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Capítulo 3 Corazones oscuros



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Los chasquidos del látigo al surcar el aire antes de impactar con crueldad en la frágil piel de la condenada atrajeron como buitres a la carroña a los invitados del Soberano.

Como si estuviesen presenciando un bello espectáculo los vampiros y los brujos muertos por la curiosidad y excitados por el morbo se concentraron alrededor del círculo donde mantenían cautiva a Sharon atada a un poste de piedra. El vestido lo tenía roto y caía sin gracia en su cintura, dejando al descubierto su cremosa e intacta espalda ante la morbosa vista de sus verdugos.

Su inmaculada piel no tardó en sufrir los daños de los continuados golpes. En cuestión de segundos unos horrendos hematomas aparecieron y la sangre comenzó a deslizarse lentamente por su espalda hasta gotear al suelo.

Ante el olor a sangre los vampiros se pusieron nerviosos. A pesar de estar alimentados recientemente, exigieron que le brindasen mujeres con las que saciar la intensa necesidad de sangre que sentían en esos momentos.

No tardaron en convertir en una fiesta la cruel exhibición de poder de los brujos.

Brindaron con cada latigazo, apostaron cuanto tiempo permanecería la mujer despierta antes de caer desmayada agotada física y mentalmente fruto del ataque.

Durante esos interminables minutos de agonía Sharon se mordió los labios para no gritar de dolor ante sus captores.

Concentró su mente en los latigazos que recibía, jurando venganza con cada golpe.

Los contó.

Veintitrés latigazos.

Su padre ese día estaba inspirado.

Veintitrés.

Su edad.

Después de concluir el castigo, sus verdugos a los que no pudo reconocer al llevar unas máscaras negras ocultando tras ellas sus rostros, fue desatada y arrastrada hasta los subterráneos.

Al ver que la joven no podía caminar con facilidad, la sujetaron de los brazos y alzándola la bajaron deprisa hasta el nivel de las celdas.

Pasaron de largo cuatro celdas de las que se escuchaban los roncos gritos agónicos de sus ocupantes. Al llegar a la quinta celda, la abrieron y la lanzaron dentro, para encadenarla de las manos y de los tobillos a una de las paredes.

— Aprenderás a obedecer, puta.

Antes de desmayarse Sharon escuchó las hirientes palabras de uno de los brujos que no dudó en patearla antes de irse.

Las lágrimas que por tanto tiempo reprimió se deslizaron silenciosas mientras se dejaba llevar por la consoladora inconsciencia, deseando de todo corazón que todo lo que le estaba pasando no fuese más que fruto de su mente.

No fue hasta cerca de la medianoche del día siguiente cuando Sharon recuperó el sentido.

Dolorida entreabrió los ojos y reprimió las arcadas que le sobrevinieron ante el nauseabundo olor que se condensaba en aquel lugar.

Olía a muerte y putrefacción.

Asimilando que la habían encerrado en una celda, Sharon paseó la mirada por el lugar. Los tenues rayos de la luna que inundaban la sombría celda que proyectaban extrañas sombras con las siluetas de los barrotes, le permitieron distinguir con claridad su nuevo hogar durante los próximos diez angustiosos días.

Era tal y como se había imaginado que serían los calabozos de la mansión. Apestosos, fríos y con rastros de sangre y marcas de uñas en las paredes y en el suelo, recuerdos que dejaron sus anteriores moradores. Unas marcas del horror que allí vivieron los prisioneros hasta el momento en que los brujos se dignaron a bajar para arrancarles el corazón y alimentarse de esa manera del latente poder que palpitaba en un corazón inmortal, absorbiendo toda la magia y asimilándola como suya. Un oscuro don que poseían los hombres nacidos en el clan y por el que llegaron a convertirse en los más temidos y odiados por las otras criaturas mágicas.

Estaba atrapada, encerrada en vida y no podía pedir ayuda a nadie. Por más que quisiese nadie se dignaría a poner la mano en el fuego por ella. La habían traicionado desde que tenía uso de razón, machacándola sin descanso ni piedad.

