domingo, 27 de mayo de 2012

Conoce a Uziel y a Damaris



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Os dejo los primeros capítulos de la novela.

Disfrutadlos.


PRÓLOGO




—¡Eres un desgraciado!
Uziel esquivó el pisapapeles que su ex amante –si la mujer aceptaba finalmente que el encuentro que tuvieron sólo fue un polvo de una noche y no el inicio de un amor para toda la vida– le lanzó y dio otro paso en dirección hacia la puerta. Lo peor de una noche de sexo era cuando llegaba el momento de largarse. Las actuaciones melodramáticas de las humanas eran patéticas y acababan agotándole.
—¡No puedes dejarme!
Estuvo apunto de soltar una carcajada. Si le hubieran dado un dólar cada vez que le habían gritado esa frase llenaría un campo de fútbol con billetes verdes.
Delante de él a unos pasos, una rubia –no recordaba su nombre ni le importaba–, lloraba abiertamente, y le miraba con ojos enrojecidos y suplicantes. Si tuviera conciencia se sentiría un cabrón por abandonarla de aquella manera, pero hacía siglos que no sentía nada.
—Es exactamente lo que estoy haciendo, querida. 
La mujer abrió los ojos sorprendida. Su rostro perdió color y se tambaleó como si hubiese perdido el equilibrio.
Al menos dejó de llorar. No soporto que lloren. Es inútil derramar lágrimas, no conseguirán conmoverme con sus actuaciones de doncellas arruinadas.
—Fuiste un bocado delicioso pero como te dije, no comparto cama dos veces con la misma mujer.
Esperaba que con aquellas palabras la humana desistiese. Por su experiencia, lo hacían después de gemir, llorar y rebajarse a suplicarle que no las dejara, que era el hombre de sus vidas.
Patéticas actuaciones de mujeres que se obsesionaban con él después de unas horas de sexo.
—Pero pensé que….
Uziel regresó a la realidad y la observó. La anterior noche había acudido a su pub favorito, no buscaba irse con nadie, sólo deseaba emborracharse hasta perder el sentido de la realidad o caer desmayado sobre la barra. La recolección de almas del mes había sido un auténtico fracaso. Sólo había conseguido corromper a cuatro senadores y a dos médicos, maldiciendo a sus almas al tormento eterno.
Al ver esas cifras tan bajas, sus superiores le dieron un ultimátum. O conseguía un alma que valiese la pena o pasaría una temporadita –nada agradable– en el Paraíso, una prisión de alta seguridad ubicada en las entrañas del infierno donde se descubrían nuevas facetas del dolor.
La vida era una puta mierda, y más si eras un demonio devorador de almas MASCULINAS. Si al menos los jefazos le dejasen cambiar de sección y encargarse de recolectar almas de mujeres, sus cuotas estarían cubiertas en tan solo cinco días.
Pero no.
Estaba obligado por contrato a buscar y corromper almas de humanos masculinos, susurrándoles por la noche, persiguiéndoles en sus sueños, apareciendo en sus vidas como un mortal y todo para añadir un nombre a la lista de los condenados al tormento eterno.
—Creí que conmigo sería diferente, que te quedarías a mi lado.
—¿De verdad creíste que conseguirías atraparme con un solo polvo? —rompió a reír al ver la mueca culpable que puso la mujer ante sus palabras. Había dado en el clavo —. ¿Qué te juraría amor eterno? —las carcajadas se calmaron y dieron paso a su amado sarcasmo—. O eres una estúpida zorra o una soñadora sin cerebro, si realmente creíste eso. 
 El grito que profirió la rubia le rasgó los tímpanos.
—¡Me engañaste!
—No, preciosa, te engañaste tú misma. Cuando te abalanzaste sobre mí en el pub te lo dejé muy claro. Me iría contigo para follar, nada más —otro alarido encolerizado. Ya estaba comenzando a enfadarse. O se callaba o le retorcía el pescuezo.
—Pero yo te amo. No permitiré que me abandones. Ningún  hombre me ha dejado antes.
Uziel se encogió de hombros.
—Siempre hay una primera vez, cielo. Asúmelo y hazte un favor, no te humilles más.
Comenzó a lanzar objetos contra él, desde la lamparilla de noche, hasta la cubitera. Arrojados con fuerza en un intento de dañarle.
La melodía de su móvil salvó a la mortal de una muerte segura.
—No te vuelvas a cruzar en mi camino, mujer. No golpeo a hembras pero si te vuelvo a ver no responderé —le dejó claro con voz dura, antes de dar media vuelta y salir del dormitorio.
Una vez en el pasillo aceptó la llamada.
—Uziel.
—Por las alas de un ángel, Uziel, ya pensaba que te había secuestrado una horda de vampiresas.
—Casi aciertas, pero no. Tuve un pequeño encontronazo con una mortal ilusa.
Se escucharon unas carcajadas al otro lado de la línea que interrumpieron la conversación durante unos segundos.
—Me alegro ser tu fuente de diversión, pero si sigues partiéndote el culo de risa, te cuelgo.
Con algo de dificultad, su interlocutor comenzó a toser intentando por todos los medios detener la burbujeante risa.
—¿Para que mierda me llamas a estas horas, Absalón? Hoy es mi día libre.
—No mates al mensajero, amigo mío.
Uziel atravesó el pasillo del motel, concentrándose en la conversación –si se podía llamar así– que mantenía con Absalón, un demonio que conocía desde que era crío y con el que creció y estudió en la Academia. Al contrario que él, Absalón decidió especializarse en Informante, quedando relegado su trabajo a ser un simple oficinista. Era el contacto que mantenía dentro del Infierno con los altos cargos. El encargado de llamarle cuando surgía algún problema o cuando se requería que se concentrase en una misión en especial.
Le apreciaba –después de todo era su único amigo- pero en ocasiones su retorcida manera de ser le exasperaba. Sobre todo cuando su cuota mensual estaba por los suelos y su humor no estaba para burlas.
—Aún no me has dicho nada relevante, Absalón y como has podido comprobar no estoy de humor.
—No hace falta que me lo señales, Uziel. Deberías buscarte otra mujer con la que descargarte, en lugar de refunfuñar como un imbécil.
Uziel se detuvo delante del ascensor. Estaba en la planta seis del motel. Si, de acuerdo que podía fácilmente bajar las seis plantas. Era un demonio inmortal después de todo, ¿pero por que cojones no iba a aprovechar los beneficios del ascensor?
Apretó el botón y se quedó mirando el contador.
0.
—Tomo nota de tu consejo, pero por esta noche, ya he tenido mi ración de sexo.
1.
—Eres un bastardo con suerte, lo sabes ¿no? Al menos tú puedes estar en la Tierra. A los demás nos tocó quemarnos el culo en el Infierno.
2.
Uziel resopló en alto, sin dejar de mirar el número del contador del ascensor, el cual parecía que se movía muy lentamente.
A su alrededor los ruidos de gemidos de los ocupantes de los cuartos de aquella planta le estaban poniendo nervioso, excitándole. En ocasiones como aquella se maldecía por no haber prestado atención en las clases de “cómo cerrar tu mente y disminuir tus sentidos” que cursó en la Academia. Por desgracia su oído era más fino que el de un humano y podía oír con claridad cada gemido, cada ruido de colchón, cada roce.
