivía. No le importaba lo que le dijeran, o los consejos que le daban: el que más, que lo dejase. Solo sabía que trabajaba como investigador privado, que tenía mucho dinero al ver los restaurantes a los que iban o los hoteles en los que se quedaban y que era el hombre de su vida. A su lado se sentía viva, deseada, hermosa, y las noches en las que se quedaba dormida en sus brazos tras varias horas de puro sexo, eran recuerdos hermosos que quedaban grabados en su mente, en su corazón para siempre.

Porque de algo que estaba segura es que nunca disfrutó tanto del sexo con otro hombre. Nunca experimentó tanto placer, saboreó el orgasmo cada vez que la hacía suya, cada vez que la saboreaba con su boca, la acariciaba íntimamente con sus dedos, la hacía gemir y desearlo, provocando que suplicara y todo su cuerpo temblara necesitado. 

Era un amante asombroso que la atraía con su sonrisa, con su conversación pues poseía conocimientos acerca de todo, con su risa, con la manera en que la miraba, devorándola lentamente, como si fuera lo más apetitoso que había en el menú. 

¿Acaso importaba no saber si tenía familia? ¿No conocer dónde vivía? ¿O cómo era su vida más allá de las noches en que se encontraban desde que un día se presentó y la invitó a una bebida en un viejo bar al que iba siempre cuando estaba deprimida? 

Sí, si que lo era. No iba a engañarse. Le dolía no ser parte de su vida, le dolía la sola idea de pensar que sus amigas tenían razón, que era la otra, la amante de un hombre casado al que le estaba regalando dos años preciados de su vida. 

Dos años perdidos,... pues le amaba con locura y no quería despertar de ese sueño. No quería que el sueño se tornara en pesadilla cuando la cruda realidad la despertara de golpe. Cuando un día le encontrara por la calle de la mano de otra mujer y rodeado de niños. Eso era lo que quería ella con él, vivir el resto de su vida a su lado, ser la mujer de su vida. 

Cuando recibió su llamada esa noche, lo decidió. Ya no podía soportarlo más. Se lo preguntaría, le diría si la estaba engañando, si era serio con la relación, cuándo la iba a dejar ser parte de su vida, abrirle su corazón y darle la confianza de saber más de él.

Ella no tenía mucho que ofrecerle, vivía en un viejo apartamento que alquilaba con su escuálido sueldo de dependienta. No tenía familia pues habían muerto hacía años en un accidente de coche y a causa de eso tuvo que dejar de estudiar en la universidad por no poder costearse las abusivas y cuantiosas matrículas, y las pocas amigas que tenía ya estaban casadas y con hijos, y apenas las veía.

Solo le podía ofrecer su corazón, ser parte de su vida el tiempo que viviesen. 

Catherine sonrió mientras rebuscaba en el armario un vestido que ponerse para la cita de esa noche. Estaba nerviosa, como cada vez que quedaba con él, y se sentía un poco soñadora sin remedio cuando pensaba en lo que podía pasar, pues esperaba que él se hincara de rodillas ante ella y le dijera que se sentía igual que ella, y le pidiera al fin su mano. Como en esas películas de amor que tanto el gustaban. Quizás era una soñadora, pero sin los sueños su vida sería apagada, aburrida, tediosa y tristemente solitaria. 

Cuando encontró el vestido rojo que tantos elogios conseguía cuando Alan se lo veía puesto, lo dejó encima de la cama y fue a ducharse. Aun tenía tiempo para prepararse, así que lo iba a aprovechar bien. Esa noche quería estar perfecta para él, poder ver el amor y el brillo del deseo en sus ojos, y conseguir lo que siempre anheló; vivir al lado de un hombre que la protegiese y la amara cada día hasta la muerte. 




Tres horas después



Estaba frente a la entrada del parque, esperando, nerviosa y con el corazón bombeando con fuerza contra el pecho. Se removió en el sitio, arrepintiéndose un poco de no haber pillado la chaqueta para cubrirse, pero de haberlo echo no luciría igual el vestido rojo que se pegaba a su cuerpo como una segunda piel. Vale que era verano y hacía calorcito, pero cuando llegaba de noche el frío se abría paso por las calles y tenía la piel erizada, y no podía evitar temblar un poco cuando el viento soplaba con más intensidad. 

