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En el gimnasio - Ursula Brennan


Sí, estoy hasta arriba de Frenadol, con un trancazo de campeonato pero no puedo dejar de hacer cosas, además de leer una novela que tenía pendiente y que quiero reseñar, ponerme al día con los foros y el face, en medio de mi sesión diaria de "cachito de Sálvame" se me ha ocurrido una nueva historia homoerótica, será un relato corto que espero que no pase de las 120 páginas, que me conozco y enseguida se me van de las manos los personajes y hacen lo que quieren.

Os quiero dejar un cachito de la historia En el gimnasio. Avisaros que es una historia HOMBRE/HOMBRE, es decir homoerótica, un género que me encanta y que me gustaría poder escribir más (aunque no sea comercial, ni la acepten las editoriales)

Sin más, le quiero dedicar este cachito a Vikinga, quien siempre ha estado a mi lado, quien tiene una paciencia infinita y me anima con sus palabras. Muchas gracias guapa!!!!!!


EN EL GIMNASIO



URSULA BRENNAN




Llevaba dos meses acudiendo todos los  martes y jueves a ese gimnasio. Era una rutina que se había impuesto, no porque le hiciese falta físicamente, pues estaba a gusto con su aspecto, si  no porque comenzaba a sentirse viejo. Sí, viejo y eso que tenía sólo 40 años, pero ya le comenzaba a pesar cada uno de las primaveras que había celebrado en su vida.

Con una ex que le intentó joder la vida quedándose con todo, intentos fallidos por ser padre, decepciones laborales y aventuras fugaces extramatrimoniales en busca de ese algo que le faltaba y no encontró por ningún medio, Mario Casais ya aceptaba que lo que le pesaban eran los años. 

Por ese motivo y tras mucho escuchar a sus compañeros de trabajo que gracias al gimnasio ligaban más, se unió al más cercano a su casa, y se impuso acudir dos veces por semana, a las ocho y media de la tarde.

Durante una hora trabajaba en diferentes máquinas, tanto en la cinta, como en la bicicleta estática y los últimos minutos en la sección de pesas, en la que se sentía perdido y no tenía ni idea de qué hacer con tanta maquinaria que parecían sacadas de películas de ciencia ficción. Una hora de intenso ejercicio para acabar arrastrándose hacia los vestuarios, darse una ducha rápida y salir pitando para casa.

Confiésalo, Mario. Te vas pitando a caso para tocarte. Masculló para sus adentros de mala gana. Porque desde hacia dos meses había comenzado a desarrollar una malsana adicción, masturbarse cuando llegaba a casa del gimnasio, aliviándose de la dura presión que le ejercía la polla contra el pantalón de deporte, antes de darse una relajante ducha y tirarse al sofá de su salón, maldiciéndose en varios idiomas.

—Soy un puto degenerado—dijo sentándose en el sofá después de una buena corrida y una caliente ducha—. Esto no puede ser sano —tampoco lo es no vaciar los huevos, tío. Hacía tiempo que no te ponías duro como un adolescente. 

Vale. Definitivamente. Ya se había vuelto loco. Ahora se respondía a sí  mismo y todo.

Pero lo que su calenturienta mente le recriminaba, era cierto. Su matrimonio fue a pique por falta de pasión. El que no la follara más que una vez por semana pasó a la falta de respeto, los insultos subidos de tono y los cuernos por ambas partes. Al final el juez fue tajante, debían sentirse aliviados de no tener hijos a su cargo, unos niños que habrían sido las verdaderas víctimas de un matrimonio que desde el inicio estaba destinado al fracaso.

Ella se enamoró de un imposible, de un hombre que se formó en su mente y al cual intentaba cambiar, y él…, reconociéndolo, nunca la había amado, pero estaba en la edad de casarse y formar familia, de iniciar una nueva etapa en su vida.

Ahora se arrepentía. No debía haberse casado, ni siquiera irse a vivir con esa lagarta que pretendió quedarse con su casa, herencia de su abuela, y si por ella fuese, quedarse hasta con sus calzoncillos con tal de arruinarle la vida.

—Ya basta de pensar en gilipolleces. No me van a llevar a ninguna parte —y que cierto era, de nada le valía pensar en los cinco años que había perdido en un matrimonio sin química, en la que sintió que le habían atado por los huevos y todo por que se dejó llevar por lo que se suponía que debía hacer al haber alcanzado los 35 años. 

Su madre había dejado de insistirle en que lo que debía hacer para ser feliz era buscarse una buena chica que le cuidara y le amara como una madre – y fuese una zorra en la cama —pensaba cada vez que su madre le soltaba el discurso de “se lo que es lo mejor para ti” cada vez que la invitaba a comer a un buen restaurante. Al fin, había comprendido que no lo sabía todo acerca de su hijo y que el matrimonio no era lo que le haría feliz. Definitivamente, no.

Ahora lo que le iba era, machacarse una hora en el gimnasio para luego cascársela en casa. Que patética era su vida, que no quería reconocer que cuando salía del gimnasio, e iba rumbo a su coche en los garajes del centro en el que acudía, la dura erección que se percibía a simple vista era por culpa de un culito en especial.
Un culito que le estaba volviendo loco. Que comenzó acosándole en sueños, para luego hacerle jadear cada vez que llegaba a casa con la polla dura y necesitada. 