3.
—Te jodes, Absalón. Ya te dije que eres un imbécil si elegías quedarte en una oficina en lugar de venir a la Tierra.
—Paraíso —contestó sencillamente Absalón—. ¿Te suena de algo ese nombre?
Uziel sonrió de lado. Cómo no le iba a sonar, si recibía amenazas constantes con visitarla y convertirse en un residente temporal de esa “adorada” institución.
4.
—Si deseas algo debes pagar un precio para conseguirlo, Absalón.
—No tengo tu fortaleza, Uziel. No aguantaría la presión de llenar una cuota de almas. Prefiero…
Uziel le interrumpió.
—Prefieres pudrirte en el Infierno, sin saborear nunca la libertad que tenemos los que estamos en la Tierra. Es tu elección, amigo. Pero no me sueltes el rollo de “pobre de mí y que suerte tienes tú” cada vez que te convenga.
Se escuchó un golpe seguido de un quejido, como si Absalón le hubiera golpeado a algo.
5.
—Estoy a punto de entrar en un ascensor y sabes que la cobertura se irá a la mierda. Además sólo tengo ganas de regresar a casa y tomarme una cerveza antes de dormir lo que queda de noche. Suelta de una vez lo que tengas que decirme.
—No me explico cómo puedes entrar en esas cajas. Oí decir que se sujetan por tres cables.
Uziel cambió el móvil de mano.
—No es como si pudiese morirme si se rompen los cables, Absalón. Y no veas lo útiles que son los ascensores —sobre todo si la tía que me tiro esa noche vive en un piso veinte.
—Si tú lo dices, te creeré.
6.
—Te tengo que dejar, Absalón. Al fin llegó el ascensor.
—¡Ei! Espera que lo que tengo que decirte es importante.
Uziel esperó que se abriesen las puertas antes de cortar la llamada, pero antes de pulsar el botón rojo del aparato le respondió:
—Puedes esperar hasta dentro de una hora, en cuanto llegue a mi apartamento te llamo y me cuentas esa novedad tan importante.
Después de cortar la llamada, Uziel guardó el móvil en uno de los bolsillos del vaquero. En cuanto llegase a su apartamento, el lugar al que llamaba hogar y el cual era su refugio donde nunca llevó a ninguna de las mujeres que conocía por las noches, llamaría a Absalón. Pero antes tendría que salir de aquel lugar y alejarse de los jadeos y los gemidos que estaban volviéndole loco por dentro.
Ni que no lo hubiese hecho esta noche. Murmuró para sí mismo en su mente, molesto por el creciente bulto que apretaba contra la dura tela del vaquero.
—Si no eres mío no serás de nadie.
Uziel se giró de golpe al reconocer la voz. Tal y como supuso la mujer que dejó en el cuarto estaba ante él, apuntándole con un arma.
—Si aprietas el gatillo será lo último que hagas en esta vida —le amenazó dispuesto a cumplir su palabra. Si le atacaba acabaría con ella, y llamaría a una de las demonios que se encargaban de recolectar las almas de las humanas.
La mujer soltó una carcajada carente de emoción. Sus ojos se veían opacados, como si la cordura se hubiera volatilizado de su mente.  Estaba desarreglada, con el vestido mal abrochado y no llevaba ni medias ni calzado. El cabello rubio lo llevaba enredado y suelto cubriéndole parte de los hombros. No quedaba nada de la espectacular mujer que lo sedujo en el pub.
—Arrogante hasta el final. ¿Por qué no me amas como te amo yo? Si tan sólo correspondieras mis sentimientos.
Uziel bufó en alto.
¿Amor? Que equivocada estaba. Ella no le amaba.
—Nunca corresponderé a tus sentimientos, ya que no eres más que una loca obsesionada conmigo. Tú no me amas. Me has conocido esta noche y estás encaprichada de mí.
La mujer apretó los dedos, haciendo crujir la goma que protege parte del arma por la fuerza del amarre. Con cada palabra que soltaba la estaba alterando. Pero, joder, su punto fuerte no era dialogar. Él era un recolector de almas, no diplomático.
—Sí que te amo —Bien por ti. Pensó Uziel cansado de ser objeto de constantes acosos por parte de humanas como aquella que se quedaban prendados de él después de compartir lecho. Odiaba que se aferraran a él como si fuera su tabla de salvación. Él no era la salvación de nadie, su única misión en la vida era provocar caos y contaminar las almas con la oscuridad que yacía en cada uno de los corazones de los mortales. Ante las siguientes palabras, detuvo las contemplaciones interiores y se concentró en lo que estaba ocurriendo—. Te vi en el pub muchas veces. Pude ver qué tipo de mujer te gusta. Siempre supe que no las deseabas, que ibas con ella por compasión. Estabas esperándome.
Uziel se cruzó de brazos y se apoyó contra la pared, al lado del control del ascensor, y declaró:
—Ni siquiera habría reparado en ti esta noche si no fuese porque no había ninguna otra mujer disponible con la que irme.
Con el rostro enrojecido como si estuviese a punto de llorar, la mujer respondió con la voz más aguda de lo normal y apuntándole con el arma directamente a la cabeza.
—¡Eso es mentira! Soy hermosa. Ningún hombre puede resistirse a mis encantos.
Uziel rompió a reír. Aquella humana habría sido una diablesa fabulosa. Orgullosa. Con el coraje suficiente como para amenazar a otra persona con un arma. Egoísta. Dispuesta a todo con tal de conseguir lo que le obsesionaba.
Pero para su desgracia, no era más que una mortal más.
—Tienes el ego muy crecido, humana. Pero son ciertas, cada una mis palabras. Puede que seas mona, pero no diría que eres hermosa. Como tú hay cientos de mujeres.
No debía haberla provocado.
Un humano no puede acabar con la vida de un demonio, después de todo los demonios son criaturas inmortales. Pero si podían causarles daños graves, que les inmovilizarían y les impedirían contraatacar, quedando indefensos contra los agresores.
Aquella mujer, con el corazón roto por sus palabras, despechada y con una insana obsesión hacia él, consiguió lo que muchos cazadores humanos deseaban: le tomó por sorpresa al comenzar a dispar el arma, alcanzándole en la cabeza.
El primer disparo le nubló la vista y le hizo perder el equilibrio quedando tirado en el suelo.
El segundo disparo le hizo probar el sabor amargo de su sangre, al impactar contra su garganta.
El tercer disparo le provocó una fisura en los pulmones y comenzó a respirar con dificultad.
La muy perra usó balas perforantes, unos proyectiles que causaban un daño irreparable en los humanos, y en su cuerpo….tardaría unas horas en recuperarse de las heridas.
La cuarta y sucesivas balas, le acribillaron las costillas, le destrozaron los músculos internos del pecho y le hicieron papilla los órganos, en especial el corazón, donde la humana se cebó, vaciando el cargador.
—Si no eres mío, no serás de nadie. Tú me obligaste a matarte.
Aquellas fueron las últimas palabras que escuchó Uziel antes de perderse en la inconsciencia, entrando en un estado de letargo donde su cuerpo comenzaría a acumular energía para reparar los tejidos dañados.
