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Capítulo 2 Corazones oscuros




-2-



Sharon no supo cuanto tiempo permaneció de pie cerca de la puerta de entrada de la mansión luciendo una sonrisa forzada a las criaturas que llegaban y que se suponía que debía dar la bienvenida.

Estaba cansada y le dolía la cara después de sonreír sin ganas a los invitados que aparecían a cuenta gotas, dispuestos a pasárselo bien en la fiesta que convocó el Soberano William para celebrar el éxito de la cacería de esa noche.

Por suerte Deborah seguía en su cuarto, porque con el humor que tenía esa noche los brujos se habrían dado de cuenta que ella fue la que informó a los hechiceros que iban a ser atacados. Informar al enemigo era alta traición y se condenaba a muerte.

Después de dejar a su hermana descansando en el cuarto, fue a ver a William siguiendo las órdenes de Roger que la encontró descendiendo las escaleras rumbo al salón para atender a los numerosos invitados.

Caminó nerviosa hasta el despacho del Soberano situado en la segunda planta de la mansión. Un hermoso lugar en el que se decidía la hora y el día de ataque a comunidades de criaturas inmortales.

Después de pedir permiso para entrar golpeando suavemente la puerta, Sharon se temió lo peor al ver al hombre tan nervioso. Lo primero que se le pasó por la cabeza fue que el hombre supiese de su plan de huída, pero por el modo conciliador con que la miró, Sharon suspiró con alivio.

No sabía nada de sus planes. Por suerte, William no sospechaba nada. Si lo hiciese, en esos momentos las implicadas en la futura huida estarían en los calabozos compartiendo celda con los demás prisioneros.

— Hija que hermosa estás esta noche — Sharon lo vio venir. Le iba a pedir algo. Estaba segura, sino no sería tan amable con ella. Su suposición no fue por mal camino —. Tengo que pedirte algo.

Sharon sonrió con sarcasmo en su mente. ¡Cómo conocía a su familia!

— Sí padre, en que puedo ayudarte — le contestó con fingida humildad que sorprendentemente William creyó.

— Esta noche tenemos invitados muy importantes en casa. Debes atenderlos con tus mejores galas.

Sharon asintió aunque por dentro estaba deseando estrangular con sus propias manos a su progenitor. La trataba como una puta. Una zorra de lujo que saltaba cada vez que él le decía que saltase. Y para su desgracia se veía obligada a obedecerle si deseaba seguir viviendo.

¡Qué sorpresa se llevaría cuando se encontrase solo en aquella mansión, gobernando a un puñado de cretinos que lo seguían ciegamente por los beneficios que obtenían con sus estrictas y ridículas normas!

— Algo más padre.

— No. Eso es todo — le espetó con frialdad. De nuevo era el Soberano. Después de conseguir sus objetivos retornaba su verdadero rostro dejando atrás al padre cariñoso que fue una vez.

Nada más salir del despacho, Sharon tuvo que apoyarse contra una mesa de madera tallada a mano y donde encima de ella permanecía colgado uno de los numerosos espejos que había por los pasillos de la mansión, le fallaron las rodillas presa de los temblores.

Al ver su reflejo en el espejo lamentó nuevamente la vida que le había tocado a vivir. Las ojeras que presentaban eran muy profusas acentuando el intenso color azul de sus ojos. La delgadez de su cuerpo era fruto de los nervios y de la tensión que vivía día a día. Delineó con las yemas de sus dedos la clavícula que se veía con claridad, estaba en los huesos. Apretó la mandíbula y observó su rostro. Su cara mostraba la angustia que ahogaba su corazón y quebraba su alma lentamente.

Cuándo acabará esto.

Pero la preocupación por su futuro se borró de su mente al ingresar en el bullicioso salón. El lujoso salón estaba adornado con fastuosidad, mostrando todo el resplandor y todo el poder financiero que poseían los brujos, gracias al apropiarse de los tesoros de sus víctimas.

Sharon quedó unos segundos parada en la entrada del salón observando a las personas allí reunidas. Las mujeres de su clan, las únicas hembras en la mansión, paseaban con sus vaporosos vestidos entre los alegres invitados mientras estos las sobaban palmeando sus traseros y se reían de sus reacciones. Entre los achispados y algo alcoholizados brujos bebían y conversaban seres de otras razas.

Concentrando sus poderes, Sharon pudo distinguir vampiros y gárgolas, peligrosas criaturas que comerciaban con los brujos ignorando a posta los cruentos asesinatos que cometían, por el bien del comercio.

La joven tembló al ser rozada lascivamente por un vampiro que pasó cerca de ella. Odiaba a los vampiros. Prefería mil veces acompañar a los hombres lobos y a las gárgolas que a esos esnob chupadores de sangre. Era asqueroso como la miraban con lascivia y se relamían los labios imaginándose posiblemente a que sabría su cálida sangre.

