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Capítulo 1. Una despedida de soltera inolvidable



UNA DESPEDIDA DE SOLTERA INOLVIDABLE





Sheyla Drymon






Capítulo 1



—No puedo beber más.
—Andrea coño, no seas muermo y tómate otra, que dentro de dos meses estarás atada.
Agarró el vaso que le tendió Lydia y lo olisqueó. Era Ron y Cola. Aquella no era su bebida favorita, pero después de seis…no, ocho copas, ya todo le sabía igual.
—No seas exagerada Lydia —removió la copa concentrándose en el oscuro líquido —. Que sólo me voy a casar —sin pensarlo dos veces, bebió de un buen trago.
—Es lo mismo Andrea. Te vas a atar a un maromo —que no te conviene, chica. Pero estás ciega. Pensó a su vez sin atreverse a decirlo en alto, pues no estaba segura cómo se lo tomaría Andrea si lo hiciese. Dudaba que antepusiese la amistad que tenían a su idílica futura vida de casada. Estaba segura que elegiría antes a Michael Bronx, a pesar que era el tipo de hombre que la haría feliz.
Andrea se terminó el contenido del vaso y soltó un suspiro. El ron le calentó por dentro y abrasó su garganta.
—No sé que tienes contra Michael, es un buen partido. Soy afortunada —pero no se me caen las bragas por él, eso lo tengo que reconocer.
Michael tenía un buen trabajo, se cuidaba acudiendo al gimnasio varias veces a la semana, era atento, siempre le sonreía, la trataba como una reina…
Pero no se te cae la braga por él… Escuchó de nuevo en su mente.
Le gustaba Michael, y estaba segura que con el paso del tiempo sería capaz de amarle, pero por mucho que le jodiese reconocerlo, no le deseaba. No sentía por él una pasión explosiva que le hiciese desear lanzarse a sus brazos para arrancarle la ropa. Pero una cosa era el deseo, sueños que no eran más que falsas ilusiones que desaparecían con el paso del tiempo, y otra muy distinta la realidad en la que primaba ser sensata.
Michael era el hombre que le convenía, aunque no fuese el que soñó.
No sabía porqué –bueno sí, porque era su prometida- se vio obligada a defenderle.
—El sexo no es lo más importante —ante la cara que puso Lydia, puntualizó —.Y con Michael no tengo problemas. Estoy satisfecha.
Lydia bufó en alto, dejando en el suelo su copa vacía.
—Ya, satisfecha con dos veces a la semana que se le levanta el ánimo a tu futuro marido.
Ya estaba comenzando a enfadarse. Había reunido a sus amigas para celebrar su despedida de soltera, no para que le echasen en cara su elección de marido y su penosa vida sexual.
—No sigas por ahí Lydia. Michael me hace feliz.
Ésta alzó las manos. No quería amargar a su amiga con lo que realmente pensaba del prometido de ésta, sino que quería que disfrutara de aquella escapada a Las Vegas.
—Tienes razón, Andrea. Esta noche tenemos que pasarlo bien —se volvió y miró a su alrededor. Estaba a la entrada del hotel en el que se alojaban. A unos pasos de ellas estaba el resto del grupo sacándose fotos ante una de esas estatuas que tanto atraían a los turistas —.¡Eh, chicas! La noche es joven. ¡Vámonos de aquí!
Como respuesta obtuvo un coro de chillidos, risas y aplausos, que le sacó una sonrisa, medio de vergüenza, medio de risa. Lo que hacía el alcohol cuando se consumía un poquito más de lo que debían. Bueno, un poquito mucho, que ya no se acordaba de cuantas botellas habían bebido.
Cuando todas se juntaron miraron a Andrea, ella era la única que vestía de blanco, las demás llevaban vestidos de colores chillones, desde el rojo hasta el naranja bucanero, con unas bandas que le cruzaban el pecho y en el que se leía: “mujeres cachondas en busca de diversión”.
—Tú dirás Andrea, ¿a dónde vamos ahora?
Esta dudó. No conocía la ciudad, apenas llevaban dos días en Las Vegas y no tenía ni idea de a donde ir. Cuando la convencieron hacia una semana, que debía celebrar su despedida de soltera en aquella ciudad – no tardaron mucho la verdad, porque no le apetecía nada celebrarlo en su Houston natal -, anotó en un papel, los lugares que le gustaría visitar. Lugares que tras dos días, no habían visitado, porque se habían pasado el día y la noche de juerga, bebiendo sin descontrol y bailando hasta el amanecer. Por suerte, no habían acabado como en esas películas que vieron y por las que decidieron que tenían que ir a Las Vegas, porque lo que sucede en Las Vegas, se quedaba en Las Vegas. 
—Podíamos…—dudó unos segundos, antes de tomar una decisión. En el estado en que estaban lo mejor era no seguir consumiendo alcohol, o ir a una sala de fiestas. Las llevaría a un lugar en el que se lo pasarían bien sin necesidad de ahogarse en el burbujeante sabor del champán, o el amargo sabor del whisky —…ir al túnel del terror, en el parque temático que os comenté que quería visitar cuando llegamos a la ciudad.
Las caras que mostraron las chicas fue memorable, con muecas de sorpresa e incredulidad.
Casi podía oír lo que pensaban.
¿Al túnel del terror?
¿De verdad? 
¿En una despedida de soltera?
¿Dónde quedaban entonces los boys?
—¿Pero estás segura Andrea? —ésta miró a Nayla, una de sus amigas de la infancia, con quien compartía cada pequeño detalle de su vida.
—Sí, Nayla, estoy segura.
—Pero…, ¿esta noche no tocaba los boys? 
Andrea se giró y respondió a Lydia, quien había preguntado en alto lo que todas pensaban.
—Prefiero ir al túnel del terror, estoy algo cansada para ir a los boys, mañana podemos ir al club “Toca todo lo que puedas” nada más terminar de cenar.
Al final, y tras protestar algo las chicas, accedieron a acompañarla al parque de atracciones donde entrarían al túnel del terror, una atracción que le encantaba a Andrea desde que era pequeña, visitando todas las que podía en las ciudades a las que acudía de vacaciones.