Yo no te obligué a nada, humana. Tú solita te has condenado, y todo por un sentimiento tan absurdo como el amor. Suerte que los demonios no nos enamoramos. Nunca cometeré una locura semejante. Nunca…
Su cuerpo quedó inmóvil sobre el suelo de la sexta planta del motel. La sangre que manaba de las múltiples heridas comenzó a encharcarse a su alrededor. La humana se dejó caer al suelo, quedando de rodillas a su lado. Comenzó a sollozar y a murmurar incoherencias meciéndose hacia delante y hacia atrás, dejando caer la pistola vacía al suelo, mientras los inquilinos de las demás habitaciones salían al pasillo para averiguar lo que había sucedido.
—Tú me obligaste. No quería matarte. Tú me obligaste.



CAPÍTULO 1




Despertar tras pasar el letargo curativo era una puta mierda. Literalmente. En cuanto el cuerpo comenzaba a conectarse, y cada uno de sus nervios, emitían una onda eléctrica de energía, despertar se convertía en una cuenta a contrarreloj dolorosamente lenta.
Uziel contuvo un grito cuando el dolor se volvió insoportable. Sentía que la cabeza le iba a estallar en cualquier momento y que los pulmones en lugar de oxígeno estaban inhalando azufre puro y duro como si aún estuviese en el Infierno. Ardía. Joder, como ardía.
La humana que le  había disparado estaba muerta.
En cuanto despertase completamente saldría en su búsqueda y acabaría con ella.
Su mente se quedó en blanco cuando una nueva oleada de dolor le recorrió cada molécula del cuerpo, recordándole el motivo por el que debían mantenerse alejados de las armas de los mortales.
No supo cuanto tiempo pasó, después de todo no tenía un reloj a mano ni tampoco contó los segundos en que tardó en reaccionar del todo y pudo moverse ligeramente. Tampoco importaba, lo único que deseaba era que el dolor desapareciese y que su cuerpo dejara de arder y de convulsionarse como si estuviera cociéndose en lava ardiendo.
En cuanto pudo abrir los ojos y mover las manos, Uziel gritó hasta estar a punto de desgarrarse la garganta.
Su voz resonó donde estaba encerrado, indicándole que estaba en un espacio pequeño por la velocidad con la que le llegaba el eco. Con sorpresa, palpó a su alrededor. Estaba oscuro y no se podía ver nada. Extendió las manos, estudiando el entorno que le envolvía. Era de un material, liso, frío al tacto, metálico.
Intentó levantar una rodilla, chocó contra la estructura metálica y al hacerlo la tela que le cubría se deslizó hasta agolparse en su torso.
Uziel enfocó su mirada, concentrándose en distinguir el entorno en el que se encontraba. Gracias al poder demoníaco que dormitaba en su interior y que despertaba a voluntad, adoptando  nuevamente la forma de un humano en cuanto la misión o el peligro pasasen, pudo vislumbrar que estaba desnudo.
Con sorpresa impresa en el tono de su voz, exclamó en alto nada más percatarse de dónde se encontraba:
—¡Estoy encerrado en un puto ataúd metálico!
Ahora sí que podía decir que ése era el peor despertar de su vida. O casi…
Porque no iba a contar para nada el día que tras una noche de juerga, se despertó en la cama con otro hombre, oliendo a sexo y a alcohol barato. Definitivamente ese día lo borraría de su mente, y por nada del mundo ni bajo tortura lo iba a admitir en alto, quedando como un recuerdo amargo de una noche confusa en la que no tenía recuerdos de lo que sucedió.
Mejor. Se dijo para sí mismo, al pensar fugazmente en cómo se sintió al despertar y ver al otro hombre acostado desnudo a muy pocos centímetros de él. Por suerte no me dolía el…
—Dios —blasfemó intencionadamente, escuchando su voz distorsionada por el metal que lo aprisionaba—. Debo salir de esta caja —Y encontrar a la zorra que me metió en este lío de mierda.
No dispuesto a perder tiempo, y malhumorado al haber sido tomado por sorpresa por una vengativa mortal, Uziel estiró las piernas dándole una patada a una de las paredes del ataúd. El golpe resonó con fuerza, provocando un estruendo que habría levantado de sus tumbas a los muertos.
La luz inundó el estrecho habitáculo, cegándole momentáneamente, hasta que sus ojos se acostumbraron a la intensidad luminosa.
—¡Oh, Dios mío! No puede ser, esto no puede estar pasando. —Uziel maldijo en alto al escuchar la aterrorizada voz de una mujer. No estaba solo allí donde le encerraron. Y ahora cómo cojones iba a explicar su “resurrección”—. ¡Qué alguien me ayude! ¡Socorro!
Mascullando entre dientes antiguas maldiciones, Uziel estiró los brazos por encima de su cabeza, y en cuanto tocó el acero, empujó con fuerza, consiguiendo salir del ataúd.
Para caer directamente al suelo, quedando despatarrado, desnudo y magullado en cuerpo y en su orgullo.
Pero lo que realmente remató la situación fue recibir un golpe fuerte en la espalda, que lo tumbó contra el suelo.
—¡Muere vampiro! —la voz de la mujer sonó alta, con un tono agudo como si rozara la histeria. Recibió otro golpe que le sacó el aire de los pulmones. No tenía ni idea con qué cojones le estaba aporreando pero le estaba jodiendo a base de bien—. ¡Muere!
Dos veces en una noche.
Dos veces que una mujer humana le gritaba que debía morir.
O estaba perdiendo el toque, o los humanos habían llegado al punto en que no le temían a lo sobrenatural.
¡Oh, qué delicia eran los tiempos en los que los mortales eran temerosos y supersticiosos! Cuando podían caminar por las  noches aterrorizando y divirtiéndose a costa de sus presas. Pero ahora….
Disparado y aporreado por mujeres.
Muy buena experiencia para su currículum.
Después del tercer golpe, Uziel apoyó las rodillas y las palmas de las manos en el suelo y se levantó.
—¡No! ¿Por qué no te mueres? —al girarse se encontró con una humana vestida con bata hospitalaria en la que leyó su nombre y su ocupación.
Srta. Hollis. Forense.
¿Forense?
Paseó la mirada a su alrededor, deteniéndose unos segundos en la pared que había a su espalda. Contó al menos treinta cubículos, todos y cada uno de ellos con una tapa metálica en la que se leía un número identificador, todas,… menos por la que había salido.
Si tenía alguna duda acerca de dónde se encontraba, solo necesitó ver las camillas metálicas que había esparcidas por la gran sala, iluminada levemente por parpadeantes bombillas.
¡Estaba en la morgue!
Sí, definitivamente aquel era el peor despertar de su existencia.
Sin duda.
—Esto no me puede estar pasando, la peor pesadilla del forense se está cumpliendo.
Uziel  encontró sus ojos. Claramente estaba histérica, apretando con fuerza una bandeja metálica, levemente abollada. La observó con atención y un poco de curiosidad. Umm. No estaba nada mal. Alta y delgada, como a él le gustaban, con piernas largas, para rodearle la cadera  mientras la embestía. Sus cabellos rubios estaban recogidos en una coleta alta, pero algunos mechones rebeldes le acariciaban  la frente. Y sus ojos…azules como el cielo. Un delicioso bocado. Dio un paso hacia delante, devorándola con la mirada.
