miércoles, 1 de octubre de 2014

Relato erótico online Sorpresa Inesperada



Quiero comenzar la semana con las primeras páginas de un relato online que quiero regalaros a todas y a todos, no os puedo indicar qué días voy a subir nuevos capítulos, pero intentaré no tardar mucho entre un capítulo y otro, espero que os guste .

Como siempre, os recuerdo que cada relato que suba al blog, están registrados y son de mi autoría.


Ahora sí,... que me enrollo sola.... Primeras páginas de .....



SORPRESA INESPERADA

Relato erótico paranormal

Sheyla Drymon

Código: 1410012244467


Fecha de inicio en el blog:  1 de Octubre de 2014

Fecha de la novela: 9 de Enero de 2013









Sinopsis: 




Todo comenzó por una maldita lista de deseos. Sí, una de esas que comienzas a escribir a primeros de año y que luego acabas desechando excusándote. No tengo tiempo para,…al final no pude… En fin, las excusas de siempre. Pero esta vez, la lista que con tanta ilusión escribió se convirtió en una pesadilla.

¿O tal vez no?


Después de todo,…Quien no ha deseado tener a un vampiro en su vida.





Capítulo 1



30 de Diciembre



Faltaba poco para que terminara el año, apenas un día. Anabella abrió el segundo cajón del escritorio de su despacho. Faltaba un día para el Fin de Año y ella en lugar de prepararse para salir de fiesta estaba haciendo la última limpieza general de su casa. ¡Yupi! Revisó el contenido con atención, dejando caer al suelo lo que pensaba tirar a la basura. 
—¿Cómo es posible que acumule tanta mierda?—preguntó en alto sin esperar respuesta, tirando al suelo unos viejos tickets de compra de las rebajas de verano que guardó…Bueno, no tenía ni idea de porqué los había guardado, tal vez por si al final se arrepentía y se decidía a devolver lo que había comprado, pero ahí estaban ante ella, riéndose de su afán acumulativo que ya rallaba el síndrome de diógenes. 
Siguió revisando cada cajón del escritorio, dejando caer al suelo lo que quería tirar a la basura, hasta que se encontró con algo que le sorprendió.
—Lista de deseos por cumplir del 2013—leyó en alto el título de la nota—. Vaya, mira lo que guardaba aquí—no recordaba cuando la metió en el último cajón, quedando olvidada bajo una pila de papeles que se suponían que eran sus próximos proyectos. Vale, que como autora de novelas de terror su escritorio estaba habitualmente cubierto de bocetos de futuras novelas, y no era la primera vez que olvidaba algo que luego se sorprendía cuando lo encontraba—. Ir al gimnasio, esta vez sí, de verdad de la buena—leyó la primera frase de la larga lista. Estuvo a punto de reír en alto. Aquello siempre lo escribía todos los años y nunca encontraba tiempo, ni ganas, ni nada de nada para acudir al gimnasio—. Creo que esta vez no incluiré esto en mi lista del 2014, total, estoy segura que no voy al gimnasio ni aunque la entrada sea gratis—paseó la mirada por el resto de la lista. Era siempre lo mismo. Acabar los proyectos pendientes, abrir su grupo de amistades, leer un número de libros, adelgazar unos 10 kilos,…—. Encontrar novio—murmuró la última frase—. Esto casi es misión imposible, ya no quedan hombres libres, o son gays o están pillados—se rió en alto sin llegar a sentir aquellas carcajadas, era una risa amarga, fría, fruto de los nervios. Tenía 36 años y para su familia era una solterona que acabaría rodeada de gatos. Pero no era su culpa que no encontrara pareja. Por mucho que sus amigas le dijeran que la culpa era que exigía demasiado, que debía bajar las cualidades que deseaba encontrar en una pareja, era todo paparruchas que daban ganas de reírse, porque después de todo, se lo decían como si le hiciesen un gran favor presentándoles a hombres que ni ellas tocarían ni con un palo. Que bonito se veía todo cuando eran ellas las que daban consejos, y regresaban a sus casas junto a sus mariditos, mientras ella se encerraba en su frío ático junto a su….
