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Capítulo 1 Corazones oscuros


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En medio del caos, con el humo y el olor a muerte a su alrededor, un hombre vestido con una larga y oscura capa emblema de su clan, se acercó con pasos lentos hacia su soberano, quien lo esperaba impaciente y cruzado de brazos cerca del pedestal de lo que fue una bella estatua en honor a un rey hechicero muerto hacía siglos, un héroe entre su gente y que ahora lucía roto, partido en dos en el suelo.

— ¿Lo habéis encontrado?

Mac Vester inclinó la cabeza, echando la capucha hacia atrás mostrando su aterrorizado rostro enmarcado por un enmarañado cabello castaño.

— ¿Lo atrapasteis? — repitió nuevamente el impaciente Soberano.

Mac negó con movimientos suaves temiendo el estallido de rabia de su Soberano. El joven brujo no dejaba de temblar, retorciendo los pliegues de su capa entre sus manos. Cuando le habían ordenado que fuese él el que le comunicase a su Soberano que no habían podido capturar al vampiro que tanto deseaba su Señoría, se temió lo peor, pues todo el mundo sabía que quien enfureciese a William Walton, Rey de los miembros de la raza mortal de los brujos, caminaría directo a la muerte.

— ¡Maldición! Cómo es posible que dejaseis escapar a ese monstruo — le increpó el Soberano del clan Walton elevando la voz y haciéndose oír entre los murmullos asustados de sus hombres, que retrocedieron instintivamente.

Mac tembló visiblemente al tiempo que se retorcía las manos con nerviosismo. Sus temores se estaban cumpliendo.

— Fue muy rápido mi señor. Después de acabar con tres de nosotros escapó al bosque y allí le perdimos de vista.

Sin decirle nada más William Walton le dio la espalda y se alejó un paso. Permaneció en silencio cruzado de brazos y con los ojos cerrados. Su mandíbula adquirió un tono blanquecino por la presión.

Su plan, su perfecto plan, no había salido tal y como en un principio esperó. La presa que deseaba para sí se había escapado de sus manos. El vampiro había conseguido sobrevivir a su ataque, logrando escapar de sus garras.

Maldito fuese.

No se le volvería a escapar, conseguiría tenerlo. Su corazón iba a ser suyo.

El poder que del vampiro le catapultaría a la cima. Convirtiéndole en el ser más poderoso de la tierra, después de haber absorbido la magia de decenas de criaturas inmortales. Sonrió torciendo el gesto, al pensar en sus víctimas.

Los inmortales eran seres patéticos que creían que nadie podía matarlos, pero los cuchillos que poseían eran capaces de arrancarles sus corazones impidiéndoles regenerar su cuerpo dañado, consumiendo sus vidas.

Con los ojos brillantes de miedo, Mac suplicó cuando su Soberano se volteó mirándolo fijamente con los ojos inyectados de sangre. William parecía un ángel vengador, con sus cabellos recortados mientras el aura que lo rodeaba se cubría de oscuridad, aterradora, maléfica,…..mortífera.

— Perdóneme mi señor. No volverá a suceder.

La impenetrable expresión que reflejaba el rostro de William se tornó letal en un instante y Mac a pesar de jurarle lealtad, deseó estar lo más lejos de su Señor y no enfrentarse nunca más a su ira. Esos ojos enrojecidos, con una chispa dorada que iluminaba la oscuridad de su iris le producía auténtico temor.

— Piedad, mi señor — suplicó lastimosamente el brujo retorciéndose las manos. —. Conseguiré cazarlo para usted. No le volveré a fallar.

— Por supuesto que no volverás a fallar — le contestó William elevando la voz y entrecerrando los ojos peligrosamente. — Esta noche cometiste tu último error.

Sin añadir nada más William le seccionó la garganta de un solo movimiento. La velocidad con que desenvainó su puñal ceremonial, sorprendió a todos. La sangre del inepto brujo salpicó su rostro. Con asco William se limpió la mejilla y dio un paso hacia atrás, contemplando con enfermiza satisfacción como manaba la sangre rojiza de la herida del cuello hasta encharcarse a sus pies antes de que el hombre cayese muerto al suelo.