En ese momento recordó uno de los pocos consejos que le dio su madre antes de su inesperada muerte.

Conoce a tu enemigo, busca sus debilidades y conviértelas en tus puntos fuertes.

Por una vez le haría caso.

Estudiaría el entorno hostil en el que se encontraba y buscaría la manera de encontrar una salida a ese infierno.

Con ese propósito, Sharon cerró los ojos y sondeó con su mente las celdas que la rodeaban captando los tenues murmullos de los demás prisioneros. El dolor que desprendían era tan grande que la colapsaron, obnubilando su mente durante unos instantes. La angustia que sentían mezclada con el miedo y el odio la impactó como si hubiera recibido una descarga y la dejó jadeante y temblorosa apoyándose contra el muro para no caer al suelo de la impresión.

Su poder más desarrollado era la telepatía, captar los pensamientos y los sentimientos de las personas que la rodeaban. Un don que muchos deseaban pero que ella despreciaba con todas sus fuerzas al no ser capaz a veces de distinguir entre la realidad o las sombras del pensamiento ajeno. Por suerte y tras años de duras prácticas, consiguió dominar su personal maldición hasta el punto que era ella cuando decidía entrar en una mente.

Sufriría esos diez días lo que nunca antes había pasado, pero nada comparado con el infierno que tendría que vivir una vez pasado esos días de confinamiento. Si los brujos no llegaban a encontrar a Deborah ya fuese viva o muerta, la seguirían culpando y muy probablemente William ordenaría su muerte como un medio de castigo para demostrar a todos que impartiría su poder por igual.

Su destino era muy negro.

Y si las cosas seguían como hasta ahora, acabaría como el quebradizo esqueleto que pendía de unas cadenas en una esquina olvidada de la celda, consumiéndose hasta acabar convertido en cenizas.

Sin poder contenerse Sharon rompió a llorar.

— No llores muchacha, no les des el placer de verte vencida.

Sharon abrió los ojos sorprendida al escuchar esa voz ronca y grave cerca de ella.

Miró a su alrededor y vio que en la celda en la que estaba no había nadie más. Estaba sola acompañada tan solo de un escalofriante esqueleto que la miraba con sus cuencas vacías.

El hombre que le había hablado debía ser un prisionero de una de las celdas contiguas, que se aprovechó de la resonancia que había en los calabozos y que conectaba las celdas por los conductos de aire.

— Es fácil decirlo — susurró en voz baja, tirando de las cadenas que la mantenía presa —. Es muy fácil decirlo.

Ella no esperó que le llegase a escuchar.

Pero él lo hizo y su respuesta la desconcertó, ya que el hombre rompió a reír escandalosamente moviendo sus cadenas que tintinearon al golpearse contra el suelo.

Su extraña respuesta era todo un misterio. ¿Cómo un hombre que estaba prisionero a manos de sus enemigos, que en un momento a otro podía matarle, era capaz de reírse de esa manera?

El confinamiento en aquellas oscuras celdas trastornaban las mentes de los prisioneros hasta que olvidaban hasta sus propios nombres. El encierro volvía locos a cualquiera que se viese en esa situación.

Aquel hombre que la llamaba con la voz rota y ronca se reía en su agonía, y trastornado o no, el hombre sobrevivía a la tortura de la soledad alejando su mente de la dura realidad y agarrándose como un clavo ardiente a la voz de un extraño.

— Niña debes aprender que la vida es un puto camino de desgracias — Le dijo una vez que se calmó y dejó de reír —. Lo único que vale la pena es joderles la vida a tus enemigos, hasta tenerlos suplicando a tus pies. Si tu quieres, puedes, muchacha, no lo olvides nunca y sobrevivirás a esto.

Sharon bufó, negando con la cabeza a pesar de que nadie la veía.

¡Qué fácil era decirlo!

¡Qué fácil era decir que podía con todo si se lo proponía!

Pero después de escuchar durante años que solo servía para entretener sexualmente y que no era más que una inútil mujer, no estaba muy convencida de su valía.

Su corazón deseaba ser libre, escapar de todo, pero su mente racional no hacía más que recordarle las traumáticas experiencias, minándole los ánimos.