No. No tenía gato. No le gustaban los felinos.
Ella tenía dos iguanas que la saludaban, o al menos así prefería creerlo, cada vez que se acercaba al terrario.
Miró una vez más la lista antes de arrugarla y lanzarla al suelo de mala gana. Aquella tradición era absurda, una auténtica pérdida de tiempo, pero que cada 1 de Enero acababa escribiendo una lista de lo que le gustaría lograr a lo largo del año. 
—Será mejor que me centre a limpiar y deje de pensar en gilipolleces, si no tardaré  una eternidad, y haber si consigo acabar el capítulo antes de que mi editora me llene el contestador a base de mensajes —sí, tenía la manía de hablar sola en alto, pero con su trabajo, que consistía básicamente en pasarse a solas con su portátil tecleando sin parar durante horas y que no compartía el ático con nadie, le gustaba escuchar el sonido de su voz, aunque sonara un poco a locura.
Sin perder tiempo, acabó de vaciar los cajones y revisar uno a uno los objetos que depositó sobre la mesa tirando al suelo lo que iba de cabeza a la basura. 
Durante dos horas limpió el resto del ático en silencio, murmurando de vez en cuando rompiendo  la calma con su suave voz. Era consciente que se estaba refugiando en la limpieza para no enfrentarse con la realidad, con el hecho de que estaba estancada en una escena de su nueva novela, que era incapaz de desarrollar correctamente la personalidad del protagonista de Desde las Sombras, el que esperaba que consiguiese ganarse el respeto de sus lectores. Un protagonista que se le resistía y que la estaba agobiando, sobre todo cuando se sentaba ante el portátil y se pasaba más de diez minutos mirando fijamente la brillante y tintineante pantalla. 
Una vez que bajó las bolsas de basura al contenedor, se encerró de nuevo en el despacho.
—No voy a salir hasta que termine la escena. Tengo que terminarla—pero que fácil era decirlo. 
Y como comprobó quince minutos después, Vladimir seguía estando encerrado en los calabozos de Scotland Yard a la espera de ser ejecutado. 
—Mierda, no doy avanzado—masculló echándose hacia atrás, pasando las manos por el cabello que mantenía recogido en una coleta baja. 
Las musas se habían tomado unas largas vacaciones. Y vaya momento que eligieron, no podía ser peor. Llevaba dos días de retraso en la entrega del capítulo en el que la trama comenzaba a complicarse y provocaba que el lector dudara de todos los personajes. 
—Será mejor que vaya a tomar un café y mire algo la tele, no puedo forzar la escena, si no sale no sale, lo intentaré más tarde de nuevo—decidió finalmente ante la frustración de no avanzar ni dos palabras. 
Apagó el ordenador y caminó en silencio hasta el salón, no tuvo que avanzar mucho, el ático era pequeño, con un salón amplio que daba a una pequeña terraza desde donde se veía las montañas a lo lejos, una cocina pequeña pero funcional al otro lado del pasillo, dos cuartos pequeños y uno más grande en el que instaló su dormitorio, la pena era que sólo tenía  un cuarto de baño. Pero no podía quejarse, le había costado menos de lo que esperaba y estaba bien situado dentro de la ciudad. 
