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Capítulo 4 Corazones oscuros



-4-


Los carceleros se llevaron a Rhianny hasta una de las salas acondicionadas para torturar con la intención de interrogarla.

Según los informes que revisaron, la celda cuatrocientos dos no debería estar ocupada. Por ese motivo se sorprendieron al ver a la enigmática mujer tumbada cómodamente en el camastro y hablando pacíficamente con los demás prisioneros sin signos de incomodidad o desnutrición.

Era muy extraño. Lo habitual era perder prisioneros no que estos apareciesen de la nada.

Después de comentarlo con el brujo que llevaba los trámites de encarcelamientos, archivando cada nueva adquisición y seleccionándolas para sacrificarlas en ocasiones especiales según los poderes que pudiesen aportar, los carceleros aceptaron las sabias órdenes de su jefe.

Cogedla, interrogadla y que nadie aparte de nosotros sepa jamás lo ocurrido

Sus órdenes eran muy precisas, tenían que sacar a la mujer y torturarla hasta averiguar cómo había entrado en la mansión y cómo se había colado en los calabozos. Su presencia aquí era signo de debilidad en las defensas de la mansión.

Aprovecharon la ocasión y como costumbre en los últimos años, se burlaron del más famoso prisionero, legendario por su orgullo y por no haber muerto aún después de vivir en el infierno desde hacía tanto tiempo. Después la arrastraron hasta la primera planta del ala este, lugar donde se encontraban las ocho salas de tortura, antiguas habitaciones de los criados y que después de unas costosas reformas se acondicionaron para las vejaciones y las torturas que se llevarían a cabo en esos lugares. Con el propósito de sonsacarle todo lo que supiese la encadenaron a una cruz de madera y cerraron las puertas de la sala, colgando el cártel de ocupado. Nadie entraría, a pesar de los gritos o maldiciones que se escuchase. Al ver el cártel colgado del marco de la puerta los que pasasen cerca sabrían que dentro se estaba llevando a cabo una entrevista muy especial y no debían ser interrumpidos bajo ningún concepto.

Bruce Clayton, jefe de la sección de encarcelamientos, esperó a que sus compañeros acabasen de encadenar a la prisionera antes de abrir uno de los cajones de la cómoda de madera negra y extendiese en una bandeja puesta frente a la prisionera los instrumentos que iba a emplear.

Tenazas, tijeras, astillas para las uñas de los dedos de las manos, alambre con púas para rodearle los brazos mientras tensase el cuerpo de la mujer con la rueda que había oculta detrás de la cruz, una barra de hierro con funda en el mango para marcar su piel tersa y un puñal de plata.

No se olvidaba nada.

Habitualmente los prisioneros cantaban todo en cuento les enseñaba el uso de dos de sus juguetitos, Bruce no creía que necesitase utilizarlos todos.

Gruñó ante el bullicio de sus compañeros. A él le gustaba trabajar en silencio. Se tomaba su trabajo muy en serio, por algo era el interrogador más eficaz del clan. Era capaz de hacer hablar hasta a los mudos.

Sus compañeros de trabajo no eran para nada como él. No soportaban el silencio y no podían reprimir las burlas y las amenazas contra los prisioneros, olvidándose que ellos podían llegar a ser algún día la presa de un cazador más poderoso.

— Lo pasaremos muy bien contigo.

— Sí, sí. Mi amigo tiene razón. Te ofrecerás a nosotros y nos suplicarás que te tomemos con fuerza.

Bruce suspiró.

Sus compañeros se emocionaban demasiado. Eran muy impulsivos. No comprendía como los pusieron a vigilar a los prisioneros teniendo un carácter tan explosivo, pero cuando quiso imaginárselos de caza, sintió escalofríos. Unos tipos tan ruidosos como ellos rebelarían la situación del grupo antes de conseguir rodear a la presa.