Pero valía la pena pasar un poco de frío con tal de que él la viese hermosa y apreciara su curvilíneo cuerpo, mostrándoselo más tarde con una sesión maratoniana de sexo y una proposición de matrimonio.

Catherine rompió a reír ante las ideas que se le pasaban por la cabeza. Estaba haciéndolo de nuevo, soñando despierta, pero no podía evitarlo, prefería pensar que en cada esquina había sorpresas que descubrir o se deprimiría por su solitaria existencia.

 —¿De qué te ríes?

Reconocería aquella grave voz en cualquier parte. Con una sonrisa que murió en sus labios, se volvió y se quedó cara a cara con el hombre que robó su corazón desde la noche en que lo vio por primera vez.

Se veía serio, con los ojos brillantes como un gato a la luz de la luna, la postura cerrada a ella y mirándola fijamente de un modo que la estaba poniendo nerviosa. ¿Habría pasado algo? 

 —Tonterías mías  —susurró, tragando con dificultad. ¿Por qué se estaba portando como un extraño con ella? No la saludó con el cálido beso al que la tenía acostumbrada, ni la abrazó con fuerza asegurándole lo hermosa que estaba ese día. 

Seguía frente a ella, mirándola en silencio, vistiendo un traje oscuro que no dejaba duda de sus fuertes músculos y su gran altura. 

Se mostraba como un hombre frío, muy diferente a lo que descubría cada noche que pasaba junto a él. 

 —Ven conmigo  —le ordenó dando media vuelta sin mirar atrás, alejándose de ella, adentrándose en el silencioso parque. A esas horas el parque estaba cerrado al público, pero la puerta se abrió en cuanto él la empujó, como si no hubiesen cerrado con llave los portones que protegían el lugar. 

Hacía meses que habían tomado esas medidas para evitar que los jóvenes acudieran al parque a emborracharse, para hacer el botellón, desde entonces, el guardia de seguridad cerraba el parque cuando daban las nueve y no lo abría hasta el día siguiente. 

Lo siguió de cerca sin saber muy bien a qué se debía esa actitud tan distante con ella. Al llevar tacones le costaba seguirle el ritmo, así que le intentó agarrar la mano para que la ayudara a caminar por aquellos oscuros caminos de tierra. 

 —Espera  —le dijo antes de tomarle la mano. 

Al ver que él se giraba y se soltaba de su agarre, la dejó paralizada. Temerosa, y sabedora que había pasado algo. Aquel no era el Alan que conocía, él no la habría rechazado de esa manera. 

 —¿Qué es lo que te pasa?  —miró su mano extendida, echando de menos el calor que sentía cuando sus pieles se tocaban  —. ¿Porqué te estás comportando así conmigo? ¿Hice algo malo? ¿Ha pasado algo? Y no me digas que no pasó nada, porque nunca antes has rechazado el contacto conmigo. 

No quería comenzar a llorar, pero estaba a un paso. Se sentía como una tonta, un juguete a manos de ese hombre y estaba comenzando a pensar que quizás sus amigas tenían razón, que apenas lo conocía y se había enamorando de un sueño, de un ideal que no se correspondía con la realidad. 

¿Acaso este hombre frío y gélido era el verdadero Alan? ¿Y no el cariñoso y el seductor que la amaba durante horas en los hoteles a los que la llevaba? 

De ser así,... ¿Cómo era posible que fuera tan estúpida? ¿Tan ciega? 

El amor..., susurró una voz dentro de ella. A eso se le llamar amar. A lanzarse a la piscina sin mirar si había agua o no, sin pensar que te podías ahogar al no saber nadar, que podías encontrar fango y lodo en lugar de las aguas cristalinas que deseabas.