—¡Atrás! ¡No des ni un paso más! Si lo haces te romperé la cabeza.
Deliciosa, pero armada con una bandeja metálica.
La risa burbujeó en su garganta. ¿Pensaba matarle con una bandeja quirúrgica?
—¿Con eso? —preguntó Uziel en alto señalando el objeto metálico que apretaba con fuerza la humana—. Has visto demasiadas películas de terror si crees que puedes dañarme con esa bandeja.
La humana abrió los ojos del todo.
—¡Hablas! —Esta tía es tonta. Pensó Uziel al recordar que lo primero que hizo cuando salió del nicho metálico era maldecir en alto—. ¿Cómo es posible? ¿Qué eres?
—¿A cual respondo primero? ¿Quieres que te de una explicación científica de cómo surge los sonidos cuando el aire pasa a través de nuestra garganta, o te explico a qué raza pertenezco? —se burló, no dispuesto a contestar sinceramente a ninguna de las preguntas expuestas por la mujer.
La forense dio un paso hacia atrás, apoyando la bandeja sobre su pecho, buscando protección tras la fina tabla metálica.
—¿Qué eres? ¿Un vampiro? —Claramente cuando estaba nerviosa hablaba de más—. ¿Me vas a atacar? ¿Tienes sed?
—¿Es lo único que se te ocurre preguntarme? ¿Salgo de un nicho y lo único que me preguntas es si tengo sed? —Uziel contuvo la risa y preguntó a su vez, observando atentamente la futura reacción de la humana ante sus palabras—. ¿Qué harías si te digo que me muero de sed?
La forense apartó la vista de él y comenzó a temblar, mirando con evidente nerviosismo el reloj que colgaba de la pared al lado de la puerta de salida de la sala. Uziel escuchó como su corazón bombeaba salvajemente y como tragaba con dificultad. Estaba atemorizada, podía percibirlo y olerlo con claridad, y no dejaba de mirar hacia la salida.
—¿Me vas a matar?
Uziel le echó una ojeada al reloj. Eran las cinco y medio de la madrugada, debía haber pasado tres horas en la morgue, el tiempo que tardó su cuerpo en recuperarse de los disparos a bocajarro. No podía  perder tiempo en charlas sin sentido. Debía llegar a casa e intentar descansar unas horas antes de estudiar a su siguiente objetivo: un juez, para planificar cómo abordarlo para corromperlo. Por cada objetivo disponía de dos meses, antes de que sus Superiores comenzaran a presionarle y a amenazarle con enviarle una temporada al Paraíso.
Tras unos segundos tensos, en los que tan solo se escuchaba el reloj de la pared, Uziel respondió finalmente:
—No, no te mataré.
—¿No? Pero eso es…
Uziel se apareció delante de ella y le arrancó la bandeja de las manos. El sonido que hizo cuando acabó estrellándose en el suelo, la sobresaltó.
—¿Acaso deseas que te mate?
Ella tragó con dificultad, antes de negar con la cabeza con desesperación.
—¡No! ¡Por supuesto que no quiero morir!
—Entonces a qué esperas. ¡Abandona este lugar si no quieres que cambie de opinión y te despedace! —al ver que no reaccionaba, Uziel perdió los nervios y gritó con voz atronadora, impregnando en el tono de voz parte de su esencia demoníaca—. ¡Lárgate!
La humana no tardó ni medio minuto en llegar corriendo a la puerta de salida. Cuando ya pensaba que había conseguido espantarla, se quedó de piedra al ver que caía de rodillas al suelo con la mano en el pomo de la puerta y gemía de dolor.
—No irás a ningún lado, mortal. Te quedarás ahí quietecita. Vas a ser necesaria.
Uziel se giró rápidamente al escuchar tras de sí una voz de mujer. Apenas fue un susurro pero el poder que transmitió le provocó que se le erizaran los pelos de la nuca. El tono de aquella voz era duro, frío, recordándole al sabor de la oscuridad que tanto influía en su existencia, y sin embargo consiguió lo que nunca otra voz consiguió antes, que se calentara por dentro deseando perderse en su cadencia.
Cuando vislumbró a la dueña de aquella magnética voz, se quedó sin palabras. Mudo, contempló el ser más hermoso que hubiese visto en su vida. La mujer estaba a unos pasos de él, sentada sobre una de las camillas metálicas, con las piernas cruzadas y una de sus manos apoyadas en su rodilla. Sus cabellos azabaches flotaban como si tuvieran vida propia alrededor de su ovalado rostro, acariciando su aterciopelada piel. Vestía de negro, con algo parecido al cuero que se adhería a su cuerpo como si fuera una segunda piel, provocándole el irrefrenable deseo de rajarlo con sus propias uñas y tirar los restos al suelo, dejándole como una única prenda los zapatos de aguja del color del carbón. Pero si ya su cuerpo le provocó taquicardias, cuando le miró a la cara, estuvo a punto de gemir en alto.
Era… perfecta.
Sí, aquella era la palabra que apareció en su mente cuando quiso describirla.
Mirada inteligente y fría, con ojos oscuros como la noche de un tono más oscuro que el cabello, nariz pequeña y respingona y unos labios carnosos, creados para pecar.
Durante un instante su mente se quedó en blanco y sólo pudo percibir imágenes de aquella deliciosa boca alrededor de su miembro, chupando ávidamente.
Su fantasía se rompió cuando la escuchó hablar de nuevo:
—¿Qué narices miras?
Uziel tragó saliva. Aquella noche había estado con una mortal durante tres horas, en términos generales debería estar saciado, pero su cuerpo respondía ante aquella mujer. Quería poseerla, recorrer con su lengua cada centímetro de piel, ver como temblaba bajo sus manos, como sollozaba suplicando por más, y por último oír como gritaba su nombre al llegar al clímax.
Oh, demonios. Estoy duro.
Y era cierto, deprimente pero cierto. Estaba duro.
—Uo, así que es cierto que los demonios estáis bien dotados.
Al escuchar aquellas palabras, Uziel se percató de su estado de desnudez. Él no poseía pudor, era algo que perdió hacía siglos pero estar erecto delante de dos mujeres, con el torso cubierto de sangre reseca de las heridas y en medio de la morgue no era una escena muy erótica que se diga.
Enseguida su descaro superó el pudor y le devolvió como respuesta:
—Cierto, nena. Y esta noche estás de suerte, soy todo tuyo.
Esperaba que se echara a sus brazos, húmeda y jadeante dispuesta a montarlo sobre la camilla metálica.
Que poca suerte tuvo.
     Su misión en la vida era provocar caos y contaminar las almas con la oscuridad que yacía en cada uno de los corazones de los mortales. Ante las siguientes palabras, detuvo las contemplaciones interiores y se concentró en lo que estaba ocurriendo
       —Te vi en el pub muchas veces. Pude ver qué tipo de mujer te gusta. Siempre supe que no las deseabas, que ibas con ella por compasión. Estabas esperándome.
