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Novedades de la semana


Tengo un poco dejado de lado el blog, soy más activa con las entradas en el Facebook, sobre todo con las entradas de cómo van las ventas de mis novelas tanto en Casa del Libro como en Amazon, subiendo pequeños extractos también y comentarios de las lectoras, pero intentaré por todos los medios poner más al día el blog, y a ver si termino un relatín de regalo para el blog jejejejeje

Gracias a todas por pasaros y por comentar mis novelas, por interesaros por las segundas partes, por darme tiempo para escribirlas y animarme como nadie para continuar con mi sueño.

Gracias a todas chicas, sois las mejores!!!!!!!

Os quiero mostrar que mis novelas Belleza Oscura y Corazón oscuro están en la segunda página de los más vendidos en Casa del Libro, manteniéndose ahí con uñas y dientes, sorprendiéndome con las ventas que tengo de estas dos novelas, y deseando que mis otras novelas lleguen también a más personas!!!!







Y como no podía ser de otra manera, Seth me está dando muchísimas sorpresas inesperadas, tanto por las lectoras que me contactan a través del facebook diciéndome que les encantó y que no tarde con la segunda y última parte de la historia, si no por las cifras de ventas (más de 150 en amazon.es en casi un mes de venta), y por mantenerse entre los primeros 15 puestos de los más vendidos en la sección Erótica de amazon.es!!!!!!!!!


Gracias a todas por darle una oportunidad a la momia cachonda!!!

Seth os lo agradece mucho, y yo muchísimo más!!!!!









Y de regalo os quiero dejar el Capítulo uno y el dos de Recuerdos del pasado, una novela que estoy ampliando y corrigiendo y que me está sorprendiendo mucho, ya veré que hacer con ella cuando la termine (cruzo los dedos para que sea pronto que erre que erre que mira que tardo con tantos proyectos en mente a la vez)


RECUERDOS DEL PASADO



Capítulo uno


Ashland, Noviembre 2009


Keira Bradley miró una vez más la vieja casa en la que se había criado. El zumbido del coche resonaba en sus oídos acallando los ecos del pasado. A pesar de la oscuridad de la noche, podía ver la silueta de la casa, una vieja estructura que guardaba secretos que había esperado no volver a revivir nunca más. Pero allí estaba, plantada en su coche de segunda mano, con las pocas pertenencias que pudo recuperar, a unos metros de aquel lugar al que juró no regresar. 
Patética. Resonó una y otra vez aquella palabra en su mente, mientras apretaba con fuerza el volante hasta que sus nudillos quedaron blancos. Era tan patética, por regresar, por refugiarse en el Infierno para escapar del demonio. 
Pero no tenía otra salida. No le quedaba otra salida.
Estaba sola y desesperada, y después de sopesar sus posibilidades había tenido que tomar la difícil decisión de regresar a su pueblo natal, a aquel rincón de Tennessee.
La tenue luz de la luz proyectaba sombras extrañas sobre la casa, desdibujando aquel viejo lugar. No pudo evitar recordar cómo fue en antaño cuando su madre aún vivía, llena de luz, de vida, de alegría…
—Debo quedarme con esos recuerdos —susurró en voz baja, tomando aire y reuniendo el valor necesario para abrir la puerta de su coche y avanzar los metros que la separaban hasta la casa. No podía quedarse más tiempo sentada temiendo el pasado. Ahora era una mujer adulta de 34 años que podía enfrentarse a sus temores, que había tomado el rumbo de su vida—. Ya es hora de que viva mi vida —se dijo antes de abrir la puerta del coche y salir al frío de la noche. 
Con movimientos rígidos cogió las dos maletas que guardaba en el maletero y puso rumbo a la casa. Con cada paso se ponía tensa, latiéndole el corazón con furia contra el pecho. Con cada paso su mente gritaba de terror, pero no podía dar marcha atrás, no podía retroceder ante sus recuerdos, era una mujer adulta que comenzaría una nueva vida en el pueblo que la vio crecer y nada ni nadie iba a impedírselo.
Keira se estremeció al llegar la puerta.
—Ya no hay marcha atrás —murmuró antes de abrir y entrar. 
Dejó caer las maletas cuando la puerta se cerró tras ella. Se levantó una fina capa de polvo que ignoró, su mirada estaba clavada en las escaleras de caracol. Clavó las uñas en las manos diciéndose una y otra vez por dentro que ya no era una niña indefensa, que era una mujer adulta y que podía enfrentarse a aquello, a esa casa pues no era más que cuatro paredes con necesidad de una buena capa de pintura y algún que otro arreglo. 
Los primeros pasos fueron los más difíciles, aquel hall le traía muy malos recuerdos, sombras de su pasado que le estrujaban el corazón y le anegaban los ojos de lágrimas no derramadas, pero una vez que se puso en marcha avanzó con sus maletas hasta el salón, tomando el camino de la derecha. No se atrevía a dormir en el piso de arriba, no iba a pisar aquella planta hasta que el sol no inundara el horizonte y pudiese ver aquel lugar sin las sombras de los fantasmas revoloteando a su alrededor, resonando en su cabeza.
Estaba irreconocible. El salón no estaba como recordaba, tan sólo quedaba el sofá y una mesa baja de madera con marcas del tiempo sobre la superficie. Ni rastro de las suaves cortinas, ni de los mullidos cojines a juego, de las esponjosas alfombras, ni de…
—Eso ya no importa —susurró en el silencio de la noche. Ya nada de eso importaba. Era un buen lugar para pasar la primera noche de su nueva vida. Cuando el sol saliese, los fantasmas se alejarían.
Con una suave y casi imperceptible sonrisa en sus labios, Keira se durmió, acompañada con sus dos maletas a los pies del sofá, consolándose con sus brazos acariciando con sus frías manos el abrigo de lana sintética que vestía. El frío se colaba por cada grieta que encontraba en aquella vieja estructura, el olor a moho y suciedad recubría cada rincón del lugar, aún así… Acabó durmiéndose, penetrando de manera precipitada en el mundo onírico. 
Estaba agotada.
Física, mentalmente. 
Cansada de huir.
De…
Vivir mirando por encima del hombro.
Ya no  más. Murmuró para sus adentros antes de caer rendida. 