— ¡Callaos, maldición! Perdéis el tiempo insinuándoos a la prisionera. Por órdenes de nuestro superior solo debemos sonsacarle la información que precisamos y luego matarla — les gritó agotada su paciencia. Si seguían haciendo tanto alboroto los echaría a los dos.

La risa de la mujer atrajo la atención de todos. Los tres hombres la miraron asombrados. Bruce dejó caer las tijeras oxidadas que estaba revisando a la bandeja, después de apuntar mentalmente que debía pedir nuevo material para su trabajo ya que el viejo estaba en un estado lamentable. La miró con curiosidad, poniéndose los guantes de cuero negro.

Sus ojos la examinaron buscando indicios de locura. Si la prisionera estaba trastornada de poco valdría su declaración.

— ¡Está loca! — exclamó el más joven de ellos, diciendo en alto lo que los tres estaban pensando seriamente en esos momentos.

Acariciándole el cabello, el otro carcelero que seguía cerca de ella acomodando las cuerdas y las cadenas, comentó en alto regocijándose ante la perspectiva de sumergirse en una mujer tan apetecible.

— Si está trastornada mejor para nosotros. Así se dejará hacer. No pondrá pegas a ser sometida.

Chasqueando la lengua con dramatismo su compañero y amigo se lamentó en alto.

— Pero a mí me gustan cuando luchan debajo de mí.

Sus palabras lograron que la mujer rompiese a reír nuevamente.

Cuando Bruce iba a intervenir gritándoles que se callasen de una vez por todas y que se largasen a vigilar los calabozos y le dejasen a él la tarea de descubrir todos los secretos de la joven, la prisionera los sorprendió, contestándoles con una voz gélida y cortante.

— Niño, si querías una buena pelea, me lo hubieras dicho antes.

Bruce presenció todo sin poder creer realmente lo que veía.

La mujer nada más decir esas palabras tiró con determinación de sus brazos consiguiendo romper las cadenas que la mantenían presa. Ante la mirada atónita de los carceleros, la mujer voló por el aire saltando con decisión y se hizo con el puñal que había expuesto en la bandeja, guiñándole un ojo al asombrado Bruce.

Bruce intentó recuperar el control de la situación, desenfundando la pistola de tranquilizantes de la funda atada a su espalda. Le apuntó al cuello y le gritó.

— No lo compliques más mujer, entrégate, o si no acabaremos contigo.

La mujer le sonrió torciendo los labios mostrándole los colmillos que adornaban sus encías. La blancura de su piel resplandecía con intensidad y las mejillas estaban adquiriendo una tonalidad rosada, su cuerpo brillaba con vida propia, como si la sola idea de una buena batalla le diese energía.

Bruce tembló.

El poder que refulgía alrededor de la prisionera era aterrador, sobrenatural. Había acabado con la existencia de vampiros, licántropos, gárgolas, hechiceros, hasta consiguió capturar sirenas y kelpies, pero nunca antes se había encontrado ante una fuerza descomunal parecida. Esa magia estaba en estado puro. Salvaje. Indomable.

— Esta noche sentiréis en carne propia parte del dolor que infringís a vuestras presas, asesinos — les aulló la prisionera con los ojos relucientes.

Bruce respiró hondamente y dejó de lado el miedo que atenazaba sus piernas y lo congelaba en el sitio. Esa zorra por más poderosa que fuese no podría con todos ellos. Juntos eran letales, mortíferos, una marea de muerte y destrucción.

— Te arrepentirás de la decisión que has tomado — le amenazó disparándole en el cuello, tumbándola de un solo disparo.

Él nunca celebraba una victoria si no veía como se pudría el cuerpo de su víctima, pero sus jóvenes compañeros definitivamente no eran como él. Los insensatos comenzaron a celebrar y a vitorear la pronta victoria de su compañero, orgullosos de pertenecer a la prestigiosa familia de brujos.

Bruce no tuvo oportunidad de prevenirles, cuando vio como la mujer se desvaneció del suelo donde hasta ese momento estaba tirada, apareció milésimas de segundos después detrás de uno de ellos rebanándole el pescuezo con el puñal acabando con su vida.