Uziel se cruzó de brazos y se apoyó contra la pared, al lado del control del ascensor, y declaró:
—Ni siquiera habría reparado en ti esta noche si no fuese porque no había ninguna otra mujer disponible con la que irme.
Con el rostro enrojecido como si estuviese a punto de llorar, la mujer respondió con la voz más aguda de lo normal y apuntándole con el arma directamente a la cabeza.
—¡Eso es mentira! Soy hermosa. Ningún hombre puede resistirse a mis encantos.
Uziel rompió a reír. Aquella humana habría sido una diablesa fabulosa. Orgullosa. Con el coraje suficiente como para amenazar a otra persona con un arma. Egoísta. Dispuesta a todo con tal de conseguir lo que le obsesionaba.
Pero para su desgracia, no era más que una mortal más.
—Tienes el ego muy crecido, humana. Pero son ciertas, cada una mis palabras. Puede que seas mona, pero no diría que eres hermosa. Como tú hay cientos de mujeres.
No debía haberla provocado.
Un humano no puede acabar con la vida de un demonio, después de todo los demonios son criaturas inmortales. Pero si podían causarles daños graves, que les inmovilizarían y les impedirían contraatacar, quedando indefensos contra los agresores.
Aquella mujer, con el corazón roto por sus palabras, despechada y con una insana obsesión hacia él, consiguió lo que muchos cazadores humanos deseaban: le tomó por sorpresa al comenzar a dispar el arma, alcanzándole en la cabeza.
El primer disparo le nubló la vista y le hizo perder el equilibrio quedando tirado en el suelo.
El segundo disparo le hizo probar el sabor amargo de su sangre, al impactar contra su garganta.
El tercer disparo le provocó una fisura en los pulmones y comenzó a respirar con dificultad.
La muy perra usó balas perforantes, unos proyectiles que causaban un daño irreparable en los humanos, y en su cuerpo….tardaría unas horas en recuperarse de las heridas.
La cuarta y sucesivas balas, le acribillaron las costillas, le destrozaron los músculos internos del pecho y le hicieron papilla los órganos, en especial el corazón, donde la humana se cebó, vaciando el cargador.
—Si no eres mío, no serás de nadie. Tú me obligaste a matarte.
Aquellas fueron las últimas palabras que escuchó Uziel antes de perderse en la inconsciencia, entrando en un estado de letargo donde su cuerpo comenzaría a acumular energía para reparar los tejidos dañados.
Yo no te obligué a nada, humana. Tú solita te has condenado, y todo por un sentimiento tan absurdo como el amor. Suerte que los demonios no nos enamoramos. Nunca cometeré una locura semejante. Nunca…
Su cuerpo quedó inmóvil sobre el suelo de la sexta planta del motel. La sangre que manaba de las múltiples heridas comenzó a encharcarse a su alrededor. La humana se dejó caer al suelo, quedando de rodillas a su lado. Comenzó a sollozar y a murmurar incoherencias meciéndose hacia delante y hacia atrás, dejando caer la pistola vacía al suelo, mientras los inquilinos de las demás habitaciones salían al pasillo para averiguar lo que había sucedido.
—Tú me obligaste. No quería matarte. Tú me obligaste.


CAPÍTULO 2



Unas horas antes….


Nunca antes había discutido una orden de sus Superiores, después de todo fue creada para servir, pero en esta ocasión ante el objetivo que le dieron para proteger y vigilar, estaba a un paso de mandarlo todo a la mierda.
Damaris miró hacia otro lado mostrando una mueca de repugnancia cuando su “protegido” se levantó y aceptó la invitación de una mujer que se le insinuó descaradamente.
Otra más que cayó en sus redes.
Otra noche más que le tocaba seguirle y presenciar cómo se tiraba a una mortal y luego la abandonaba nada más terminar.
Damaris suspiró con cansancio y estuvo unos minutos con los ojos cerrados, sentada en una de las mesas desocupadas del bar. No tenía ganas de seguir a su “protegido”, prefería quedarse en aquel lugar y contemplar cómo se divertían los humanos, la libertad de decisión con la que gozaban, pero la pulsera que tenía en su muñeca derecha vibró con fuerza, dándole un calambrazo, recordándole que no podía estar mucho tiempo alejada del hombre que le tocó proteger.
 Antes de que la pulsera le enviara otro impulso eléctrico, Damaris se levantó y salió del bar, caminó con pasos apresurados siguiendo la estela de energía que desprendía su protegido y a la cual podía identificar en medio de la maraña de esencias que se distribuían por la calle. Saludó a varios de sus compañeros de profesión que se cruzaron en su camino, mientras seguían a los humanos que les tocó, y tuvo que reconocer para sí misma que les miró con envidia. Extrañaba a su anterior protegido, estuvo a su lado desde que nació hasta que murió apaciblemente en su cama rodeado de sus seres queridos. Fue un gran hombre que vivió ayudando a los demás y que tuvo una larga y gratificante vida.
Damaris encontró a pocos metros a su actual protegido, conduciendo a la humana a un motel cercano del bar, un lugar que solía visitar al menos dos veces a la semana para disfrutar de unas horas de sexo con diferentes mujeres.
Uziel.
Así se llamaba.
Aunque ella por dentro le llamaba cabrón con suerte.
¿Después de todo… cómo se explicaba que un demonio tuviese un ángel de la guarda?
—¿Por qué no vamos a mi casa, Uziel?
Damaris dejó de auto compadecerse al escuchar la voz de la mujer.
Por que eres una más en su lista, humana. Él te utilizará, y cuando termine contigo se largará. No tiene corazón, es un demonio que disfruta jugando con los humanos. Pensó, cruzándose de brazos y deseando que aquella noche terminara de una vez. Estaba cansada de presenciar como cada noche que tenía libre, Uziel buscaba una humana con la que ir, a pasar unas buenas horas juntos. Al principio sintió pena al ver a las mujeres llorar desconsoladas una vez que eran abandonadas por el demonio, pero tras varios meses presenciando lo mismo, se había mentalizado que eran culpables tanto las mujeres que acudían a su lecho aún sabiendo que era un mujeriego consagrado como el demonio que disfrutaba con su estilo de vida. Mejor búscate a un buen hombre con el que establecerte.
—El motel está más cerca.
—¿Pero...?
Uziel se detuvo y la soltó. La miró a los ojos.
—¿No quieres irte conmigo esta noche?
¿Qué verán en él? ¿Cómo consigue que se tiren desesperadas a sus pies? No se lo explicaba. Era hermoso, sí. Con un buen cuerpo y unos ojos azules como el cielo que prometían noches de pasión. Pero su belleza no opacaba la maldad que yacía en su corazón y que le alentaba a destruir las vidas de los humanos que se convertían en sus objetivos. Era un cabrón con suerte, con rostro de ángel y corazón de demonio.
La voz de la mujer sonó aguda, y nerviosa:
—Sí, quiero pasar la noche contigo.
Y el resto de tu vida, estúpida. Como puedes querer pasar los años que te queden al lado de este…. imbécil que solo piensa con su amiguito. Murmuró en voz baja Damaris, moviendo la cabeza de un lado a otro, negando con incredulidad.
Uziel sonrió de lado.