Por eso le hacían gracia las palabras del hombre.

Era muy fácil dar ánimos, pero como decían las canciones antiguas las palabras se las llevaba el viento y después quedabas sola con tus problemas y sin poder hacer nada más que lamentarse al no haber reaccionado a tiempo.

— No sabes nada. Estoy jodida.

Las roncas carcajadas del extraño la interrumpieron.

— Acaso crees que estoy atado como un perro a la pared por gusto. El sado no me va, niña.

Antes de que pudiese contestarle, otra voz se les unió.

— ¡Déjala tranquila perro! — La chillona voz de mujer resonó con fuerza —. Nadie quiere escuchar tus estupideces. Bastante tiene la chiquilla con habituarse a su nueva situación, como para soportar tus charlas inútiles.

El hombre gruñó con fuerza, tironeando con salvajismo las gruesas cadenas que lo mantenían preso.

— Nadie te dio velas en este entierro, zorra. ¡No te metas en nuestra conversación!

La mujer chasqueó la lengua con reproche.

— Húndela más hablando de la muerte machito. Si es que eres inteligente……— ironizó enfureciendo más al hombre, que comenzó a insultarla con un florido repertorio de maldiciones.

Sharon no pudo reprimir una leve sonrisa.

La intensa discusión entre esos dos le recordó a las veces en que Deborah la enfadaba y acababa chillando con ella perdiendo los nervios con sus ideas disparatadas. Esos dos eran iguales, discutiendo acaloradamente desde sus respectivas celdas sin que les importase que les separase unos muros de piedra.

Las maldiciones que se gritaban el uno al otro elevaron el tono de sus voces hasta hacerse escuchar con fuerza en todas las celdas asustando a los presos por la intensidad de la pelea. No querían que alertasen a los brujos. Si seguían gritando de esa manera acabarían bajando para ver que sucedía.

Sharon cerró los ojos y permitió que su mente se vaciase.

El escuchar las voces de otras personas que estaban pasando lo mismo que ella, la tranquilizaba. Si ellos podían sobrevivir a ese calvario, ella también lo haría. No se dejaría vencer tan fácilmente.

Al abrir los ojos de nuevo, Sharon canturreó consiguiendo que esos dos se callasen al momento y bufasen a la vez de disgusto.

— Los que discuten se desean.

El silencio que se produjo a continuación fue tenso, casi se podía palpar.

— Yo no deseo a…. — contestaron al unísono con intensidad, consiguiendo que Sharon rompiese a reír de nuevo.

Al haber contestado los dos al mismo tiempo y las mismas palabras, protestaron enérgicamente.

— ¡Eh! Maldito no repitas lo que yo digo — escupió la mujer con la voz alterada.

El hombre no se quedó atrás.

— Eres tú la que te metes en mi cabeza, zorra.

Sharon cerró los ojos y buscó con su mente los rostros de los dos prisioneros. Después de unos segundos vagando y tanteando por las celdas de al lado, consiguió verlos, o al menos a uno de ellos.

El hombre que en esos momentos se burlaba de la otra prisionera estaba atado en la celda de al lado, con unas largas cadenas alrededor de su cuello. Cuando levantó la cabeza Sharon ahogó un gemido de sorpresa.

Lo conocía.

El día que lo capturaron, ella estaba espiando desde los pasadizos que conectaban el piso superior con la sala de audiencias donde llegaban los brujos con las presas que deseaban mantener con vida. A pesar de que no era más que una niña, los fieros ojos de ese hombre se le clavaron en su mente, grabándose a fuego en su corazón, jurándose que nunca iba a matar despiadadamente como lo hacían los demás. Por él se había negado a cazar para su familia, convirtiéndose de ese modo en una puta de lujo.

Era Markush Heimdall, el poderoso Rey de la raza lycans. Un feroz guerrero que ni los años de prisión consiguieron mermar su orgullo, ni la desesperación por saber que ocurrió en su hogar después del ataque en el que lo apresaron. Pero que por desgracia los suyos dejaron de buscarle después de cinco años sin tener noticias de él, considerándolo oficialmente muerto.