 —No sucede nada  —respondió finalmente Alan, encogiéndose de hombros. Al ver que ella no dio muestras de creerlo, esbozó una sonrisa ladeada y la miró fijamente a los ojos antes de continuar —. Quiero darte una sorpresa y si sigues interrogándome, la arruinarás.

Perfecto..., ahora la culpa sería de ella por preguntar qué le pasaba al ver que se estaba comportando como un extraño. ¿Pero sería verdad? ¿Estaba así de seco y frío porque quería sorprenderla con algo? ¿Tenía que confiar en él o sería mejor dar media vuelta y buscar un taxi? ¿De irse, él querría verla de nuevo o se lo tomaría como un insulto? 

Tantas preguntas y no sabía muy bien qué hacer, así que finalmente, se dejó llevar. Le tendió la mano que éste le rechazó antes, y le suplicó con los ojos que no la rechazara de  nuevo. 

Por suerte, no lo hizo, le apretó la mano y reanudó la marcha, sin mirar atrás, adentrándose cada vez más en el oscuro y tenebroso parque. De día era hermoso, lleno de viejos árboles que se retorcían al sol y mostraban la historia de sus largas vidas en cada muesca, en cada bulto, en cada estría. Pero a esas horas de la noche daban miedo, parecían sombras que se retorcían y se movían para asustarla, para recordarle que los monstruos de sus pesadillas la perseguían cuando estaba despierta. Que los miedos infantiles a la oscuridad o a los fantasmas persistían muy dentro de ella, ocultos bajo la razón y la conciencia adulta. 

 —Espera, ve un poco más despacio, con los tacones y esta oscuridad apenas puedo ir a tu ritmo —jadeó al ver que tropezaba por enésima vez con las piedras del camino. Le estaba costando horrores seguirle por aquella senda de piedra y tierra con unos tacones de más de diez centímetros de altura y un grosor de su dedo meñique. Eran unos zapatos hermosos pero para andar pocos metros, como mucho del taxi al restaurante o del taxi al hotel. 

Alan pareció que sopesó unos segundos sus palabras y la sorprendió cuando la tomó en brazos, apretándola contra su cuerpo. Catherine sonrió al sentirse como una princesa rescatada por un caballeroso príncipe. Cerró los ojos y se apoyó más contra su pecho, susurrando:

—Esto está mejor, muchas gracias Alan, es que con estos tacones apenas puedo correr —le explicó moviendo los pies en el aire, sonriendo al ver el deseo brillar en los ojos de él. Había elegido bien el vestido, era el que más le gustaba y parecía que a él también. 

—Te llevaré en brazos, así llegaremos antes.

—¿A dónde? —preguntó, sujetándose fuerte al ver que ahora él corría, adentrándose cada vez más en el parque. Este estaba a las afueras del pueblo y tenía consideración de protegido por medio ambiente, con unas extensiones de tierra considerables y un pequeño lago en medio, donde muchas familias acudían en verano para pasar un día de barbacoa y juegos familiares. 

—Si te lo dijera, no sería una sorpresa.

—Espero que valga la pena —murmuró sin dejar de agarrarse a él. 

Alan la miró unos segundos fijamente, con un brillo en sus ojos que la puso nerviosa, aunque no sabía identificar si para bien o para mal. 

—Seguro que si, será toda una sorpresa.

Quería saber más pero no pudo hablar al verlo saltar por encima de un banco y avanzar cada vez más rápido, acercándose al lago del parque, o al menos eso creía, porque no podía saber muy bien donde se encontraban pues apenas había luz y las sombras de los árboles que parecían mofarse de ella y de sus miedos infantiles, la confundían muchísimo. 

La asustó un poco al ver la velocidad que tomaba y cómo se movía en la oscuridad con ella en brazos, sin mostrar cansancio como si no pesara los sesenta y cuatro kilos que pesaba con su metro sesenta y uno que medía. No era delgada y tenía curvas, unas curvas que le costaba mantener a ralla pues en nada que comía engordaba sobre todo en su cintura y en la barriguita de embarazada que se le ponía. Odiaba las dietas pero desde que cumplió dieciocho llevaba años haciéndolas, pasando hambre para no volver a convertirse en "la gordita", como la llamaban en el instituto. 