Depredador. Le insultó Damaris alzando la voz, muy cerca del demonio. A pesar de que gritase a pleno pulmón Uziel nunca le escucharía. No era más que una sombra que le seguía y le protegía y cuando estaba de buen humor le murmuraba al oído que dejara de corromper a los humanos, que debía luchar contra la necesidad de hacer el mal, intentando encauzar su vida. Estoy gastando tiempo y energías en intentar cambiar a este hombre. Lo mejor sería si me reasignaran otro protegido.
—Justo lo que pensé —se jactó Uziel sonriendo abiertamente, mostrando unos hermosos dientes blancos. Damaris rodó los ojos al ver aquella sonrisa—. No perdamos más tiempo, la noche es joven…—se agachó hasta quedar a la altura del rostro de ella, le acarició con un dedo sus labios entreabiertos y murmuró con voz ronca, devorándola con la mirada—…y estoy deseoso de saborearte.
Has visto demasiadas películas baratas, demonio. Frases como esa dan vergüenza. No me explico como te funcionan, como caen rendidas a ti.
Por más que desease quedarse fuera esperando, no tener que presenciar lo que ya tantas veces había visto, Damaris estaba obligada a acompañarle dentro del motel, subir detrás de ellos hasta la sexta planta y entrar en una maloliente y pequeña habitación donde una gran cama ocupaba la mayor parte del cuarto.
Lo que sucedió a continuación, después de cerrarse la puerta tras ellos, fue una actuación que se conocía de memoria. Palabras bonitas, ropa que cae al suelo, gemidos, caricias rápidas y desesperadas, rechinar de un colchón viejo y usado al límite y después de unos gritos triunfantes un silencio cortante e incómodo.
Voy a pedir permiso a los jefes para poder traer al trabajo un libro. O revistas. Lo que sea con tal de no tener que estar mirando a la pared.
—¡Eres un desgraciado!
¡Ja! ¿Y te enteras ahora, chica? Se burló Damaris, apoyada cerca de la puerta, a la espera de ver qué hacía a continuación su protegido.
La discusión acabó en cuanto Uziel salió del cuarto. Caminó a unos pasos de él, fijando su mirada en su ancha espalda, escuchando con atención la conversación del demonio con un amigo suyo.
¡Tienen vacaciones! Exclamó sorprendida, sin poder creerlo. Los ángeles no tenían un día de descanso, trabajaban los 365 días del año, las 24 horas del día. Otra queja para los jefes. Anotó mentalmente a su larga lista de “condiciones dignas de trabajo, a un paso de la huelga”
El sonido del ascensor avisando que ya había llegado a la planta, atrajo la atención de Damaris, que se movió quedando de espaldas a él, esperando que las puertas se abriesen.
—Si no eres mío, no serás de nadie.
Todo sucedió muy rápido. En cuestión de segundos, la humana descargó el cargador de la pistola, impregnando el ambiente de un penetrante olor a pólvora y sangre.
Presenciar de primera mano el caos que provocaba la desesperación y el dolor de un corazón roto la dejó anonadada, sin palabras. Su cuerpo no respondió a su mente que gritaba que su deber era proteger al demonio, por mucho que le pesara. ¿Pero realmente qué podía hacer al no poseer un cuerpo tangible, al no poder interferir en los conflictos humanos?
Nada.
Sólo presenciar como Uziel caía al suelo agonizante, recibiendo los balazos de la trastornada humana.
—Tú me obligaste. No quería matarte. Tú me obligaste.
Lástima. Fue lo que sintió cuando la vio caer al suelo, quedando de rodillas al lado del cuerpo ensangrentado y moribundo de Uziel. Sus lágrimas eran pesadas para su alma, y la oscuridad que surgió de su corazón fue aterradora. Estaba perdida en su dolor, lamentando haber asesinado al hombre que creía amar.
Nadie te obligó, niña. Apretaste el gatillo porque así lo deseaste. Quisiste acabar con él. Tú lo asesinaste porque no aceptaste que te fuiste con un ser sin corazón.
Damaris maldijo en alto cuando la pulsera que la encadenaba a su protegido comenzó a lanzarle destellos eléctricos que recorrieron su cuerpo como una llamarada salvaje que dañó levemente los tejidos externos de la piel.
Joder, aún sigue vivo. Exclamó en alto al ver que la pulsera la penalizaba y la castigaba al no haberle protegido debidamente. Lástima que no acabaras con él, así me libraría de este cabrón con suerte.
Pero, ¿cómo iba a matar una humana con una simple pistola a un demonio de varios siglos de existencia?
Imposible.
¿O tal vez no?
Damaris sonrió abiertamente por primera vez en meses.
La idea de perder de vista a Uziel era imposible, su rango de ángel Guardián se lo impedía, y la puñetera pulsera le recordaba cada dos por tres que su obligación era protegerlo y estar en todo momento a su lado.
A no ser que…
Uziel perdiese la vida.
Damaris se echó a reír en alto.
El demonio debía morir.
Sólo así sería libre de ser su ángel Guardián.


CAPÍTULO 3


De vuelta a  la morgue…


Cierto, nena. Y esta noche estás de suerte, soy todo tuyo.
Damaris se burló abiertamente, sonriendo de lado, sin dejar su postura despreocupada, sentada encima de una de las camillas metálicas de la morgue.
—Guau, que suerte la mía —su tono de voz evidenciaba sarcasmo. Le miró de arriba abajo, abanicándose con una mano—. ¡Me ha tocado el premio… —se fijó en la evidente semi erección que tenía en esos momentos el demonio—…gordo!
Uziel sonrió con orgullo, cruzándose de brazos plantándose ante ella. El humor ácido de la mujer le atraía, al igual que lo hacía la rabia que bullía en su interior. La oscuridad era una delicia con sabor dulce que en pocas ocasiones encontró en mujeres que no fueran demonios de nacimiento.
 —Muy cierto, nena.
Damaris luchó contra las ganas de estamparle la cabeza contra una de las camillas, hasta que perdiese el conocimiento o se le borrase la sonrisa estúpida. El ego de aquel demonio era inmensurable, y su afán depredador no tenía límites. Aún después de haber yacido con una humana, de haber recibido varios balazos, de despertarse en un nicho metálico y de estar en medio de la morgue de un hospital público rodeado de cadáveres y en un ambiente en el que el olor a muerte y a desesperación se percibía con claridad, él estaba dispuesto a una ronda de sexo.
—Tsk, que pena…—se quejó de manera dramática atrayendo la atención del demonio, quien no dejaba de devorarla con la mirada—…que no me guste jugar. Y  menos si es con un cabrón descerebrado que sólo piensa con su polla.
Sin palabras. Así se quedó Uziel cuando escuchó las duras palabras de la mujer.
—¿Estás de broma? —preguntó finalmente tras unos segundos en silencio, asimilando su contestación.
Damaris se rió y bajó de la camilla. Caminó unos pasos, balanceando la cadera provocativamente, atrayendo la atención del demonio sobre ella, y le contestó con otra pregunta:
—¿Tengo cara de estar bromeando?
No esperaba respuesta. Después de todo, ella se burló de él, y a pesar de desear dejarlo tirado en aquella morgue, los humanos indagarían en cómo era posible que el paciente que ingresó cadáver con varios balazos destrozándole el cuerpo ahora estaba  de pie, respirando y caminando como si nada hubiese sucedido.