20 minutos más tarde



—No puede ser.
No podía creerlo.
Aunque estaba un poco borracha, esto no podía negarlo, o mucho, porque era incapaz de caminar en línea recta, lo que estaba viendo no era una ilusión, ni fruto de su opacada mente.
—¿Y ahora que hacemos? —preguntó Lydia en voz alta al ver el cartel de CERRADO a las puertas del parque de atracciones.
—No lo sé —reconoció Andrea. Esperaba encontrarlo abierto y poder pasar una noche divertida pasando miedo en las atracciones, saboreando la subida de adrenalina cuando veías como el suelo comenzaba a alejarse hasta alcanzar alturas de vértigo para luego emprender una bajada brutal que te dejaba un amargo sabor del miedo entremezclado por el dulce néctar de la diversión. 
Pero los dueños de aquel parque, le habían jodido los planes.
Nayla pasó a su lado y empujó hacia dentro, apoyando las manos en las viejas puertas de rejas. Las puertas crujieron un poco cuando comenzaron a moverse, hasta que se estancaron con un seco golpe cuando la cadena dio el tope.
—Iremos de todas maneras. Esta noche cometeremos una locura. Veis, por aquí podemos pasar —señaló el hueco que quedaba entre las puertas.
Andrea se rió en alto, antes de pasar por el hueco, agachándose para no chocar con las cadenas.
—Sois las mejores, chicas.
Una a una fueron pasando, en silencio, con los nervios a flor de piel y el corazón bombeando con fuerza contra sus pechos. Estaban cometiendo un delito al entrar en una propiedad privada sin permiso, y si llegaban a atraparla aquella noche y los siguientes días acabarían de cabeza en una de las celdas de la comisaría.
Riéndose, corrieron hacia el túnel del terror, tras mirar en uno de los carteles de la entrada donde estaba situada. Cerca de la gran noria, la cual se veía a lo lejos con claridad.
No verían en movimiento la atracción, pero al menos lo verían, Andrea  no se iba a quedar con el gusto de no pisar aquella atracción que tanto le gustaba. Esa noche era especial, celebraban la libertad que aún poseía su amiga, y por nada de mundo se iban a al hotel temprano.
—Que oscuro está, ¿no? —Nayla le echó un vistazo al interior —. No se ve una mierda.
—Tenemos esto —Andrea sacó el móvil del bolso. Después de unos segundos revisando las opciones, marcó la que buscaba. La luz brotó con fuerza del pequeño aparato —. Tenemos linternas. Somos mujeres 100. Podemos sobrevivir…
—¡Sin los hombres! —corearon las demás, acabando la frase que solían gritar cuando se encontraban en una situación peliaguda. Eran un grupo cerrado de amigas con las que compartían todo, con las que lo pasaban genial y podían hablar de todo y de nada, disfrutando de los largos silencios cuando tomaban cafés, o de las charlas interminables cuando una de ellas tenían problemas. 
—Tú si que eres la ostia, Andrea —gritó Nayla, riéndose en alto, mientras rebuscaba en su maxi bolso, a la búsqueda y captura de su móvil nuevo.