No tardaba en correrse cuando se tocaba violentamente en el plato de ducha, bajo el chorro del agua caliente. Unas cuantas sacudidas a su gran polla y disfrutaba de la corrida del siglo, dejándole tembloroso y jadeante, y…sintiéndose mal consigo mismo cuando el subidón por el orgasmo se largaba y se topaba de cara con la dura realidad.

Que era un puto amargado de 40 años, con un cuerpo que muchos en el gimnasio le tachaban de cuerpo escombro, con unas cuantas canas de más en sus oscuros cabellos, un historial amoroso que conducía al desastre psicológico y….que se la cascaba dos veces por semana porque se excitaba al ver entrenar a un hombre.

—Puta vida, y mierda de…—¿Polla? ¿Ahora iba a culpar a su polla por mostrarse tal y como siempre se quiso mostrar?

Siempre había follado con mujeres, por supuesto que había disfrutado, ¡si hasta se había casado con una! Por eso le sorprendía sentirse atraído sexualmente por un hombre, soñar con su culo, con apretarlo entre sus manos mientras le daba duro, aplastarlo contra la pared y follarle hasta que el mundo explotara a su alrededor. 

—Lo que estoy es obsesionado con un culo.

Simplemente. Lástima que ese culo iba acompañado de una polla, de unos bíceps y tríceps y más músculos con nombres indescifrables que le golpeaban en la cara con la palabra “maricón”.

Porque eso es lo que le hacía parecer el desear follarse a un hombre. Un puto maricón que se había desviado de lo que era su vida.

¿O tal vez encontraste tu destino, no crees?

—Tu calla —se gritó a si mismo. Aquella voz no era su parte racional era su deseo que clamaba porque le hiciese caso, por probar ese culito que le estaba volviendo loco, que había provocado que su vida se fuera a la mierda. Que ya no comprendiese quien era, que era o que se esperaba que fuese.

Estaba perdido, cansado y cada vez iba a peor.

Si antes le acosaba en sueños, luego la necesidad se hizo tan fuerte como para cascársela dos veces a nombre de un hombre que ni sabía su nombre, ahora comenzaba a joderle la vida diaria, deseando lo que no debía desear.

Cuando despertaba lo veía en su mente. Ese moreno con culo prieto, con esos brazos como barras de hierro, ese pecho duro como la piedra, esos ojos castaños como la miel, esa piel canela que era pura tentación.

—¡Mierda! —masculló en alto al tiempo en que se levantaba del sofá, dejaba de lado el mando y se iba a la cocina. Abrió la nevera y buscó una cerveza bien fría. Cuando la terminó, decidió buscar una segunda, al ver que los pensamientos seguían el mismo camino. Follar con un hombre, que sólo veía dos veces por semana y que si no hacía algo para evitarlo le iban a echar a patadas por violarle con los ojos.

Una parte dentro de él le gritaba que dejara de acudir al gimnasio, que se alejara cuanto pudiese de la tentación que le suponía aquel hombre, pero…era… ¡Coño, que no podía! Que cuando llegaba el martes o el jueves sentía la irremediable necesidad de acudir al gimnasio para “ejercitarse en la cinta y bicicleta” y de paso recrearse la vista. 

Era un masoca, un puto masoca que disfrutaba de su situación, que se encerraba en casa para cascársela en soledad.

¿Y cuál era su otra opción? ¿Declararse como una colegiala hormonalmente alterada? No, gracias. No quería terminar con la cabeza abierta por culpa de la mancuerda que le lanzaría el otro a la cara. 

¿Cómo cojones le va a decir que se muere por clavarle contra el colchón? ¿Qué quiere desgarrarle hasta que pierda el sentido? ¿Qué sólo piensa en follarlo prácticamente las 24 horas del día?

No, no es algo que se le puede decir a la cara a un hombre, y menos cuando quien lo piensa es otro hombre. Seamos claros, por mucho que la sociedad haya avanzado las bromas en los vestuarios de “no me agacho que se ha caído el jabón” o “ese cabrón tiene más pluma que la gallina caponata”, estaban a la orden del día. 

No quería acabar con una ceja rota, unos cuantos huesos inservibles, el cuerpo dolorido y... ¿el corazón roto? No, hasta ese extremo no, pero su orgullo masculino se que se quebraría en miles de pedazos en cuanto el otro se partiese el culo a su costa. Se le riese a la cara, burlándose de su “confesión” y tachándolo de lo que era, un madurito maricón, que ha vivido toda su vida oculta, y que no se le ocurre otra cosa que “salir del armario” con 40 años, un matrimonio fracasado, una madre neurótica que quiere a toda costa que se case con una “buena mujer” y un trabajo que le largarían a la calle si va soltando aceite por las oficinas.
¿Pero…?

—¿Qué coño hago? ¿No puedo seguir así? Me estoy torturando cada vez que voy al gimnasio, cada vez que me lo quedo mirando como un gilipollas babeante. No puedo seguir así….



¿Qué hará el pobre Mario?

Si todo va bien, cuando la termine la corrija a fondo, esta novela irá de cabeza a Amazon!!!!!

Ya os mantendré informados 




Comentarios

  1. "Cuando despertaba lo veía en su mente. Ese moreno con culo prieto, con esos brazos como barras de hierro, ese pecho duro como la piedra, esos ojos castaños como la miel, esa piel canela que era pura tentación".

    Me parece fascinante!!

    Pobre Mario, vivir frustrado tantos años. Ya espero por saber lo que pasa con ese morenazo que lo pone como loco XD

    Besos Sheyla, tan genial como siempre!!! ^^

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