Se dejó caer en el sofá y apoyó los pies en la mesita de madera que tenía frente al televisor. A su espalda quedaba la puerta de la terraza y dominando el cuarto se veían las estanterías repletas de libros de todos los géneros, pero el que más predominaba era el romántico, que por mucho que le diera vergüenza admitirlo era el que más leía. 
Anabella Rise, reconocida autora de historias de terror amaba las novelas románticas. Si sus lectores se llegaban a enterar dejarían de leerla, o al menos es lo que creía, y por ello escondía su pasión por ese género tildado injustamente de rosa. Las compras las hacía directamente desde Amazon, sin salir de casa, con un simple clic se hacía con varias de las novedades que quería y en menos de cinco días ya las tenía en casa para su total disfrute. 
Desde el sofá se quedó mirando su reflejo en el televisor. Con una coleta baja recogiendo sus largos cabellos rizados castaños, unos ojos castaños apagados por el cansancio, unos labios gruesos, cara redondeada y luciendo unas ojeras de varios días en vela, no era la viva imagen de la belleza tal y como salían en las novelas que tanto le gustaba. Ella no le sacaba el aire a ningún hombre, más bien le sorprendería y el muy incauto daría media vuelta sin mirar atrás. 
Paseó su mirada desde sus brazos cubiertos por un grueso jersey rosa que le gustaba mucho pero que el pobre parecía que había sido atacado por un ejército furioso y hambriento de polillas, a sus mallas desgastadas de un color indefinido que en otro tiempo había sido negro profundo, pero ahora estaba más cercano al gris oscuro, o como ella lo llamaba gris caca. 
No. Definitivamente no era un bellezón. De pequeña estatura con unos cuantos kilos de más, con una adicción insana al helado de chocolate, unas ojeras de campeonato y unos pelos que si los dejaba sueltos parecía la prima lejana de una bruja, no era el ideal de mujer que aparecía en las novelas de amor.
—Nota mental para el 2014. Comenzar a quererme tal y como soy, que ya estoy cansada de sentirme como un conguito de chocolate blanco con pelos de bruja.
 Para dejar de criticarse a sí misma, algo que solía hacer muy a menudo y que se le daba muy pero que muy bien, rebuscó entre los cojines, el mando.
—¡Ajá! Aquí estabas—lo alzó en el aire antes de echarse a reír y acomodarse en el sofá—. Veamos que echan hoy en la tele. 
Tras pasar varios canales, se detuvo en una película que pintaba muy bien y que por suerte no tenía nada que ver con la Navidad.
Sin darse cuenta la tarde pasó y llegó la noche, pillándola dormida en el sofá. 
Cuando el reloj de la cocina dio las doce la noche ella seguía dormida, abrazada a uno de los cojines y con el mando tirado en el suelo a sus pies. 
No escuchó cuando todos los aparatos eléctricos de la casa se encendieron y comenzaron a parpadear a la vez, siguiendo un ritmo constante como los latidos de un corazón palpitante. Quien lo viese creería que era una subida de tensión, pero la realidad a veces no se podía analizar y era más fantástica de lo que se esperaba. 
La película que estaba retransmitiéndose en esos momentos se cortó y la pantalla del televisor quedó completamente negra, antes de que unas letras blancas apareciesen.