— Que tenemos aquí — Sharon levantó la cabeza y se encontró cara a cara con los oscuros ojos de un vampiro que la miraba de arriba abajo observándola con atención —. Eres una preciosidad.

Instintivamente Sharon se apartó, pero el vampiro al ver que ella daba un paso hacia atrás la sujetó de los cabellos y la acercó bruscamente a él. El penetrante olor a perfume caro le revolvió el estómago a Sharon.

El vampiro pertenecía al clan de esnobs llamados Asfert. Un clan vampírico que se caracterizaba por tener a los más bellos vampiros entre sus filas, siempre vestidos con caros y extravagantes trajes de marca y peinados a la última moda. Un clan que se enorgullecía del éxito y del poder que habían alcanzado a través de los siglos. Y el tatuaje que lucía en la base derecha del cuello con forma de una punta de flecha atravesando su piel era el emblema de ese clan y la manera más rápida de identificarles a simple vista.

Ahogando un gemido de dolor, Sharon se encontró atrapada entre los fuertes brazos del vampiro.

— ¡Suéltame! — chilló desesperada mientras se revolvía.

Su miedo la superó.

Su mente le decía que debía dejarse tocar.

Las órdenes de su padre fueron que divirtiese a los invitados no que los incomodase con sus gritos.

Pero al contrario de lo que pensó, sus gritos no enfurecieron al vampiro más bien lo contrario, lo excitaron.

La rebeldía de la bruja le alegró la noche a Robeirt Sthepenson. Era difícil encontrar esos días hembras que le excitasen. O se desmayaban al descubrir que los vampiros existían realmente y no eran sólo personajes de la literatura o eran unas perras codiciosas que disfrutaban con el dolor restándolo diversión.

A él le gustaban las mujeres que se le resistiesen. Deseaba que le mostrase las uñas cuando él la estuviese montando y esta perra que sujetaba con fuerza le daría una buena noche.

Con el propósito de hacerla suya Robeirt la arrastró por el salón en busca de uno de los sofás que había en la esquina oscura de la amplia sala y que se utilizaban para aliviar las necesidades sexuales que surgían después de disfrutar litros de sangre y alcohol. En uno de aquellos sillones la tomaría sin miramientos, sumergiéndose en ella y bebiendo su cálida sangre hasta que el orgasmo lo dejase exhausto sobre ella.

Luchando contra la joven, que tiraba desesperadamente para liberarse de su agarre, Robeirt saludó con la cabeza a los compañeros con los que se cruzó y que le silbaron al ver la buena presa que había conseguido, riéndose en alto de bromas subiditas de tono. Ignorando las sugerencias que le gritaron, Robeirt lanzó a la bruja al primer sofá que encontró desocupado.

La mujer no le decepcionó, en cuanto se vio libre intentó levantarse y escapa. Soltando una carcajada Robeirt la agarró del pelo y la tumbó de espaldas en el mullido sofá aprisionándola con su cuerpo.

— ¡Ah! Bruja, no te resistas, esta noche será inolvidable.

Sharon bufó antes de contestarle escupiéndole en la cara.

— Nunca disfrutaré a manos de un vampiro.

El hombre se rió sobre ella, rozándole el vientre con su prominente y excitada verga.

— Quien dijo que vayas a disfrutar de nuestro jueguecito — le sujetó los brazos por encima de la cabeza dejándola expuesta e indefensa ante él, con la mano libre le desgarró el vestido y chasqueó la lengua con aprobación al ver sus cremosos pechos —. Sólo te informé que no olvidarás esta noche, mujer, no que disfrutarías de mis atenciones. Las que son como tú no merecen disfrutar, me darás tu cuerpo y tu sangre — mientras la penetraba bruscamente consiguiendo un jadeo de dolor y amargas lágrimas de la joven bruja, Robeirt le susurró con la voz ronca —. Lo quieras o no.

Sharon cerró los ojos unos segundos, asqueada.

Se sintió sucia.

Los gemidos del vampiro la atormentaron y las fuertes embestidas la partían en dos quemándola por dentro con su espantoso ritmo que con cada segundo que pasaba se aceleraba.

Llorando en silencio e intentando vaciar su mente para no vivir la humillación que estaba sufriendo, Sharon volteó el rostro y fijó su mirada en la pared, deseando que la pesadilla finalizase.

Pero la suerte no estaba de su lado.