—¡Espera! ¿A dónde me llevas? ¡Bájame, por favor! ¡Me estás asustando! Hoy estás muy raro y no quiero...

Un beso la acalló y la dejó con los ojos abiertos como platos y el corazón bombeando con más fuerza contra el pecho. ¿Ahora la besaba con una ferocidad que la marcaba, que seguro que le iba a magullar los labios? Su lengua avanzó sin piedad en su boca y la excitó, por mucho que la asustara que se estuviese comportando de una manera extraña, no podía evitar mojarse por aquel salvaje beso.

¿Qué estaba mal en ella? ¿Cómo podía excitarse por un beso? ¿Cómo podía desearle como lo hacía cuando no reconocía al hombre que la portaba en brazos por medio de un oscuro y silencioso parque?

Cuando el beso se cortó y pudo respirar de nuevo, jadeante y excitada por ese roce de labios, Catherine le miró y susurró:

—¿Porqué estás tan raro, Alan? Me estás confundiendo.

—Porque llegó el día en que sepas la verdad sobre mí.

Ante esa respuesta miles de preguntas surgieron en su mente. ¿Estaría casado? ¿Tendría hijos? ¿Solo la quería como follamiga? ¿Iba a cortar con ella tras el famoso polvo de despedida? ¿Él...?

—No es nada de lo que estás pensando —la voz de él la devolvió a la realidad, sorprendiéndola y dejándola con la boca abierta.

—¿Perdona? ¿Lo que estoy pensando? ¿Cómo sabes lo que estoy pensando? ¿Es que acaso lees la mente? — ¿Y que sería lo próximo que le dijera? ¿Que era un marciano y que venía de Jupiter? 

Él soltó un gruñido ronco como si le molestara sus preguntas.

—No más preguntas, Catherine, en cuanto lleguemos al lago sabrás toda la verdad.

Sin darle tiempo a responder, pues en esos momentos lo que quería hacer era gritarle que la dejara en el suelo para irse, él echó a correr, mareándola con la velocidad que alcanzó. No podía creer que tuviera esas zancadas tan rápidas, que parecían que los árboles se difuminaban en el horizonte con cada paso que daba. 

Cerró los ojos y rezó, deseando volver estar en su viejo y pequeño apartamento y recibir una llamada de su jefe para que esa noche se quedara hasta tarde en la tienda haciendo un recuento de la mercancía, así no habría acudido a esa cita y aun seguiría viviendo en su burbuja protegida de pura felicidad y sueños que deseaba alcanzar. 

Quería seguir engañada, sin ver como sus ilusiones se rompían uno a uno, al conocer otra faceta del hombre al que amaba.

Porque lo que era verdad, era que le amaba con todo su corazón. 

Solo abrió los ojos cuando sintió que Alan se detuvo y escuchó el chapoteo del agua. Miró a su alrededor y se quedó prendada del reflejo de la luna en el lago.

—Ya hemos llegado.

Era evidente, no hacía falta que él lo dijera en alto. Estaban ante el lago y ahora llegaba la hora de la verdad. ¿Qué era eso que quería enseñarle? ¿A qué venía tanta intriga y silencios? Quería de regreso a su Alan, al hombre que la enamoró, que la seducía cada noche que pasaban juntos, no a ese hombre que la trataba con tanta frialdad. 

En cuanto sintió como la incorporaba para que se pusiera de pie, dio un paso hacia atrás al verse liberada de sus brazos, poniendo un poco de distancia. Ahora que estaba en ese lugar junto a él, los nervios la estaban carcomiendo por dentro, lentamente, devorándola como una fiera que aparecía en su vida cuando no estaba segura de lo que pasaba a su alrededor, cuando el destino se aseguraba de darle una patada en el culo rompiendo todos sus ilusiones.

—¿Y ahora qué, Alan? ¿Qué es lo que querías mostrarme? ¿A qué se debe este hermetismo de tu parte? ¿Estás comenzando a darme miedo?