Capítulo dos


—¿Hay alguien ahí?
Una voz profunda y grave la despertó. 
Sobresaltada Keira se incorporó del sofá, quedando sentada. Le dolía el cuello y estaba muerta de frío pero el miedo a que alguien más estuviese en la casa acallaba todo lo demás.
—Salga de una vez, sabemos que está en la casa.
No podía ser verdad. 
Aquella voz…Aquel tono orgulloso, con un deje de acento sureño que alargaba las últimas vocales de las palabras.
—¿Allan? —dijo en voz alta sin percatarse de haberlo echo. 
Se escuchó unos pasos apresurados hasta la entrada del salón. Cuando le vio entrar el corazón se le detuvo un instante y sintió el deseo de que el mundo se la tragara, que la tierra se abriera en dos y la engullera para siempre.
—¿Keira? ¿Eres tú? —preguntó el hombre bajando el arma que llevaba entre sus manos, apuntando al suelo. Aquel día había comenzado con llamada a primera hora de la mañana indicándole que alguien había entrado en la vieja casa de los Bradley, un caserón que llevaba abandonado más de diez años, situado a las afueras del pueblo. Como agente de policía su deber era personarse y verificar que nadie había entrado, tal y como esperaba, pues recibían varias veces a la semana llamadas de alarmas falsas. Pero en cuanto llegó a la finca y vio un coche parado a unos metros de la casa, desenfundó el arma y se preparó para encontrarse con…. Observó con sorpresa e incredulidad a la mujer que estaba a unos metros de él. Una mujer que podía reconocer aún después de tanto tiempo—¿Keira? 
—¿Allan? —repitió de nuevo pasando una mano por el cabello, un gesto que hacía cuando estaba nerviosa. No esperaba encontrarse con aquel hombre, rezaba que no viviese aún en el pueblo. Pero parecía que todo lo que esperaba no se iba a cumplir, que sus deseos caían en saco roto. Incómoda por el tenso silencio que siguió a sus palabras y por la intensa mirada que le dirigía, dijo—. ¿Qué haces aquí? —le echó un vistazo rápido. Vestía unos desgastados vaqueros, con botas marrón oscuro y una cazadora de cuero negro que le cubría hasta el cuello. Se tensó visiblemente al ver el arma, al percibir el brillo metálico de la pistola que llevaba en sus manos —. ¿Armado? 
Al ver el miedo reflejado en los ojos de ella, Allan salió de la burbuja en la que se lanzó al verla sentada en aquel viejo lugar. Keira era la misma pero a su vez había cambiado. Tras dieciocho años sin verla podía reconocer a la niña que había conocido, la que le había seguido por los pasillos del instituto desde lejos, como muchas jovencitas que admiraban sin llegar a conocer al jugador estrella del equipo de fútbol americano. Pero al mismo tiempo tras esos oscuros ojos había una desconocida que le temía, que parecía a punto de salir corriendo. 
Con movimientos deliberadamente lentos, guardó el arma en su funda y cruzó los brazos sobre el pecho. 
—Lo mismo podría preguntarte Keira, ¿qué haces aquí? —miró a su alrededor, la fina capa de polvo cubría cada rincón del salón y sólo se percibía las pisadas de ella desde la puerta de entrada donde estaba en ese instante él, hasta el sofá. Su mirada se detuvo unos segundos sobre las dos raídas maletas, antes de preguntarle, aventurándose a conjeturar—. ¿Sola?
Keira apretó los puños con fuerza al percibir la nota de condena en el tono de su voz. No quería su lástima, ni enfrentarse al reproche que podía leer en sus ojos. Era una mujer adulta que podía hacer lo que quisiese, que por fin había conseguido liberarse de la opresión masculina y que…