El ronco gemido que soltó el vampiro al alcanzar el clímax no fue más que el principio de una larga agonía que Sharon tuvo que soportar hasta el amanecer, momento en que el vampiro la dejó libre tirada en el sofá con varios mordiscos en el cuello y pecho, el cuerpo cubierto del asqueroso semen del vampiro y el vestido olvidado en un rincón del suelo.

Cuando se sintió capaz de levantarse del sofá, Sharon caminó con lentitud, jadeando de dolor, hacia su habitación. Entre sus brazos sostenía la estropeada tela de su vestido. Intentaba cubrirse su cuerpo desnudo y sucio con esa rasgada tela pero era en vano.

Con esfuerzo Sharon abrió la puerta y entró en el cuarto yendo derecha al baño. Necesitaba una buena ducha, limpiar toda la porquería de su cuerpo, porque la mierda que sentía sobre su alma no se iría nunca.

Debajo del chorro de agua caliente lloró hasta quedar sentada en el plato de la ducha abrazándose y buscando un consuelo que le calmase su desgarrado corazón. Sus lágrimas se mezclaron con la espumosa agua desapareciendo por el desagüe, como siempre desaparecían sus sueños, lentamente alejándose de ella hasta perderse en la oscuridad.

Minutos después, cuando consiguió calmarse, cerró el grifo de la ducha y salió envolviéndose el cuerpo con una toalla.

No fue hasta entrar de nuevo a la sección de su habitación en la que estaban las camas, secándose vigorosamente los cabellos con una pequeña toalla de mano cuando buscó a Deborah con la mirada. Le extrañaba que la joven no la hubiese parado en el momento en que entró en el cuarto para acribillarla a preguntas.

Siempre que la obligaban a quedar en su cuarto Deborah la esperaba despierta ya que según ella era incapaz de conciliar el sueño si no sentía que había alguien más en el cuarto. Por más que lo intentase no podía superar su temor a la oscuridad.

— ¿Deborah? — preguntó Sharon preocupada al no encontrar a su hermana en su cama. Una cama que estaba intacta como si nadie hubiese dormido en ella.

Dejando caer al suelo la húmeda toalla con la que se estaba secando los cabellos, Sharon registró el cuarto desde el vestidor hasta los tres armarios empotrados, pero no encontró a Deborah por ningún lado.

— ¡Deborah! — chilló histérica.

El ruido de la puerta al abrirse sorprendió a Sharon que se giró y rezó que fuese su hermana, que regresaba a su cuarto después de buscar un vaso de agua. Sus esperanzas se quebraron al ver el rostro preocupado y ansioso de Roger.

— ¿Qué sucede Sharon? — Abrió la puerta del todo y entró unos pasos en el cuarto —. ¿Por qué gritas de ese modo?

Sharon dudó unos segundos.

Si le contaba que su hermana estaba desaparecida estaría en problemas, pero si su hermana no había escapado por voluntad propia la que estaría en graves problemas sería Deborah. La preocupación por su hermana venció al miedo de una posible represalia a su persona.

— Deborah no está. Busqué por todo el cuarto pero no está. ¡Ha desaparecido!

Roger estuvo a su lado en cuestión de segundos. Sujetándola de los hombros la miró a los ojos directamente acallándola con su pétrea mirada.

— Cuéntame lo que ha pasado — le exigió.

Sharon negó con la cabeza.

Ni ella misma sabía lo que había sucedido. Le había dejado las cosas claras a su hermana. Creía que la joven había entendido que ella lo tenía todo preparado para escapar de la mansión. Estaba segura que le debía de haber pasado algo, Deborah nunca la dejaría atrás.

— No lo sé, Roger. No sé lo que le pasó a Deborah. Anoche seguí las órdenes de mi padre y atendí a los invitados.

El hombre la interrumpió al preguntarle con impaciencia.

— ¿Regresaste a tu cuarto en algún momento de la noche?

— No. Estuve ocupada.

Roger la miró como si dudase de sus palabras.

Enfurecida, Sharon le gritó.

— Un vampiro se entretuvo con mi cuerpo durante toda la noche, me soltó cuando el sueño diurno le impidió mantener los ojos abiertos.

Roger la soltó y se alejó de ella un paso. La furia y el dolor que leía en sus cristalinos ojos, le conmovió y revolvió algo que creía muerto en su corazón.

La conciencia.

En menos de quince años la situación de su clan cambió radicalmente. Bajo el reinado de William las reglas que dirigían a su gente se habían vuelto más estrictas y severas, sobre todo para las mujeres. Ellas habían sido las mayores perjudicas.

Procurando que su voz no sonase afectada, Roger le habló calmadamente, pensando al mismo tiempo en cómo le iba a decir a William que una de sus hijas había desaparecido de la mansión y nadie se había dado cuenta.