Había matado sin piedad a uno de los suyos y no sentía remordimiento alguno.

Sus hombres no eran más que peones en una guerra contra los inmortales que pretendía ganar como fuese y si para obtener una victoria debía sacrificar a un puñado de ellos, él mismo los empujaría hacia la muerte.

Algunos de los presentes lograron ahogar los gemidos de terror y sorpresa, los pocos que no consiguieron ocultar el desagrado que sentían se giraron y se cubrieron con las capas para ocultar su identidad a fin de que William no les reconociese.

Debían andar con ojo teniendo un Soberano como tenían. Un hombre que no respetaba la vida y sólo pensaba en obtener más poder, era muy peligroso. Tenían que tener cuidado. Si le contradecían morirían.

Pues la palabra del Soberano era Ley.

William limpió minuciosamente el ensangrentado puñal de plata contra la manga de su camisa negra. La expresión de asco al ver como la oscura sangre manchaba su impoluta ropa se tornó en una mueca letal cuando alzó la cabeza y repasó con la mirada los preocupados rostros de su gente.

— ¡No toleraré la incompetencia! — les bramó guardando el puñal en la funda que cruzaba su espalda y en la que escondía sus pequeños tesoros grabados a mano y con inscripciones mágicas. Un juego de puñales gemelos que solía utilizar cuando se enfrentaba cuerpo a cuerpo con un enemigo y para arrancar el palpitante corazón de sus presas —. El fracaso no será aceptado en mis filas. Quien no cumpla su misión acabará como éste — señaló con un gesto despectivo al brujo muerto que seguía desangrándose a sus pies — ¡¡Lo habéis comprendido!!

Un aluvión de murmullos acompañaron a sus palabras. Nerviosos sus hombres asintieron y desviaron las miradas incapaces de mantener la vista clavada en sus ojos. Unos ojos llenos de locura y ambición a los que temían y respetaban.

Disgustado al oler la incertidumbre en el aire, William les gritó sacándolos del aturdimiento en el que se sumergieron tras sus palabras.

— Muévanse inútiles. No tenemos toda la noche — El aullido que escuchó a sus espaldas hizo que William se volviera bruscamente y contemplara con cierto desagrado la espesura del bosque —. El dominio de esos perros está cerca. — Escupió con odio la palabra perros, antes de continuar —. Arrancad los corazones de estos hechiceros y larguémonos a casa.

Al instante sus hombres se movieron con rapidez por el campo de batalla recolectando el preciado tesoro que habían venido a buscar. Los valiosos corazones de los hechiceros. Un botín que valió la pena capturar aunque perdieron cerca de treinta hombres en el intento.

Roger Walton se acercó a William y no esperó a que le diese permiso para hablar, simplemente le soltó lo que pensaba confiado en la seguridad que le confería el compartir sangre con él.

— William, ¿crees que es aconsejable que dejemos libre al vampiro?

William se giró y se le quedó mirando. Cualquier otro brujo habría temblado bajo el escrutinio del Soberano. Cualquier otro…excepto Roger, quien debía ser el único del clan que no le temía. William era su primo, ambos se conocían desde niños. Habían compartido buenos y malos momentos. Le aceptaba y respetaba a pesar de los numerosos fallos que tenía.

Su pregunta no alteró a William, siguió mostrando un rostro impasible carente de emoción.

— Roger no podemos entrar en un dominio lycans. Por más que desee acabar con esos lobos, nuestro ejército está agotado.

Roger asintió con la cabeza, los mechones de cabellos de una tonalidad caoba le cubrieron parcialmente sus ojos.

— Tienes razón primo, pero a pesar de que nuestro cuerpo esté débil nuestros poderes aumentaron considerablemente esta noche después de alimentarnos.