Las que tenían esa opción la buscaron y encendieron las linternas. Era una luz tenue pero al menos podían ver algo. 
—No es mucha luz pero al menos no iremos como topos por el túnel.
Con pasos lentos, se adentraron en la atracción, en fila india, una tras otra, teniendo mucho cuidado donde pisaban, iluminando con los móviles el suelo.
—¡Ah! —el gritó rasgó el silencio.
Todas iluminaron donde Nayla miraba. Se sobresaltaron al ver el monstruo de color verdoso y expresión furiosa. Una horrenda criatura más alta que ellas, con los brazos extendidos y las fauces abiertas mostrando unos grandes y blanquecinos colmillos. 
—Sólo es un muñeco Nayla —dijo Andrea, acercándose para tocarlo. Parecía cartón piedra pintado con cuidado. Era muy real.
—Ya, todos son decorados, pero ¡coño! Dan miedo.
Dos gritos más tarde, llegaron al final del túnel.
—Que raro —murmuró Andrea palpando la masa viscosa que obstruía la salida —. ¿Y eso que será?
Lydia se acercó y tocó la barrera. Al tacto era fría, pegajosa y cubría toda la salida.
—No tengo ni idea, parece plástico mojado.
—Igual tapan la salida para que nadie se cuele —sugirió una de las chicas.
—¡Ya! ¿Y por eso fuimos capaces de entrar? Tapan la salida, ¿pero no la entrada? Eso no tiene sentido —replicó otra, iluminando con su móvil la extraña capa que tenían delante.
—Pues dime bonita,  ¿Qué coño es?
De fondo, Andrea escuchó la discusión de las chicas, pero ellas las ignoró y siguió tocando la suave superficie. Cuando la rozaba parecía que se movía, que la buscaba, que ardía bajo su toque.
Empujó hacia delante, movida por la curiosidad, y atravesó con la mano la barrera. El cosquilleo que se sintió desde su mano viajó velozmente por todo el cuerpo, para luego centrarse en un punto de su anatomía que la dejó a un paso del orgasmo. Fue como si tuviese dentro de ellas unas super bolas chinas mágicas que la dejaron a un paso de correrse sin llegar a tocarse.
—¡Oh, Dios mío! —gimió, acallando de esta manera la discusión.
—¿Qué pasa?
—¿Por qué gritaste?
—No me jodas que al final te has puesto las braguitas vibrador y todo este tiempo has estado con ellas.
Andrea no tuvo tiempo de responder a ninguna de aquellas preguntas.
El alcohol hace estragos, muchos. Y más sobre el equilibrio y la percepción de la distancia, por eso acabaron tropezando unas con otras, que se movieron al mismo tiempo hacia Andrea, y acabaron cayendo hacia delante, con la sorprendida futura esposa a la cabeza.
Todas fueron engullidas por la barrera que se estiró y las cubrió, con su viscosa sustancia.
Antes de desaparecer, Andrea gritó:
—¿Qué cojones pasa? 



..........


Dentro de poquito el Capítulo 2, este si que es hot, hot, hot....

¿Te lo vas a perder?



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