Este se giró y se quedó frente a ella, con los brazos a ambos lados del cuerpo, dándole la impresión con ese traje que ocupaba más espacio que antes, que su fuerza y su musculoso cuerpo era el doble del que recordaba la última vez. Era un hombre hermoso que rezumaba sexualidad, erotismo. Y el misterio que al principio le atrajo tanto de él, ahora le estaba poniendo nerviosa, le estaba dando miedo.

—Llegó la hora de que sepas toda la verdad acerca de mí y tomes una decisión. En tus manos pongo el destino de los dos. 

De nuevo una frase llena de misterio, una gota de agua en medio del desierto. ¿Qué coño le pasaba hoy a Alan? 

—¡Pues dímelo ya! Estoy nerviosa, a un paso de salir corriendo de aquí y no mirar atrás. Estoy cansada de tus silencios, de no saber nada de ti, de solo verte para cenar o para follar —por primera vez en toda la noche vio como sus ojos se apagaron un poco, ¿tal vez culpabilidad porque le estaba gritando a pleno pulmón verdades como un templo? ¿o incredulidad porque no se creía lo que estaba viendo al verla despotricar contra él todo lo que por tanto tiempo guardó dentro de ella?—. ¡Debes darme algo más! Necesito algo más. Estoy cansada de esperar a que me ofrezcas algo. ¡Dime lo que tengas que decirme y tomaré una decisión, no lo dudes! Pero tal vez no sea la que tu esperas — . O la que me gustaría haber tomado. Pensó sin llegar a decirlo en alto. No podía. No quería aceptar que tal vez esa noche su relación idealizada se rompería para siempre. 

Ahora sí, ante ella estaba el hombre que la enamoró, mirándola fijamente con sus hermosos ojos. Mostrándose vulnerable por primera vez en todos estos meses de relación. 

—Catherine, mereces una explicación. Tras valorar detenidamente estos meses de relación he llegado a la conclusión que...

¿Pero qué coño le pasaba? Hablaba como si estuviese contándole la previsión del tiempo en los próximos días. Cuando se hablaba de amor se tenía que mostrar pasión, tanto en las palabras como en las acciones. No hablar con ese tono tan calmado y controlado.

—¡Dilo ya, coño! —le interrumpió gritándole, sorprendiéndole. 

Pero es que ya estaba cansada de hacer el papel de la sumisa que aceptaba todo. Quería ver su pasión, saber si realmente valía la pena luchar por esa relación en la que el otro no le ofrecía nada más que migajas. Unas cuantas noches al mes en las que follar, sin siquiera saber si tenía familia, cómo era su día a día, si tenía amigos, su pasado, sus planes de futuro. ¡No le daba nada! Apenas unas noches de pasión para avivar el fuego que ardía entre los dos, pero apagando los sueños de formar una familia a su lado de manera drástica y cruel.

Alan negó con la cabeza y chasqueó con la lengua, como si se burlara de ella.

—Me pone que muestres el fuego que gobierna tu interior cuando te monto, pero en estos momentos si me presionas no conseguirás nada.

Catherine apretó los dientes y los puños. El que estaba sintiendo la presión del momento era ella. De una manera que estaba a un paso de romper una de sus normas más estrictas: no pegar a otro ser vivo, por muy hijo de puta, arrogante o gilipollas que se mostrara en esos momentos.

—O me lo dices, o me largo. Así de simple. —le amenazó, dispuesta a cumplir su palabra. La noche de ilusión y ensueño se había convertido en una pesadilla. 

Él se cruzó de brazos y sin despegar los ojos de ella, le soltó:

—Soy un vampiro y te he elegido como mi compañera.

¡Ok, perfecto! No eran marcianos, ni era de Jupiter, pero estaba loco. ¿Tal vez por eso solo lo veía de noche, porque era cuando se escapaba del manicomio en busca de sexo?. ¿Por qué solo le tocaba los locos, los hijos de puta infieles, o los imbéciles con complejo de Peter Pan? 

Ahora si que creía que eran dos años perdidos...