—Por si no lo recuerdas, esta es la casa de mi familia, puedo estar aquí y nadie me lo puede impedir.
Allan se sorprendió ante el tono beligerante de ella, y sobre todo por sus palabras. Por lo que significaba aquello. Que tras tanto tiempo lejos del pueblo regresara abruptamente y de una manera tan silenciosa, sin alardes de mostrarse a sus antiguos vecinos o amistades del pasado. Y sobre todo, después de lo que había presenciado hacía dieciocho años no esperaba volver a verla si era sincero consigo mismo, y menos en aquel lugar. 
—¿A que has venido Keira? ¿Cómo has podido regresar a este…?
Se maldijo por dentro al ver el dolor brillar en sus intensos ojos castaños. Era un maldito imbécil que tenía que morderse la lengua. Como agente de policía de la Unidad de Violencia doméstica, había jurado proteger y servir a los habitantes de Ashland. Durante quince años había luchado para cumplir su juramento, cambiando el uniforme del equipo de fútbol americano en la que pudo optar a convertirse en jugador profesional para convertirse en agente de policía. Un cambio que esperaba que calmara sus remordimientos, pero que aún no había conseguido acallar los gritos y gemidos de dolor que resonaban en su mente cada noche cuando cerraba los ojos. 
—A primera hora hemos recibido una llamada que nos informaba que habían ocupado esta propiedad —Keira asintió. Aquel pueblo era pequeño y todo el mundo se conocía, alguien debió ver su coche aparcado frente a la casa y llamar a la autoridad para que acudiera.
—Pues ya ves que no soy un ocupa, así que ya puedes irte.
Por mucho que se esperaba no ser recibido de buena manera, le sorprendía aquella faceta de Keira. Por lo que podía ver ya no era la adolescente callada y de mirada asustada que conoció. Era una mujer que le intrigaba y le sorprendía por la entereza que mostraba, aún estando sola en aquel lugar. Porque de algo sí estaba seguro. Había regresado sola. Aquellas dos desgastadas maletas le indicaba que no estaba acompañada y que muy posiblemente, por todo lo que había visto durante sus años como agente, que había huido del lugar en el que residía. No quería conjeturar sin tener más pruebas, pero en cuanto llegara a la comisaría, comprobaría si Keira tenía antecedentes a través de la matrícula del coche aparcado fuera. Dieciocho años cambiaba mucho a la gente, durante dieciocho años podían pasar muchas cosas, y por desgracia, por su experiencia sabía que muchas de ellas podían marcar con fuego para el resto de su vida. 
—No deberías quedarte aquí, esta casa es…
—Sólo necesita un poco de pintura y ya está habitable —le interrumpió Keira. No quería reconocer que no tenía a donde ir, era aquella casa de los horrores o dormir en el coche. El pasado del que una vez huyó sin mirar atrás, la había alcanzado y se había convertido en su única salida. Era cierto que los errores en la vida se pagaban y ella no dejaba de hacerlo, una y otra vez. 
Allan Kramer alzó una ceja, sorprendido. La miró con curiosidad, deteniéndose en su redondeada cara, en la que predominaban sus hermosos ojos oscuros y sus sensuales y sonrosados labios llenos de carne. Siguió hacia abajo, deteniéndose en su pecho, a pesar de vestir un desgastado abrigo grisáceo podía percibir que era una mujer de curvas generosas, y por suerte o por desgracia, aquel tipo de mujer, con carnes en el cuerpo a las que poder acariciar y agarrarse, era lo que le volvía loco.