Tu deseo más oscuro se cumplirá antes de que acabe el año.
Prepárate para disfrutar.
Tu deseo se cumplirá.
Tu deseo será su deseo.
Espérale y verás.



Las letras apenas estuvieron unos segundos y nadie fue testigo de este insólito hecho, pues Anabella siguió durmiendo sumergida en sus dulces sueños. 
Si hubiese estado atenta habría visto como la lista arrugada de deseos que tiró en uno de los contenedores, no llegó nunca a entrar, quedando tirada en el suelo. Si hubiese mirado hacia atrás cuando entró en el portal, habría visto como un hombre vestido completamente de negro se la quedó mirando fijamente con su arrugada lista en las manos. Y si hubiese estado atenta, habría visto que ese hombre tras leer la lista una sola vez la quemó entre sus  manos, desapareciendo en la noche como un suspiro.
Si hubiese estado atenta….





Capítulo 2




31 de Diciembre, madrugada



Mierda me he vuelto a quedar dormida—masculló con voz cansada, estirando los brazos por encima de la cabeza. No era la primera vez que se quedaba dormida en el sofá, y cuando despertaba siempre ocurría lo mismo, se levantaba dolorida, adormilada y más cansada de lo que estaba antes de recostarse en el sofá.
Se levantó con algo de dificultad y volvió a estirar los brazos por encima de la cabeza. Se palpó la cabeza.
—He perdido de nuevo el coletero, ¿dónde…?
—No te hace falta preciosa, estás más hermosa con los cabellos sueltos.
En las novelas queda hermoso que un extraño desconocido te tire los tejos, en la vida real sin embargo, el terror la embargó por completo y acabó saltando el sofá, abrir la puerta de la terraza y se dispuso a gritar por ayuda a pleno pulmón.
—Te aconsejo que no grites cariño, porque vendrán los vecinos y nos arruinarán la noche. 
Anabella estaba temblando de pies a cabeza, a un paso de desmayarse, podía notar como la mente le gritaba que era imposible que ese hombre estuviese ahí, frente a ella en medio de la terraza cuando antes estaba en la puerta del salón. Se había movido muy rápido o ella era muy lenta a causa del sueño que aún tenía.
—¿Quién eres? ¿Cómo estás en mi casa? ¡Fuera o comienzo a gritar para que acudan los vecinos! Si te vas no diré nada.
J.J. Anderson sonrió abiertamente antes de cruzarse de brazos y devorar con la mirada a su próxima cena. Llevaba pocos días en aquella ciudad y aún no se había alimentado. Estaba dispuesto a esperar a la noche de Fin de Año porque era la mejor para conseguir un bocado, o dos dulces y saciantes, pero al verla cruzar distraída los metros que separaban el portal de los contenedores, con aquel atuendo tan extraño y a la vez evocador y unas llamativas zapatillas de ovejitas, le llamó mucho la atención. Era apetitosa, desde sus contorneadas piernas, su culito redondo y respingón, hasta sus gruesos y sonrosados labios que le evocaban imágenes no aptas para cardíacos. Pero lo que le hizo decidirse a comérsela entera fue leer la pequeña nota arrugada que se le cayó de una de las bolsas que tiró a la basura. Cuando leyó la infantil y larga lista de deseos se contuvo, no iba a echarse a reír en medio de la noche, hacía tiempo que no reía de esa manera y no iba a comenzar a hacerlo por culpa de una ridícula nota. 
Aquella mujer, que en esos momentos estaba temblando a un paso de él, iba a ser su última comida del año. Podía oler su desesperación, su ansia de ser poseída y él se lo iba a dar, todo lo que una vez soñó, todo lo que ansiaba en su corazón pero no se atrevía a pronunciar en alto siquiera, se lo iba a dar todo, y mucho más.
—No me iré a ningún lado preciosa, estoy aquí porque pediste un deseo y soy todo lo que has soñado.
—¿Pero tú estás loco o que? ¿Cómo que eres lo que he soñado? Lo que eres es un maldito loco que ha entrado para robarme y…
No pudo acabar la frase, en apenas un parpadeo lo tenía delante de ella, a un palmo, tocándole la mejilla con su cálida mano.
—Lo que voy a robarte es el aliento, mi dulce, en cuanto te tenga en mis brazos vas a….
J.J. acabó en el suelo boqueando de dolor. 
—Ahí es donde vas a acabar si no sales de mi casa ahora. Si te atreves a tocarme te voy a romper los huevos, desgraciado. Para que lo sepas soy cinturón negro en Taekwondo. 
Si no me los has roto ahora. Pensó, mordiéndose la lengua para no gemir de dolor. Cuando creía que ya la tenía en el bote la muy perra le había asestado un puñetazo en la boca del estómago para luego darle un rodillazo en la ingle, dándole de lleno en los testículos que en esos momentos palpitaban de dolor. 
J.J. sonrió abiertamente mostrando bajo la tenue luz de la luna los alargados colmillos que se asomaban entre sus labios. 
Había elegido bien, aquella mujercita iba a ser suya.