William le silenció levantando la mano.

— Recuerda Roger que después de realizar el Ritual de sangre nuestro poder queda mermado. Para poder absorber la vida y la magia de los corazones que extraemos durante el Ritual, nuestro cuerpo se debilita. Bien es cierto que ahora somos más poderosos que antes de llegar a estas tierras, pero no podremos hacer uso de este poder si nuestra mente y nuestro cuerpo no actúan al unísono y calmadamente. ¡Míralos! — Le indicó William señalando a los brujos que les rodeaban y que paseaban entre los cadáveres de los hechiceros en busca de sus corazones — .Están alterados tras la batalla. La adrenalina recorre sus cuerpos. Si entramos en las tierras de los lobos y luchamos muchos de ellos morirán. En una guerra hay que saber cuando sacrificar a tus hombres.

Roger suspiró derrotado, encogiéndose de hombros y cerrando sus ojos castaños.

— Como siempre, tienes razón, William.

Esbozando la primera sonrisa sincera de la noche William agradeció las palabras de Roger palmeándole la espalda y caminando a su lado rumbo a su coche.

No necesitó mirar atrás para saber que los demás brujos le seguían de cerca.

En silencio fueron abandonando el destruido lugar y tomaron el camino a su hogar, las propiedades Walton, morada de los brujos del fuego y la oscuridad adoradores de la noche y cazadores insaciables de criaturas mágicas.

************

Los ruidos de coche alertaron a las jóvenes que leían tranquilamente en un cuarto de la segunda planta de la mansión en la que vivían la mayoría de los miembros del clan del fuego.

Dejando los libros sobre las camas, las mujeres caminaron hasta las ventanas y escudriñaron el exterior escondiéndose detrás de las amplias y pesadas cortinas de seda negra. Como suponían cerca de treinta cuatro por cuatro de carrocería negro metalizado, se acercaban a gran velocidad a las verjas que protegían la propiedad. Contuvieron el aliento un instante antes de ver como los ocupantes del primer coche abrían las puertas de hierro forjado con un mando a distancia.

Los brujos escondieron los todo-terrenos a unos kilómetros de la mansión de los hechiceros para no alertar con el ruido de los motores a los moradores del hogar al que iban a asaltar. Después de la batalla, fueron a buscar los autos y montaron en ellos para regresar a su hogar, a más de cuatro horas del parque.

Maldiciendo en alto, la más joven de las dos muchachas golpeó el cristal y comenzó a pasearse por el cuarto visiblemente alterada. Sus pisadas apenas eran perceptibles, ahogadas con la mullida alfombra turca.

— ¡Es nuestro padre! — susurró con preocupación.

Sharon Walton se alejó de los ventanales y se acercó a su hiperactiva hermana pequeña abrazándola para confortarla.

— No debiste hacerlo.

Deborah Walton bufó furiosa y se soltó de su abrazo, alejándose unos pasos sin dejar de insultar al destino.

— Esos hechiceros estaban avisados del ataque, como pudieron perder contra nuestro padre y esa panda de locos.

Sharon se masajeó la sien.

Los gritos de su hermana siempre le provocaban dolores de cabeza.

Comprendía su temor y el creciente odio que sintiera hacia su padre. Hacía relativamente poco que la joven había sido obligada a participar en el ritual de apareamiento con los guerreros.

Sin ir más lejos, ella misma había pasado por esa traumática experiencia cuando cumplió la mayoría de edad hacía cinco años, conocía de primera mano la humillación, el dolor y el asco que debía estar sintiendo Deborah.

Pero que odiase a su padre y a los demás guerreros por abusar de su cuerpo era normal y muy peligroso. Si sus maldiciones e insultos llegasen a oídos de los hombres estaría perdida y acabaría siendo torturada y vendida como esclava sexual al clan vampírico vecino ya que eran los únicos que aceptaban de buen grado la cruenta cacería que llevaban a cabo y comerciaban de todas maneras con los brujos, intercambiando mujeres y joyas.