El cuerpo sin vida del brujo cayó a cámara lenta al suelo, mientras los demás ocupantes de la sala se estremecieron de auténtico temor. No la habían visto. Sus movimientos habían sido muy veloces.

Una pregunta pasó por sus preocupadas y trastornadas mentes, ¿qué o quién era ella?

Lamentablemente esa noche no tendrían respuesta a sus preguntas.

Antes de que pudiesen reponerse, la mujer volvió a desaparecer atacando esta vez al otro joven carcelero que le insinuó que la iba a hacer suya.

Esta vez su muerte fue más lenta y dolorosa.

Rhianny estaba furiosa, sus planes se habían ido a la mierda y la culpa la tenían esos mortales. Con furia cogió por los hombros al brujo que intentaba escapar. Esquivó el ataque del tercer carcelero que comenzó a dispararle de nuevo y con el puñal comenzó a rajarle la cara lentamente, disfrutando de los gritos agónicos de dolor que profería el joven.

Bufó de asco cuando el hombre se meó y lo tiró al suelo pateándole el estómago. Amenazándole con el puñal en alto, manchado de sangre, le gritó.

— Nadie me toca sin mi permiso. Sólo me entregaré a un hombre.

Gimoteando el joven se arrastró por el suelo, la sangre manaba con abundancia de su lastimado rostro, las pieles de su cara colgaban dolorosamente, dándole el aspecto del monstruo que en realidad era.

Rhianny lo siguió, jugando con su presa. Como un gato jugaba con un ratón.

— Esta noche me habéis cabreado. No me gusta matar, pero haré una excepción con vosotros.

Bruce aprovechó que la mujer estaba ocupada, para intentar escapar. Mientras la prisionera permanecía de espaldas, gritándole al brujo que se desangraba en el suelo, corrió hacia las puertas e intentó abrirlas.

No se abrieron.

Por más que tiró con todas sus fuerzas éstas no cedieron ni un milímetro. Permanecieron cerradas, dejándolo a merced de una psicópata.

Angustiado las golpeó gritando para que le ayudasen.

— Chisk, brujo ¿a dónde vas?

Bruce quedó paralizado y sin respiración cuando sintió la gélida respiración de la mujer sobre su nuca. Estaba detrás de él. Su peor pesadilla se estaba haciendo realidad. Tenía al enemigo a sus espaldas y no había refuerzo que lo ayudase, esa noche iba a morir.

— Creo haber escuchado que una vez que cuelgas ese cartel nadie entrará en esta sala — se burló la joven riéndose de él. Rozándole con sus fríos dedos la nuca retirándole los sudados cabellos, Rhianny le aconsejó —. Elegiste el bando de los malos, niño. Lástima…. — chasqueó la lengua —…tanto potencial desperdiciado por sueños imposibles.

Bruce hizo acopio del poco orgullo y valor que le quedaba en su angustiado cuerpo. Si iba a morir quería morir mirándole a los ojos a la muerte, no de espaldas ni arrastrándose por el suelo suplicando por su vida.

Se giró lentamente y sosteniendo con fuerza el arma, ya descargada, la miró a los ojos.

Rhianny se sorprendió del valor que vio brillar en el fondo de sus ojos. El mortal se rebelaba contra ella, aceptando con orgullo su destino.

Lo cogió del mentón y le obligó a sostenerle la mirada.

— Es extraño encontrar a humanos como tú. Si juras aceptar los cambios que ocurrirán en tu clan te permitiré vivir.

La voluntad de Bruce se tambaleó. El deseo de vivir era demasiado fuerte, pero su orgullo lo era aún más. Apartándole de un manotazo la mano y golpeándola en la mejilla con el puño, le escupió en la cara.

— Nunca. Prefiero morir a deberle algo a una criatura como tú.

Rhianny lo miró fijamente.

Después de unos tensos segundos, en los que pudo escuchar con claridad el fuerte y desacompasado palpitar del corazón del mortal, Rhianny dictaminó, encogiéndose de hombros.