Los miembros del Consejo Lycan le dieron por muerto y acallaron las protestas de los allegados de Markush, amenazándoles con castigarles si continuaban investigando.

Si su padre aún lo mantenía con vida muy probablemente era para asegurarse que los lobos no los atacasen, pues si lo hacían los brujos acabarían con la vida de su líder después de sorprender a los lycans que no se creerían que su Rey siguiese con vida.

Al verlo gruñir mostrando sus colmillos, Sharon recordó cómo era antes de permanecer doce años prisionero en una celda. Su rostro estaba demacrado y sus cabellos azabaches eran largos y grasientos. Su cuerpo se había resentido al haber permanecido tanto tiempo confinado, sus músculos estaban débiles y le dolían cada vez que realizaba un movimiento brusco.

Markush habría cambiado físicamente pero sus ojos permanecían igual de brillantes, mostrando una fiereza y una inteligencia que producían auténtico temor a quienes lo mirasen fijamente.

Dejando el rostro furioso del hombre atrás, Sharon buscó a la misteriosa mujer que no dejaba de meterse con el lobo. Pero por más que intentó encontrarla, no pudo.

Sabía en que celda estaba, sentía su presencia, pero había una barrera que le impedía traspasar los barrotes de su prisión para poder verla.

Al tercer intento de romper las barreras, Sharon escuchó en su mente.

Ni lo intentes, niña. Tu poder no puede quebrar mis barreras.

Decir que Sharon quedó asombrada al escuchar la clara voz de la extraña en su mente era decir poco, estaba completamente anonadada. Nunca nadie había conseguido entrar en su mente de esa manera, tan fácilmente.

¿Quién eres?

Su pregunta quedó sin respuesta, ya que en esos momentos bajaron una cuadrilla de brujos. Los presos al escuchar las pisadas de los brujos comenzaron a ponerse nerviosos, aullando de temor y arañando los barrotes de las pequeñas ventanas que daban al patio de la mansión y por los que ventilaban las apestosas celdas.

Sharon se mantuvo alerta, temblando al pensar que esos hombres iban tras ella. Mantuvo la vista clavada en la puerta hasta que escuchó cómo se alejaban de su celda y seguían de largo hasta pararse delante del calabozo de la mujer extraña que comenzó a gritar a sus captores.

Al oír los agónicos gritos de la mujer que se resistió a ser sacada de la celda, Sharon cerró los ojos con fuerza y deseó poder taparse los oídos con las manos, pero las cadenas se lo impidieron.

Cuando los brujos pasaron cerca de su celda, Sharon abrió los ojos y pudo verla a través de los barrotes. Sus ojos eran blanquecinos como si estuviese ciega con largos cabellos plateados, esbelta y alta, una amazona hermosa y salvaje que no dejó de golpear a sus captores, luchando por liberarse.

— ¡Dejadla tranquila!

Markush tiraba con fuerza de sus cadenas intentando liberarse. Su peor pesadilla se estaba haciendo realidad. La luz, su única compañía durante los años de encierro era llevada de su lado. Tenía que impedirlo, pero por más que luchó, que forzó…las cadenas no cedieron ni un milímetro. Se sentía impotente, inútil.

Ante él se llevaban a la hembra y él no podía hacer otra cosa que mirar a través de unos gruesos y oxidados barrotes.

— ¡Markush! — Gritó la mujer con ansiedad revolviéndose —. ¡No! Debo quedarme con él. No podéis separarme de Markush.

Las risas de los brujos se escucharon por todo el lugar.

— ¡Soltadla! — gruñó Markush rechinando los dientes, dispuesto a destripar a esos brujos que osaban tocar a la hembra que era suya. Los mataría, juraba por todo lo sagrado a su raza que acabaría con ellos —. ¡¡¡Rhianny!!!

Sharon escuchó los gritos de Markush que resonaron con fuerza.

Los brujos al escuchar la intensidad del deseo de protección del prisionero, se burlaron de él y golpearon con sorna la puerta de su celda.