Muchos dirían que no se podía jugar con la comida, pero ¿qué gracia tenía el no poder hacerlo si lo que más le excitaba era el momento exacto en que su presa caía rendida a él?
Ignorando el pulsante dolor en los huevos, J.J se levantó y la atrapó entre sus brazos. 
—Si quieres jugar duro preciosa, jugaremos. No me atrae la idea que me aten, pero atarte…—paseó la mirada por su cuerpo, deteniéndose unos segundos en sus redondeados pechos—…atar tus deliciosos pechos, tus muñecas…mmm la sola idea me excita.
Anabella tembló. De miedo, de repulsión hacia sí misma, de… ¿placer? No le excitaba la idea de ser atada, nunca lo había experimentado y la verdad es que no le atraía nada, pero el tono de su voz, grave, hipnótica, como una caricia candente que torturó su cuerpo y su mente. No podía excitarse por aquel extraño, bien es cierto que llevaba meses, bueno…más que meses sin acostarse con un hombre y ya estaba cansada de su Príncipe de pilas que sí le producía un orgasmo pero que la dejaba fría por la falta de calor, del abrazo que ansiaba tras sacudirse y romperse por el placer. 
¡Ni hablar! Se gritó a si misma, negando con rabia el deseo que le recorría como un frío veneno el cuerpo. No podía excitarse por aquel hombre, por un extraño que se había colado en su casa con vete tu a saber que intenciones y que ahora le estaba hablando de atarla. ¿Qué venía después? Amordazarla, dejar caer cera sobre su cuerpo, azotes con un látigo…
Tembló por dentro ante las imágenes que pasaron velozmente por la mente, se veía en…diferentes posturas, con una mordaza en forma de bola roja en la boca, con marcas de azotes por el cuerpo, con gotitas de cera por el cuerpo, con….
—¡No!—gritó sin darse cuenta que lo había dicho en alto. No quería aquel tipo de relación, no le atraía la idea de que la quemasen con cera, ni siquiera había permitido a sus anteriores relaciones, porque no iba a llamarles pareja a esos desgraciados picha flojas, unos azocitos en el culo. 
J.J. la miró con curiosidad, contemplando los cambios que mostró la joven en su expresivo rostro, desde la ensoñación, la sorpresa, hasta la rabia. Era una caja de sorpresa que mostraba todo sin poder ocultarlo, que le atraía por la suave inocencia que destilaba y la tensión sexual que se percibía en su mirada, en su cruda necesidad.  
—¿No qué?—preguntó a su vez, movido por la curiosidad. 
Al escuchar la grave voz del hombre Anabelle dejó de fantasear con escenas sórdidas de lo que ella entendía que eran las prácticas BDSM o como muchos la llamaban aquellas que jugaban con el dolor a yo te doy y te sometes, y se centró en la realidad. Que estaba a un palmo de un hombre que tenía claras intenciones de someterla sexualmente para luego…
—Si pretendes encontrar algo de valor en mi ático, te has equivocado de puerta nene. No tengo nada de valor—si no cuento mi gran colección de novela romántica, o mi amado portátil, o mi kindle nuevo que me llegó hace nada o mi….Coño, no sigas haciendo una lista, céntrate que estás ante un amago de ladrón de tres al cuarto
Éste le sonrió, como si no fuera con él la cosa. Se contuvo de darle un sopapo que le borrase aquella sarcástica sonrisa, que la estaba poniendo nerviosa, y no solo por el miedo a qué podía esperar de él. Su cuerpo le estaba traicionando y se estaba revelando hasta el extremo de sentirse húmeda y todo por el tono de su voz.
Estoy loca. Bueno, loca no, necesitada. 
—Sí que tienes algo de valor—dio un paso hacia delante. La mujer retrocedió dos—. ¿No quieres preguntarme qué es lo que tienes de valor que consigue enloquecerme?
Bum. Bum. Bum. El corazón le bombeaba con furiosa necesidad contra el pecho, a un ritmo que igualaba a su agitada respiración. No quería preguntarle nada. No quería saber su respuesta, pues si era la que temía (de algo le servía ser escritora y ávida lectora de romántica para intuir que el muy casanova le iba a soltar algo acerca de ella, o bien sus pronunciados pechos, sus labios o vete tu a saber que) no quería enfrentarse con la reacción de su traicionero cuerpo (después de todo, no todos los días se te presenta un maromo con aspecto de modelo de ropa interior, voz de ángel caído y un magnetismo animal que te llamaba con su sola presencia a aullar con él bajo la luz de la luna). 
Ya es mía. Pensó J.J. al oler su excitación, una fragancia dulce y picante que le hacía la boca agua. Ya no puedo esperar más para cenármela, voy a follarla hasta que pierda el sentido por el placer, hasta que grite mi nombre y... 
 —No.
J.J. parpadeó. Debía haber escuchado mal.
—¿Perdón?
Anabelle se cruzó de brazos repasando mentalmente lo que debía hacer. 