— Cómo quieras. Es tu decisión, brujo.

Bruce no cerró los ojos cuando la mujer se abalanzó sobre él, aullando como una fiera y enseñándole los largos y curvados colmillos. Al final era verdad que la muerte era fría belleza.

Imparable.

Deliciosa.

************

Mientras tanto en una de las celdas del calabozo, Markush era incapaz de permanecer quieto en la celda. Los asesinos se habían llevado a su hembra. Se sentía desesperado, a punto de volverse loco.

— Rhianny — susurró con angustia en la oscuridad de la celda, dejando caer los hombros, dolorido por las heridas que se produjo al intentar liberarse, pero debía de haber supuesto que las cadenas fabricadas de plata y forjadas con antigua magia lo iban a mantener fieramente apresado al maloliente agujero en el que sus huesos se pudrían desde hacía doce años —. Rhianny….

Repetía una y otra vez su nombre, obligándose a permanecer cuerdo, deseando fervientemente que aún siguiese con vida. No podía pederla, cuando por fin la había mirado a los ojos marcándola como suya.

Nunca antes la había visto. Después de ocho años escuchando como le gritaba y le criticaba, ahora podía ponerle un rostro a esa ronca voz.

Sonrió al recordarla. Largos cabellos plateados y unos bellos ojos blanquecinos que lo miraban……asustada.

Maldiciendo en alto, Markush golpeó con la parte de atrás de su cabeza la piedra de su prisión.

Sentía que su corazón se desgarraba en dos, su mente se quebraba al no sentir la presencia de la mujer.

Pasados unos minutos Markush aulló lastimeramente.

La necesitaba a su lado.

Ni las torturas ni las vejaciones habían conseguido quebrarle, pero separarlo de su compañera…los brujos al final habían alcanzado sus objetivos. Que él desease morir para liberarse de la pesada carga que había en su corazón.

************

De cuclillas frente a uno de los cadáveres, Rhianny limpió minuciosamente el puñal de plata con la rugosa tela del abrigo del fallecido.

Hablando sola Rhianny pensó muy seriamente que iba a hacer a continuación.

— Demonios, esto no entraba en mis planes. Se supone que soy una doncella en apuros — se quejó en alto pateando el suelo con rabia.

Su misión era muy sencilla, permanecer oculta y atenta a lo que aconteciese en ese agujero de ratas traidoras, informando cuando tuviese oportunidad de las novedades. El que acabase descubierta no entraba para nada en su plan. Se había despistado y no había renovado el camuflaje mágico que la mantenía lejos del toque de la magia de los brujos. Ya debió suponer que la barrera se estaba debilitando cuando sintió el intento de intrusión en su mente por parte de la joven bruja. Pero en lugar de reforzarla se puso a discutir con Markush.

Grave error.

Un error de principiantes y que lo cometiese ella que tenía más de dos mil años era muy, pero muy grave.

Al escuchar el tintinear de unas llaves al otro lado de la puerta la devolvió a la realidad.

Rhianny dejó escapar un gruñido cuando la puerta se abrió. Saltando hacia atrás se preparó para atacar alzando el puñal. Ya después de todo, otra víctima más no le iba a suponer ningún problema.

Lo que no se esperó fue encontrarse cara a cara con una mujer de no más de veinte años que sacudía un pañuelo blanco delante de su rostro.

— No me hagan nada. Por favor, no me haga daño — balbuceó la joven débilmente sin dejar de mover el pañuelo.

Rhianny se cruzó de brazos y apoyó el filo del puñal en su mejilla.

— Niña, si entras así estás pidiendo a gritos que te hagan daño, ¿qué quieres?

Como esperaba el aspecto que debía presentar toda cubierta de sangre y jugando alegremente con un puñal, causó la impresión que pretendía.

Asustarla.

Riendo Rhianny se le acercó sigilosamente y le quitó el pañuelo. La muchacha era pequeña, voluptuosa y como todas las demás brujas vestía con un vaporoso vestido que nada ocultaba a la vista.