— Mirad como el lobo gruñe por la mujer. — las carcajadas de los brujos alteraron más a Markush que comenzó a tirar con fuerza de la cadena hasta acabar herido —. No te preocupes lobo, la trataremos muy bien.

Sharon no tuvo necesidad de invocar su poder para saber que los brujos estarían sobando a la mujer delante de la celda de Markush para alterarle.

Ella conocía muy bien la retorcida mente de los hombres de su clan. Ellos disfrutaban torturando mentalmente a sus presas antes de acabar lentamente con sus vidas.

— ¡Soltadla malditos! — bramó Markush desesperado al sentirse indefenso e inútil por no poder proteger a la mujer que amenizó los años de su confinamiento —. Pagaréis por esto con vuestras vidas.

El juramento del lycans se escuchó en todas las celdas, sacando del estado vegetativo de la mayoría de los presos, que sonrieron con debilidad al imaginarse libres y con los brujos muertos a sus pies.

Sharon cerró los ojos e intentó calmar su alterado corazón, resentido por todo el dolor que su gente causaba a los demás, avergonzando a los brujos y brujas que no compartían las ideas radicales de su gobernante, pero que por temor se mantenían ocultos en las sombras no dispuestos a perder sus vidas y su prestigio para salvar la vida de un puñado de criaturas trastornadas y muertas en vida.

Todos eran unos asesinos, los que alzaban los puñales y acababan con las vidas de los condenados, y los que callaban y permitían esas atrocidades.

Sharon echó hacia atrás la cabeza y llorando en silencio le suplicó a la noche ayuda.

Por favor, que alguien me oiga. ¿Por qué todo tiene que ser tan difícil?

Llevaba cerca de dos días dormitando en una cueva oculta en lo más profundo de la cumbre de la montaña. La nieve cubría la entrada y lo mantenía seguro ante los cazadores naturales de ese hábitat y a pesar de llevar dos días en los límites del dominio lycans ningún lobo había salido en su búsqueda. En su cautiverio el hambre, la necesidad de sangre fue terrible, aumentando progresivamente hasta hacerse casi insoportable.

Pero no pudo salir de caza, se arriesgaba a empeorar si se hubiese dejado llevar por el hambre y hubiese salido de la cueva en busca de alguna presa a la que llevarse a la boca. Pero no iba a cometer el mismo error dos veces. Se recuperaría y buscaría venganza.

….Que alguien me oiga,…que alguien me ayude…

************

Jared se despertó de su sueño reparador al escuchar una voz en su mente.

Después de revivir la trágica noche en la que su familia adoptiva murió a manos de unos asesinos una y otra vez en su torturada mente, escuchar una voz que no reconoció lo despertó de golpe, sobresaltándolo.

Incorporándose con lentitud, dolorido aún por las heridas que no sanaban como deseaba, Jared cerró los ojos y buscó esa voz.

Por favor….

Era una mujer.

Una joven que gritaba con desesperación a los vientos y que por el tono de desesperanza de su voz no esperaba que alguien la escuchase.

Al notar su miedo Jared sintió la necesidad de protegerla, una necesidad imperiosa de llegar hasta la mujer y alejarla de todo el peligro que la acechase. Durante un momento hizo suyo su dolor y se le encogió el corazón hasta que sintió que estaba a punto de salirse del pecho.

La intensidad de esos sentimientos fue tan abrumadora que lo dejó aturdido y con el cuerpo tenso.

Gruñó antes de golpear el suelo con el puño. El dolor cruzó velozmente su brazo, pero Jared lo ignoró y siguió golpeando repetidamente la dura tierra, hasta que desahogó parte de la angustia que sentía.

¿Dónde estás? Murmuró en su mente procurando que sus palabras llegasen a la mujer. Deseaba tranquilizarla, confortarla en su sufrimiento.

El tiempo pareció que transcurrió muy lentamente hasta que escuchó de nuevo la temblorosa voz de la mujer.

Estoy presa. …. ¿Eres real? Le preguntó como si temiese que no fuese más que una ilusión producida por su torturada mente.

Jared le envió sentimientos de calidez, al tiempo en que le contestaba.

Soy muy real.