Una de las normas que debían seguir ciegamente era que los mortales no debían verles ni recordarles.
Estaba obligada por su juramento a sacarlo de aquel lugar y buscarle un refugio, pero en cuanto estuviese a salvo… ella misma le lanzaría a los brazos de la muerte. Animada por su futuro plan de “vacaciones forzosas al no tener protegido” Damaris se acercó a la humana, pasando al lado del demonio a quien le soltó:
—¡Muévete! No te quedes mirándome como un gilipollas sin cerebro. No podemos quedarnos más tiempo en esta sala.
Uziel se quedó sin palabras. Aquella pequeña  mujer, de largos cabellos azabaches había conseguido lo que muchos intentaron: dejarle sin palabras y estupefacto.
Damaris no miró hacia atrás para saber que el demonio la estaba observando con atención. Podía sentir su mirada clavada en su espalda, como si pretendiese analizarla y… desnudarla.
—¡Levántate…. —Damaris se puso delante de la doctora y buscó la tarjeta identificadora donde leyó el nombre de la humana—señorita Woods! Es hora de ponerse en marcha.
Uziel contuvo el aliento al ver que la mortal se levantaba del suelo y se colocaba delante de la misteriosa mujer, pero sus movimientos eran lentos, como si no tuviera el control de su cuerpo.
¡Está controlándola! Pensó Uziel en cuanto la humana levantó la cabeza y le vio los ojos en blanco. ¿Quién…?
—¿Quién eres? Mortal seguro que no—fue una afirmación, dándolo por hecho—, has aparecido de la nada, y eres capaz de controlar la mente de esa humana. ¿A qué raza perteneces?—¿Y cómo es posible que no pueda percibir tu esencia vital? Se preguntó a sí mismo.
Damaris no se volvió para contestarle. Lo que iba a realizar a continuación era doloroso y precisaba de toda su atención.
—Si te mantienes calladito unos segundos te responderé.
—Me lo dirás, ¡ahora! —gritó, resonando su grave voz en el frío lugar.
Muchos le habían dicho que estaba sola porque era una hija de puta con malas pulgas. Que por culpa de su agrio carácter no encontraría pareja con la que establecer una familia y continuar con la “importante” labor de ser la sombra de los humanos. Los que decían eso, tenían razón. No tenía paciencia y no soportaba que le ordenaran qué hacer o cómo debía comportarse.
—¡Te he dicho que te calles! —le gritó a su vez, lanzándole  una bola de luz que lo estampó contra la pared de nichos metálicos, produciendo un ruido ensordecedor que perduró unos segundos en el aire—. Estoy intentando salvar tu culo, y para poder lograrlo necesito que estés en silencio y no me interrumpas.
Uziel se levantó de golpe, entre enfadado y sorprendido. No se esperó que le atacara, y menos con una onda de energía. Estaba ileso del ataque, menos en su orgullo. Pero al menos le supuso encontrar una respuesta a su pregunta.
—¡Eres un puto ángel!
Damaris soltó una maldición al perder la concentración luchando contra el dolor que recorrió su cuerpo al haber atacado a su protegido. Por suerte sólo pretendía apartarle y no atacarle para dañarle, si no en aquellos momentos estaría tirada en el suelo luchando contra las ganas de llorar por el dolor. Tuvo que abandonar las conexiones mentales de la humana. Poseer a los mortales era costoso, tanto enérgicamente como físicamente, y un esfuerzo supremo que requería tiempo y concentración.
Con sarcasmo, le contestó aplaudiendo teatralmente, dejando a la doctora apoyada contra la puerta de salida, con la mente y el cuerpo sometido a su poder:
—¡Enhorabuena! ¡Premio para el demonio! —Uziel abrió los ojos del todo al escuchar cómo le  nombró. ¿Qué otras sorpresas le esperaba? ¿Santa Claus se había adelantado dos días y le había enviado como “castigo” a aquella maliciosa y malhumorada ángel?—. ¿Ahora que ya has descubierto el significado de la vida, puedes mantenerte calladito?
—¿Qué pretendes hacer? ¿Para qué necesitas a esa humana?
Damaris pateó el suelo, revolviendo el cabello con las manos, una manía que mantenía desde que era un ángel en prácticas.
—¿Pero que he hecho para merecer una carga como tú?
—¿Qué se supone que significa eso? —preguntó Uziel perdido. El ver que el concepto de ángel que tenía en su mente era completamente erróneo, pues ni era una belleza de largos cabellos rubios, ni olía a flores, ni desprendía paz y tranquilidad a los que le rodeaban, Uziel estaba dispuesto a obtener a cualquier precio respuestas a las preguntas que surgiesen—. ¿Y por qué estas aquí? ¿No se supone que los ángeles deben estar cantando y tocando trompetas en el cielo, mientras ven pasar los siglos?
Esto lo tengo que anotar para que no se me olvide. Aseguró Damaris para sus adentros, cruzándose de brazos, evitando en todo momento bajar la mirada. Tener a un hombre desnudo a pocos metros no era nada extraño para ella, después de todo era ángel de la Guarda de humanos desde hacía siglos, pero el que su protegido fuese un demonio, con un cuerpo esculpido para el placer y el pecado, la estaba poniendo nerviosa. Cuando esté en la Reunión Anual se lo contaré a los demás. Los demonios son estúpidos si tienen ese concepto de nosotros.
—¿Crees de verdad lo que dices o estás devolviéndomela? —se aventuró a preguntar, recordándole el momento en que ella se burló de él al decirle que le había tocado el premio gordo—. ¿De verdad crees que los ángeles somos criaturas ociosas que vivimos sólo para nuestro placer?
Uziel respondió sencillamente:
—Sí.
Se echó a reír. No lo pudo remediar. Damaris explotó, riendo a carcajadas, hasta el punto que unas pequeñas lagrimitas abandonaran sus ojos. Su mirada se volvió brillante, y su rostro perdió la dureza que la caracterizaba, suavizando sus rasgos y otorgándole un aspecto juvenil y despreocupado.
Uziel la devoró con los ojos. El cambio que manifestó fue asombroso. Si antes le pareció hermosa, ahora sencillamente estaba para “comérsela”. Su cara no era la de un ángel, si no la de una diablilla con la que…
¡Maldición vuelvo a pensar en tirármela y primero debo saber porqué infiernos está intentando sacarme de aquí! 
 —Ahora que estás relajada —Y no pareces dispuesta a lanzarme de nuevo por los aires con una bola de energía—, ¿por qué no respondes de una vez mi pregunta?
Damaris soltó el aire con lentitud, conteniendo la burbujeante risa.
—¿A qué pregunta te refieres? ¿Desde el momento en que me aparecí ante ti no dejas de interrogarme?
Uziel dio un paso hacia delante, mirándola fijamente.
—No te hagas la tonta conmigo, no te va a funcionar. Dejemos las cosas claras. Sabes que soy un demonio, así que, ¿por qué estás aquí intentando… —como decirlo si ni él mismo estaba seguro qué papel desempeñaba el ángel en aquel encuentro—…ayudarme? ¿No es algo irónico que un ángel le eche una mano a un demonio? —comentó con mofa lo evidente.