Denigrante.

Al ver que no le contestaba, Rhianny volvió a preguntar.

— ¿Qué es lo que deseas?

Tragando con dificultad, Marie ignoró el espeluznante espectáculo que se encontró nada más entrar en la sala. Sabía que estaba en una sala de tortura, pero la sangre manchaba las paredes, los cuerpos inertes de los brujos estaban adquiriendo una tonalidad grisácea.

Era horrible. Las náuseas que sentía eran cada vez más fuertes.

Tartamudeando, consiguió contestarle.

— Venía a salvarla, pero…. — miró, a su alrededor, sin dejar de temblar —. Ya veo que estás bien.

Rhianny pensó unos segundos las palabras de la chica. Eran extrañas,… ¿cómo una bruja iba a salvar a una prisionera?

Alguien la enviaba, ninguna de las mujeres de ese clan tenían las agallas suficientes como para oponerse a los hombres. De pronto le vino a la mente la imagen de Sharon. Tal vez sí existía. La joven bruja que intentó por todos los medios entrar en su mente, tenía agallas, determinación. Aún no habían consumido su alma. Le recordó a las antiguas brujas que fundaron el clan hacía ya más de dos mil años.

— Gracias, niña. El detalle se agradece. No ocurre muchas veces que acudan a salvarme — Chasqueando los dedos delante de su cara intentando hacerla reaccionar, Rhianny le dijo —. Vamos, no te quedes parada, si nos quedamos aquí nos descubrirán. Además…— pasó por encima del cadáver de uno de los brujos caídos, seguida de cerca por la temblorosa bruja —…debo salvar a un chucho pulgoso al que le cogí cariño.

Marie la siguió, intentando no perderla de vista. Había sentido que esa mujer creía que estaba ahí porque la habían obligado, pero no era así.

Su compañero, desde hacía tres años era el jefe de la resistencia en las sombras, el único que se oponía a las decisiones que tomaba el Soberano. Pero por más que luchase para convencer a los demás hombres que debían rebelarse pocos eran los que le seguían fielmente, y……desde las sombras.

Ella le ayudaría, haría cualquier cosa para asegurarse que su marido siguiese con vida.

Le amaba más que a su vida y había conseguido cumplir su promesa de mantenerla a salvo de los demás hombres. A su lado estaba a salvo, protegida, amada de verdad y por ello y a pesar de que él le dijo que no cometiese ninguna locura de las suyas, se puso sus mejores galas para poder entretener a esos brujos antes de desmayarlos con su magia. Pero nada de eso fue preciso, la prisionera se encargó de todo y de una manera tan…. Sangrienta.

El trayecto a la entrada de los calabozos fue rápido. Con cuidado y procurando que no notasen su presencia, la mujer la condujo con eficacia por los pasillos de la mansión como si la conociese. En cuanto veía algún extraño, Rhianny la sujetaba y la obligaba a agacharse para no ser vistas. Gracias a sus reflejos consiguieron llegar sin problemas a la oscura entrada de los calabozos.

— Espera — le gritó Marie.

Rhianny paró en seco y la miró de reojo.

— ¡Qué pasa ahora!

Marie se revolvió nerviosa. Esos ojos, blanquecinos, como si estuviese ciega,... eran escalofriantes.

— De…. — tartamudeó, después de tragar saliva con dificultad, Marie prosiguió —. Debería ir yo antes. Si nos encontramos a los carceleros abajo, yo podría entretenerlos y...

— No. No harás nada parecido.

Marie soltó un grito estridente hasta que una callosa mano le tapó con fuerza la boca, acallándola. Con los ojos desorbitados y la respiración entrecortada por el susto, Marie dejó de luchar.

— Mírame.

Hasta ese momento, Marie no se había dado de cuenta que había cerrado los ojos al ser sorprendida.

— Me oíste bien, abre los ojos y mírame.

Marie le obedeció.