Esta mujer está vetada para ti. Se dijo, obligándose a mirarla a los ojos, dejando de lado la atracción que sintió al imaginar lo que ocultaba con tanta ropa. Ella está prohibida, no podría…
—Si ya has acabado de analizarme, como has podido comprobar estoy de una pieza, y te agradecería que te largaras de mi casa. 
Esta vez si que sentía ganas de acercarse a ella, levantarla de aquel sucio sofá y agarrarla con fuerza para…
¿Para qué joder? No puedes desearla. Keira no es para ti.
A sus 37 años estaba harto de ir de cama en cama, probando las mieles de las mujeres que caían rendidas a sus pies. No creía que llegaría el día en que se cansara de aquella vida, de levantarse del lecho una vez que gozó de la mujer, alejándose de las implicaciones de tener una segunda cita. 
Si alguien le dijese años atrás que lo que buscaba era una buena mujer, de carácter amable y sencilla con la que formar una familia, se habría reído en su cara. Pero así era. Quería tener familia. Un hogar al que regresar, una calidez que le acompañara cada día. 
—¿Allan? ¿A qué esperas para irte? Como bien me has indicado tengo cosas que hacer —como pensar de qué voy a vivir, o cómo voy a ganar dinero. Tengo que conseguir un empleo, eso es lo principal. 
—Si estás dispuesta a quedarte a pesar de…todo. No dudes en llamarme, Keira. 
Sí, a no ser que te haga señales de humo es imposible que te llame, no tengo teléfono. Pero eso era algo que no le iba a confesar. Quería que se fuera, alejar al hombre que fue dueño de sus sueños adolescentes. Era ridículo estar nerviosa ante un hombre que la recordaba por ser la friki del instituto, por ser la que le seguía desde las sombras admirándole desde lejos. Le sorprendió mucho ver que sabía su nombre, que la había reconocido después de tanto tiempo. Había probado con terapia. Una terapia que fracasó y no pudo alejar los fantasmas que la acosaban, los sueños que se volvían pesadillas que la asfixiaban cada noche cuando cerraba los ojos. Estaba nerviosa, y se avergonzaba por estarlo. No quería seguir enfrentando su penetrante mirada, ni recordar con dolor la ilusión y el enamoramiento que sintió por él. Un enamoramiento que quedaba sepultado por el dolor que revivía cada noche. 
—No te preocupes Allan, así lo haré —le dijo finalmente aunque no estaba dispuesta a cumplir con su palabra. No quería volver a verle. Volver a sentir aquel resquicio de ilusión que enseguida se teñía de dolor. 
Sabía que estaba rota y que con ayuda podía recomponerse, pero había muchos puntos de su pasado, que no quería comentar en alto, a nadie, era incapaz de hacerlo, ahogándose con las lágrimas sin derramar que se agolpaban en su garganta cuando lo intentaba. 
Se había ido del pueblo una noche lluviosa hacía mucho tiempo, demasiado y sin embargo estaba siempre en su mente. 
El pasado siempre la acompañaba. 
No se sentía preparada para relacionarse con nadie, para enfrentarse cara a cara con sus recuerdos. Sólo quería instalarse, hacer de aquel infierno un refugio en el que poder habitar y encontrar un trabajo para poder mantenerse.
Esas serían las pautas a cumplir para su nueva vida.