—¡Exacto! —exclamó Damaris sorprendiéndole ante el tono triunfante de su voz. Por primera vez encontró a alguien que estaba de acuerdo con ella que era hilarante que tuviese como protegido a un puto demonio—. Opino lo mismo que tú. Es desesperante tener que protegerte, si pudiese renunciaba pero estoy imposibilit….
No le dejó terminar la frase.
—¡Cómo que protegerme! —exclamó en alto dando otro paso, acercándose más a ella—. ¿Estás de broma no?
Esta vez fue ella la que respondió con un  monosílabo.
—No.
Uziel resopló en alto, burlándose con su gesto.
—¿Pero a qué inestable mental se le ocurrió esa estúpida idea? ¿Cómo cojones se supone que me vas a proteger? ¿Obligándome a rezar? ¿A acudir a misa todos los domingos o… dejar de follarme a las mujeres porque estén casadas?
De lo último seguro que no consigo redimirte, eres un mujeriego empedernido. Un cabrón con suerte. Pensó Damaris para sus adentros.
—No tengo ni idea de a quien le se ocurrió, pero no me… —¿Pagan? Pero si no me pagan nada, estoy obligada a ser la sombra de mi protegido a pesar que le desee la muerte. Un ángel no decide, obedece—…autorizan a contradecir las órdenes —explicó finalmente, evitando exponer lo que realmente se le pasó por la cabeza—. Sólo sé que tengo que protegerte, que soy tú ángel Guardián.
Uziel boqueó, expulsando aire por la boca, sin poder evitar mostrarse estupefacto.
¿Ángel Guardián? Debía haber oído mal. Se iba a asegurar…
—¿Me estás diciendo que eres mi…—estuvo a punto de atragantarse. Él no concebía la idea de servir a los demás sin tener un beneficio propio. La sola idea de ser protector de humanos le revolvía el estómago—…ángel de la Guarda?
Damaris suspiró. Si le respondía abiertamente que sí, estaría contradiciendo la norma de no declarar su condición de ángel, pero después de haberse mostrado, y de haber intentando la posesión de un humano, una norma más que romper no importaría mucho.
Así que, tras respirar hondo y soltar el aire lentamente, procurando calmar los agitados latidos de su corazón, declaró:
—Sí, soy tu ángel Guardián.
Esperaba que apareciese Absalón gritando con cámara en mano que todo era una broma, que había picado como un novato. Pero no sucedió nada. Ni cámara de video, ni amigo que se estuviese burlando de él.
—¡Oh, joder! —exclamó en voz alta. Era real. Él un demonio de varios siglos de existencia, dedicado a corromper almas humanas, tenía…. un ángel protegiéndole, siguiéndole….—¡Maldición! ¡Esto no me puede estar pasando! Tengo un ángel pegado al culo. ¿Qué hice para merecer este castigo?
No pudo decir nada más. Una bola de energía le golpeó de lleno en el pecho, lanzándolo hacia atrás, y esta vez el golpe le dejó inconsciente.
Damaris sonrió triunfante, satisfecha al verle despatarrado sobre el suelo. Se lo merecía. Sus palabras le habían enfurecido. ¿Qué él se sentía desgraciado al tenerle como ángel? ¡Sí, claro! La pena que le daba.
Fue cuestión de segundos que la pulsera se activase, y al momento, un desgarrador dolor la puso de rodillas. Apretó los dientes luchando contra las ganas de gritar. El dolor que recorría su cuerpo era punzante, continuo, una tortura que “motivaba” a los ángeles a cumplir con su deber. Los segundos que duraron las vibraciones eléctricas atacando directamente a su centro nervioso, se le hicieron eternas. En el momento en que la pulsera dejó de temblar y brillar, Damaris pudo respirar hondo, lagrimeando sin poder evitarlo.
—Voy a conseguir unas “vacaciones” —murmuró con la voz entrecortada y ronca—. Aunque tenga que pasar por esto de nuevo —se juró,  mientras se levantaba del suelo. Perdió el equilibrio al estar sensible por la descarga eléctrica y tuvo que apoyarse contra una de las camillas metálicas. Respiró hondo antes de mirar al demonio que aún seguía desmayado a unos metros de ella. Le sacaría de ahí para evitar que los humanos buscasen respuestas a preguntas que aún no debían descubrir y cuando lo pusiese a salvo…se encargaría personalmente de deshacerse de él, por las buenas o por las malas.
Damaris se volvió hacia la humana que esperaba hipnotizada.
—Llegó la hora de actuar. Se buena y no te resistas, humana.
Era su as en la manga. La que les llevaría a los dos a la salida sin levantar sospechas.
Damaris caminó  hasta quedar a la altura de la mortal, con una sonrisa acercó su cara a la de la mujer y aspiró el aire que brotaba de sus entreabiertos labios. Calidez, inocencia. Era una buena mujer que pasaría por el peor momento de su vida al perder el control de su cuerpo y de su mente, y al dejar su alma a su merced, cuando fuese poseída por ella.
—Buena chica —susurró al conectar con su mente —. Esto no te dolerá…mucho —susurró al tiempo en que comenzó a brillar con intensidad, volviendo intangible su cuerpo preparándolo para la posesión.
El grito que soltó la humana fue el único sonido que se escuchó en la silenciosa morgue, antes de que la calma regresara con espectral fuerza.
Aquella noche, a dos días de navidad, marcaría la vida de los dos, conduciéndolos a una lucha interna en la que se decidiría su destino.
El primer disparo le nubló la vista y le hizo perder el equilibrio quedando tirado en el suelo.
El segundo disparo le hizo probar el sabor amargo de su sangre, al impactar contra su garganta.
El tercer disparo le provocó una fisura en los pulmones y comenzó a respirar con dificultad.
La muy perra usó balas perforantes, unos proyectiles que causaban un daño irreparable en los humanos, y en su cuerpo….tardaría unas horas en recuperarse de las heridas.
La cuarta y sucesivas balas, le acribillaron las costillas, le destrozaron los músculos internos del pecho y le hicieron papilla los órganos, en especial el corazón, donde la humana se cebó, vaciando el cargador.
—Si no eres mío, no serás de nadie. Tú me obligaste a matarte.
Aquellas fueron las últimas palabras que escuchó Uziel antes de perderse en la inconsciencia, entrando en un estado de letargo donde su cuerpo comenzaría a acumular energía para reparar los tejidos dañados.
Yo no te obligué a nada, humana. Tú solita te has condenado, y todo por un sentimiento tan absurdo como el amor. Suerte que los demonios no nos enamoramos. Nunca cometeré una locura semejante. Nunca…
Su cuerpo quedó inmóvil sobre el suelo de la sexta planta del motel. La sangre que manaba de las múltiples heridas comenzó a encharcarse a su alrededor. La humana se dejó caer al suelo, quedando de rodillas a su lado. Comenzó a sollozar y a murmurar incoherencias meciéndose hacia delante y hacia atrás, dejando caer la pistola vacía al suelo, mientras los inquilinos de las demás habitaciones salían al pasillo para averiguar lo que había sucedido.
—Tú me obligaste. No quería matarte. Tú me obligaste.


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