Sin llegar a responderle, ¿para qué hacerlo?, dio media vuelta y comenzó a alejarse de él, dispuesta a quitarse los zapatos y echar a correr si a él se le ocurría seguirle, no vaya a ser que se aventurara a demostrarle que era un chupasangre, mordiéndole el cuello. 

—Catherine, espera.

¡Y una mierda! pensó, no dispuesta a llorar. Aun no lo haría, esperaría a encontrar un taxi y entonces rompería a llorar maldiciendo su suerte. Todos sus sueños, sus esperanzas, TODO, se había roto por una sola frase en cuestión de segundos.

Escuchó unos crujidos tras ella, pero no se atrevió a darse la vuelta, en cambio echó a correr, mandando lejos los zapatos lanzando patadas al aire. Le estorbaban y prefería las futuras heridas en las plantas de los pies que caer en los brazos de un enfermo al que le hacía falta una montaña de medicamentos contra las fantasías y paranoias mentales.

Las sombras la acogieron y los árboles volvieron a burlarse de ella. Casi pudo asegurar que le susurraban que era una estúpida por haber accedido a meterse en la boca de lobo, o más bien a entrar en un parque silencioso, sin que nadie pudiese ayudarle si la atrapaban. 

¡Corre, corre! Más rápido... se gritó una y otra vez mientras sus piernas se negaban a obedecerle. Nunca había sido una gran gimnasta, más bien la que intentaba hacer las pruebas en el instituto hasta que sus compañeros y compañeras se burlaban de ella, así que le costó mucho avanzar. 

Jadeaba, le faltaba la respiración, el corazón bombeaba con fuerza, dándole toques de que estaba al límite, unos minutos más y quedaría de rodillas en medio del camino de tierra sin poder avanzar ni unos metros más, quedando a merced de lo que le viniese encima.

No la vio en  medio del camino. Una piedra puntiaguda que la lanzó hacia delante, provocando que tropezara y perdiera el equilibrio. Cerró los ojos y alzó los brazos para evitar hacerse mucho daño cuando impactara contra el suelo.

Pero el golpe nunca llegó. Unos brazos la atraparon y la apretaron contra un cálido cuerpo que reconocería en cualquier lado. Ese aroma masculino la perseguía en sueños, le hacía añorarlo por el día.

Abrió los ojos y pudo verle. Lo que se encontró provocó que gritara de miedo.

Unos ojos rojos como la sangre mirándola fijamente, brillando de un modo sobrenatural, unos labios entreabiertos gruñendo,... pero lo que más le asustó sin duda fueron sus colmillos, alargados, desafiantes, peligrosos,..., tan reales.

—Vampiro...—susurró antes de caer desmayada en sus brazos. No podía evitarlo, se había encontrado cara a cara con un ser que se suponía que era fantasía. Que no existía más que en las películas o en las novelas. 

No pudo ver la preocupación torcer el gesto del hombre, ni como la recogía con cuidado, apretándola contra su cuerpo, intoxicándose con el dulce aroma de ella. 

Alan era un vampiro. Fue lo único que cruzó su mente antes de perderse en la oscuridad, y esperaba en el fondo de su corazón, que no fuera para siempre. Temía no volver a despertar, morir en brazos de ese hombre al que no reconocía, y aun así amaba con todo su ser. 



FIN PARTE I.....


PRÓXIMAMENTE PARTE II Y FINAL DEL RELATO





Este relato lo he escrito directamente en el blog, creo que es lo mejor porque es la manera en que los escriba más rápido porque no estoy pensando en el número de página ni nada parecido, solo me dejo llevar por las musas y escribo lo que aparece en mi mente. No lo he revisado, ni lo he leído, si hay faltas, lo siento. Espero corregirlo otro día, para la semana que viene  intentaré escribir la segunda parte y última. 

Ya me diréis qué os pareció este pequeño entrante. 


Feliz inicio de semana!!!!!!



2 comentarios:

  1. A la espera de la continuación chiqui ;) besitos.

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  2. Muy bueno y queriendo leer la continuación!!!

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