Tenía muchas preguntas que hacerle, pero aquel no era el momento. Podía percibir la tensión en su curvilíneo cuerpo, y la furia defensiva con la que se dirigía hacia él. Por mucho que quisiese averiguar acerca de los motivos que la llevó a regresar a aquel lugar, no era el momento. No le diría nada. 
Lo mejor sería regresar a la comisaría e investigar la matrícula que había anotado antes de entrar. 
Sin decir palabra, Allan dio media vuelta y deshizo los pasos, saliendo de la casa en silencio. 
Estaba sorprendido. No. Aquella no era la palabra que buscaba. Estaba…consternado por el deseo que había paladeado por unos segundos hacia aquella mujer.
Llevo mucho tiempo sin dormir con una mujer. Se excusó por dentro, buscando desesperadamente una explicación ante el descontrol que sintió sobre su cuerpo.
Se sentía…a punto de ser condenado. 
Keira Bradley era una constante en su vida, una losa que le pesaba sobre el corazón. 
Una joven que le había cambiado la vida.
Por ella me convertí en agente de policía.
Por ella…
Lo había dejado todo. 


No se levantó del sofá hasta que escuchó como se cerró la puerta principal. 
Tendría que preguntarle cómo había conseguido abrir la puerta, entrar de aquella manera tan sigilosa en la propiedad. No quería tener más sorpresas como aquella. 
—O puedo cambiar la cerradura para evitarme problemas —anotó en alto, estirando los brazos por encima de la cabeza, escuchando como le crujía la espalda. Estaba dolorida, agotada, y por mucho que le doliese estar de nuevo en aquella casa, se sentía ilusionada. 
Ilusionada por el nuevo camino que estaba tomando, por haber sido capaz de plantar cara a su ex y alejarse de la cárcel de oro en que se había convertido su vida desde que le conoció.
—Será mejor que me ponga a hacer algo antes de salir a comprar la cerradura nueva —tenía que mantenerse entretenida, borrar el olor masculino que aún se percibía en el ambiente, intentar limpiar aquel lugar para convertirlo en un refugio aceptable en el que morar por mucho que los fantasmas del pasado quisiesen aparecerse ante ella.
Tenía mucho trabajo por delante, y por primera vez en mucho tiempo se sintió exultante.
Rodeada de polvo, de suciedad acumulada por los años, con tan sólo dos maletas llenas de ropas desgastadas a los pies del sofá, y vestida con su único abrigo para el invierno, Keira Bradley estaba feliz. 
Sonriendo abiertamente se encaminó hasta la cocina, esperando encontrar algo con el que empezar a limpiar aquel lugar. 
Se detuvo unos segundos en un cuadro realizado a punto de cruz por su madre que sobrevivió al ataque de furia de su padre después de su muerte. Siempre le había gustado aquel cuadro en el que se veía un ave fénix con las alas extendidas. Una imagen que le acompañó muchas veces en su vida, recordándole que siempre se podía levantar de las cenizas, que por mucho que la vida te jodiese podías recuperarte si luchabas con fuerza.
Y ella lo había echo.
—Soy una luchadora, soy fuerte, yo valgo mucho —murmuró varias veces contemplando fijamente el cuadro —….Valgo mucho —murmuró por última vez antes de cerrar los ojos, respirar hondamente buscando tranquilizar el corazón. Quería grabar aquellas simples palabras dentro de ella, antes de ir a la cocina en busca de escoba, recogedor y si llegaba a encontrar un cubo con fregona para comenzar a limpiar —.Valgo mucho y no importa lo que te digan, merezco ser feliz.
Con pasos decisivos se acercó a la cocina. Conocía aquella casa. La tenía grabada en su memoria, era parte de su pasado, y ahora sería parte de su futuro.
Porque se refugiaría ahí hasta que tuviese un trabajo estable, hasta que pudiese encontrar alguien a quien venderle aquella casa.
Quería empezar de cero y lo iba a conseguir.
Como el ave fénix, se había levantado dos veces de las cenizas y ahora, por primera vez en mucho tiempo era capaz de estirar las alas para volar.




Más..... cuando salga a la venta.....(género: contemporánea)



Ahora sí, pasad una buena semana, y espero comentarios!!!! jejejejejeje

Muchos saludos a todas!!!!!!!


Comentarios

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