El llanto de la joven, le alteró. Sus lágrimas escocieron como lava ardiente en su mente.

No llores pequeña, nada malo te sucederá. Iré a por ti.

Sharon abrió los ojos asustada.

Temerosa no por su vida, sino por la del hombre que intentaba consolarla. Si iba a buscarla, si llegaba a encontrarla, su vida correría peligro. Los brujos no dudarían en matarle y no podría soportar otra muerte más sobre su conciencia.

— No,… — susurró con voz débil mientras tiraba de las muñecas intentando romper las gruesas cadenas, haciéndose daño. Pero no le importó las heridas que se provocó, su corazón dolía con mayor intensidad —. No vengas a por mí. Morirás si vienes.

Jared lo sintió.

Lo que nunca creyó conocer. El cálido sentimiento de la conexión que había entre él y la mujer. Los de su especie solo tenían una verdadera compañera durante su larga existencia. Eran pocos los que la encontraban. Hombres afortunados que se condenaban a una vida de preocupaciones, protegiendo de todo mal a su mujer.

Él siempre se juró no caer rendido bajo los influjos malignos de la conexión, pero al sentir la desagarrada voz de la mortal dentro de su mente lo alteró. Su corazón sintió su dolor, su cuerpo reaccionó a sus palabras.

Ella estaba preocupada por él, aún sin conocerlo.

Lloró por él.

En el momento en que ella lloró por él, se había condenado.

Decidido, Jared se levantó y estiró su dolorido cuerpo, mascullando una retahíla de maldiciones por los calambres que sintió.

Iría a por ella.

Por la mujer mortal que fue capaz de atravesar las barreras de su mente y llenar de luz la oscuridad que era su vida.

Era la Elegida para ser la dueña de su corazón.

Lucharía por ella.

Por nada del mundo iba a permitir que nadie dañase lo que era suyo.

La salvaría de su mundo, de la soledad que consumía su alma.

No llores, mi dulce. Le susurró intentando plasmar en su voz una nota consoladora. Nada malo me sucederá. No temas por mí.

Sharon se quedó mirando a la oscuridad de su celda. Las lágrimas corrían libres y silenciosas por sus enrojecida y magulladas mejillas, dejando un rastro de pura desesperación en su demacrada cara.

— No puedes saberlo. Los que subestimaron a mi familia, perecieron — susurró.

El corazón de Jared rebosó de cálida felicidad al sentir la preocupación de la joven. Saber que alguien más se preocupaba por él le llenó de felicidad ya que desde siempre él envidió el amor que unía a sus tíos.

Él también deseaba tener la suerte de encontrar un amor que lo acompañase por toda la eternidad y le colmase de alegría y felicidad durante los fríos y largos siglos venideros.

Un amor que no dudase en entregar su vida, en entregarse completamente, un amor puro y salvaje.

Y ahora que había encontrado una mujer con la que podría iniciar una intensa relación, no la dejaría marchar de su lado.

Sería su mujer.

Su compañera.

Confía en mí, pequeña. No permitiré que nada malo te suceda.

Que nada malo me suceda, dices. Pensó Sharon con ironía al tiempo en que se reía amargamente en la soledad de su prisión.

Jared gruñó.

La mujer no confiaba en que la salvaría. No creía sus palabras.

Pero ya descubriría que su palabra era ley.

Espérame. Le prometió finalmente. Esta noche serás libre….

¿Sin siquiera saber tu nombre? susurró con voz cansada la joven.

Jared sonrió.

Jared, pequeña. Mi nombre es Jared.

Cerrando la conexión que se abrió entre los dos Jared susurró a la noche mientras salía de la cueva y respiraba aire limpio por primera vez desde hacía dos días.

— Esta noche te salvaré y caminarás a mi lado por toda la eternidad.

Su promesa susurrada se perdió en el viento transportada lentamente por todo el valle. Unas palabras que pronunció en alto con toda la intensidad de su corazón.

Ante todo un vampiro cumplía siempre una promesa.

Y él, aunque le costase su vida la llevaría a cabo.

Comentarios

  1. Gracias por los capis, espero que la sigas colgando
    un saludo

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