Primero: dejar de jadear como una perra en celo por culpa de su falta de sexo.
Segundo: desconectar la mente cada vez que el muy desgraciado le hablaba con esa hipnótica voz.
Tercero: golpearle donde más le duele a un hombre y correr hacia el interior de su ático.
Cuarto (y esperaba llegar al cuarto): Encerrarse en su cuarto, y luego coger el teléfono, marcar el número de emergencias y hablar con la policía desde el baño, agarrando con fuerza el teléfono con una mano y unas tijeras que siempre tenía en el botiquín del cuarto de baño, en la otra. 

Pero primero…
—Lo que has oído nene, no quiero saber nada de ti, ni de tus paranoias mentales. Así que ya puedes largarte por las buenas—adoptó una postura defensiva que aprendías en las primeras clases de Taekwondo y le miró con decisión a los ojos. No era una mujer indefensa, podía tumbar a un hombre con una sola mano y si se le ocurría acercase de nuevo a ella lo haría, le tumbaría sin miramientos—, o por las malas. Como tú prefieras. 
 Que no sea por las malas, que no sea por las malas. 
—¿Has bebido?
Anabelle se sorprendió ante esa pregunta. ¿Qué si había bebido? 
—¿Y tú te olvidaste la medicación que te prescribió el psiquiatra? Ya sabes, la pastillita azul que no podías olvidarte no es para alegrarte la vida si no para que te aleje de la locura. 
—¿Pastilla azul? ¿Te estás refiriendo a la viagra?—J.J. estaba a un paso de echarse a reír. Aquella mujercita le estaba sorprendiendo mucho, era una caja de sorpresas agradables. Con cada palabra que intentaba lanzarle como un arma le estaba excitando cada vez más. A él no le gustaban sumisas, las quería peleonas, que le mostrasen que merecían ser sus cenas especiales—. No te preocupes cielo, no tengo necesidad de pastillas para complacerte. Esta noche alcanzarás la gloria varias veces por…
Otra vez.
Otra vez en el suelo, sin aire y con un dolor horrible de huevos.
—Maldito loco, no quiero nada tuyo—gritó Anabelle antes de cumplir los tres primeros puntos de su corta lista.
La puerta de la terraza crujió cuando la abrió del todo, llegando a hacer temblar los cristales. Corrió sin mirar atrás hacia su cuarto, cerrando la puerta con nerviosismo. Le temblaban las manos, le sudaban y parecía que le iban a fallar pero pudo cerrar la puerta girando la llave sin problema. 
—El teléfono, ¿dónde está el teléfono?—se giró murmurando con nerviosismo.
—Aquí lo tienes cielo.
  



..... Próximamente... más.....



2 comentarios:

  1. jajajajajaja muy buena neni, como siempre, deseados erguir como sigue ;)

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    1. Muchísimas gracias Leila!!!!!! Espero sorprenderte con los siguientes capis ;) jejejeje prometo que será hot hot....

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