Al abrirlos, se quedó sin palabras al ver la furia en los ojos del hombre. La expresión de su cara era amenazante, capaz de palidecer hasta al más valiente guerrero. Sostenida con firmeza contra el cuerpo de él, Marie paseó su mirada absorbiendo cada detalle de su rostro. Moreno de tez canela, curtido por las batallas, impresionantes ojos azules, reluciendo con intensidad, nariz aguileña, labios rosados y tensos en una mueca disconforme y enfadada.

— Saca tus sucias manos de ella, brujo.

En menos de tres segundos, Marie acabó detrás del hombre siendo protegido por éste con su cuerpo.

— ¡Cómo has conseguido escaparte, criatura! — exclamó el sorprendido hombre.

Rhianny rompió a reír.

— Me han sacado a pasear, para que me despeje un rato — Callándose de golpe, ironizó —. ¿Tú que crees que pretendían hacer conmigo? Acaso hace tiempo que no te alimentas que ya no te acuerdas de cómo acabáis con las vidas de vuestras víctimas.

El hombre gruñó con fuerza. Pero cuando iba a atacarla Marie que se interpuso entre los dos.

— No le hagas nada,… — aguantó las ganas de temblar cuando la miró directamente a los ojos, en el fondo del iris blanquecino se veía con claridad una fina línea rojiza que llameaba con luz propia —. Es….mi marido.

La prisionera la sorprendió. Inmediatamente después de decirle entre titubeos que era su compañero, la mujer de cabellos plateados se relajó visiblemente, llegando a reírse con suavidad, mientras escondía el puñal entre sus ropas.

— Lo hubieses dicho antes, niña. No lo destriparé en agradecimiento ante tu intento de ayudarme. Ahora tortolitos, si no os importa tengo trabajo pendiente.

— Maldita mujer — farfulló entre dientes el brujo.

Rhianny sonrió, pero su sonrisa no llegó a sus ojos. Al pasar cerca de ellos, le miró directamente a él y después de comprobar por sí misma que el hombre seguía sin fiarse de ella al proteger a su compañera con su cuerpo, Rhianny les dijo.

— No sabes cuánta razón tienes, brujo.

Ni siquiera le importó si la seguían o no, si iban a informar a los demás brujos de su huída, nada……….no le importaba nada más. Solo quería salvarle.

Pero no estaría mal que de paso librarles del cautiverio a unos cuantos vampiros y lycans enfurecidos.

Que el caos imperase a su alrededor, que los prisioneros de las celdas se abriesen paso hasta las plantas superiores de la mansión mientras buscaban venganza.

Le vendría de perla.

Abrirían para ella un camino de huída, serían el cebo perfecto.

Los liberaría,…a todos.

No puedes Rhianny, estropearás tu tapadera si te apareces en los calabozos. Deja que sean ellos los que se ganen el derecho de tener la confianza de los prisioneros.

Gruñendo Rhianny se paró en seco y cerró los ojos.

Detrás de ella se quedaron mirándola la pareja. Ninguno de los dos podía siquiera sospechar que la mujer estaba conversando con su jefa que estaba a miles de kilómetros de distancia. Una jefa que tuvo que recordarle precisamente en esos momentos cual era su situación y su papel en toda esta historia.

Joder, vaya mala suerte la suya.

Ahora que estaba animada, la perra de Nix la hundía. La muy zorra no le dejaba cazar, que mantuviese su rol intacto.

¡Ja!

Qué ironía, si ya se había cargado a esos brujos, qué más daba unos pocos más. Pero su jefa no lo veía igual, y por mucho que protestase no iba a conseguir nada.

Lo mejor era seguirle la corriente y esperar.

Después de todo llevaba ocho años esperando vengarse de esos brujos y al fin había llegado el momento.

La profecía daba comienzo y ella por ahora debía ser una mera observadora.

Comentarios

  1. Espero que os animeis a dejarme un comentario si os va gustando la historia

    un besito

    y feliz año nuevo a todas!!!

    ^^

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