— Tranquilízate Sharon. Cuando acabes de vestirte ven al despacho de tu padre.

— ¿Quién le dirá a…?

Roger la interrumpió con un gesto.

—Se lo diré yo si así lo deseas. William deberá entender que no fue culpa tuya que la alocada de tu hermana se escapase — Sharon tuvo que morderse la lengua para no chillarle que los únicos trastornados eran ellos —. Acaba de vestirte.

Sharon esperó a estar sola para maldecir en alto a su hermana.

— ¿Por qué no esperaste, Deborah? En dos días estaríamos las dos lejos de aquí. Ahora,….ambas estamos en graves problemas. ¿Por qué Deborah? ¿Por qué?

Los gritos que se escuchaban a través de las puertas cerradas del despacho, paralizaron a Sharon con la mano en el aire incapaz de abrirla y enfrentarse a los dos hombres que la esperaban para interrogarla nuevamente.

Permaneció quieta en el sitio hasta que escuchó la fuerte voz de su padre ordenándole a Roger que la llevase a su presencia aunque fuese arrastrándola de los cabellos si se resistía.

Ahora o nunca. Se animó la joven, respirando pausadamente mientras su alocado corazón bombeaba con intensidad retumbando con fuerza en su pecho.

Sin llegar a pedir permiso para entrar, Sharon abrió la puerta y caminó hasta el centro del despacho dejando intencionadamente abierta la puerta. Esperaba que su padre no se atreviese a maltratarla fieramente si había testigos.

— Padre, Deborah no está en el cuarto — Pausó unos segundos para tomar aire —. Deben de haberla secuestrado.

Pero su intento de restarle importancia a la desaparición, que no pensase que se había ido por voluntad propia, abandonando a su familia y rompiendo las leyes que las mantenían cautivas por siempre bajo las órdenes de los hombres del clan, se vino abajo cuando William le contestó.

— Esa zorra ya no es mi hija. Quien me traiciona no merece más que la muerte.

Sharon tembló visiblemente retorciéndose las manos, estaba muy nerviosa. Su padre había pensado lo que más temía, que su díscola hija menor se había escapado.

— Pero padre, la deben de haber secuestrado, ella nunca se iría por voluntad propia.

— No me hables más de esa puta — alzó la voz, acercándose peligrosamente a ella y zarandeándola con salvajismo deshaciéndole el peinado y marcándole los dedos en los hombros con la fuerza de su agarre —. Ahora lo único que quiero saber es si tú sabías sus intenciones de escaparse.

Sharon gimió en alto, dolorida.

— No, padre, no sabía nada.

Después de tirarla al suelo de un empujón, William comenzó a pasear por el cuarto.

No la creía.

Algo en su interior le decía que su hija mayor le estaba mintiendo.

Pero ya le haría hablar.

Por las buenas o por las malas, ella le contaría todo.

Parándose en seco, William miró a su primo y le ordenó ignorando los lastimeros intentos de la inútil de su hija mayor por hacerle entender que Deborah había sido secuestrada.

Antes de admitir un fallo en las defensas de su hogar, se cortaría un brazo o más bien dejaría a su hija en los brazos de su secuestrador.

Si claudicaba esta vez el clan podría pensar que se estaba volviendo blando con los años y podría haber una batalla por el poder, pero si veían que la justicia y las leyes se aplicaban a todos por igual sin importar su estatus social, seguirían temiéndole.

— Roger, encierra a esta mujer en los calabozos.

Los hombres ignoraron el jadeo asustado de Sharon, Roger fue el primero en hablar cuestionando la decisión tomada de su primo, por primera vez desde que éste tomó el control del clan.

La locura del Rey estaba rayando el límite. No podía ser verdad que ordenase el encierro de su hija, su heredera.

— Pero señor, todos los calabozos están ocupados.

William desplegó su poder y lanzó una bola de fuego a la mesa de su despacho consumiéndose esta en cuestión de segundos ante la mirada atemorizada de los demás ocupantes del cuarto.

— Obedéceme Roger si no quieres acompañar a esta puta en su castigo.

Tras tragar saliva con dificultad, Roger le contestó.

— Cómo usted ordene, mi señor. Su hija será debidamente castigada.

Sin decir nada más, Roger golpeó en la cabeza a Sharon y la recogió antes de que la desmayada mujer se diese de bruces contra el suelo.

— Como ordene…

Espero que los dioses perdonen mis acciones. Susurró en su mente el atormentado hombre mientras salía del despacho con la joven bruja en brazos y dispuesto a llevar a cabo el castigo.

Comentarios

  1. El capítulo me pareció muy fuerte, espero que Sharon logre escapar de la mansión. A dónde fue Deborah? saldrá más adelante? tendrá libro? un saludo

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