— Debes tranquilizarte Deborah. En cuanto lleguen seremos convocadas al gran salón para servir a los vencedores.

Deborah soltó unas amargas carcajadas revolviéndose los largos cabellos azabaches en un gesto de rebeldía y de locura transitoria.

El mundo que le tocó vivir la estaba volviendo loca, borrando su verdadera personalidad con cada bajeza que cometían en su vulnerable cuerpo y todo porque ellas tuvieron la suerte de nacer con poderes adquiridos en el momento de la concepción y por tanto no necesitaban robarlos como les ocurría a los hombres. La envidia a su magia innata les corroía sus corrompidos corazones y los impulsó a esclavizar a sus mujeres, encerrándolas en sus casas y convirtiéndolas en trofeos sexuales que disfrutaban cuando lograban llegar vivos de una difícil misión.

— No puedo remediar desear estrangular a ese bastardo que se hace llamar nuestro padre, apretarle su garganta hasta que su último aliento se escape de su boca y su corazón deje de palpitar.

Sharon suspiró cansada de oír la misma historia una y otra vez.

Cada noche que regresaban a casa los hombres después de capturar nuevos corazones, Deborah se volvía insoportable poniendo en riesgo sus vidas con sus palabras y su actitud. Debía tranquilizarla pues pronto estarían detrás de su puerta ordenándolas que fuesen al salón para ser elegidas por los guerreros.

— Muérdete la lengua Deborah — Le recomendó Sharon vistiéndose con el traje semitransparente y de tiras que debían llevar puesto cuando salían de sus habitaciones —. Estoy de acuerdo contigo que esta vida es una mierda, pero no dejaré que te maten por tu falta de sentido común. Le prometí a nuestra madre que te mantendría con vida a pesar de todo.

Deborah cerró los ojos dolorida. Ella no había conocido a su madre. La mujer había muerto tres años después de traerla al mundo.

— Estoy tan cansada de todo esto — Admitió en voz baja y rota por las lágrimas que se deslizaban silenciosas por sus pálidas mejillas —. Ahora comprendo porque Sarah tomó ese camino.

Preocupada ante el tono de derrota de su voz, Sharon se movió con rapidez por el cuarto hasta quedar parada frente a su hermana y después de zarandearla para que saliese de ese estado sombrío de desesperanza, le gritó.

— No vuelvas a decir jamás que el mejor camino es la muerte. Sarah fue una cobarde al suicidarse — apretando sus manos en sus temblorosos hombros hasta marcarla, Sharon continuó —. Te prometí que encontraría la manera de sacarte de este lugar. ¿O no es verdad lo que digo? — esperó a que su hermana asintiese con la cabeza para acabar por decirle —. Si se te ocurre matarte seré capaz de ir al infierno a por ti y matarte con mis propias manos.

Rompiendo a llorar escandalosamente Deborah se echó en sus brazos y descargó sobre ella todo el dolor que guardaba bajo llave en su torturado corazón. Lloró amargamente hasta que escucharon las risas de los hombres resonar con fuerza dentro de la mansión.

— Ya están aquí — Susurró Sharon preocupada, limpiándole con cariño el rastro de lágrimas de las mejillas de Deborah — Aguanta un poco más hermana, dentro de nada seremos libres.

— Sí — su suave susurro apenas fue escuchado.

Mientras abajo, en el salón los vencedores se desvestían tirando al suelo las capas de combate que rápidamente eran recogidas y llevadas a arreglar por las criadas. Orgullosos del éxito cosechado aquella noche, los brujos decidieron celebrar una fiesta, donde el vino y las mujeres les alegrasen lo que restaba de noche y entibiasen sus gélidos corazones.

William estuvo de acuerdo con sus hombres de celebrar una fiesta, después de todo, esa noche él también deseaba desahogar el malestar que sentía al haber perdido la presa. Tomaría con rudeza a una muchacha y descargaría con ella su mal humor.

Antes de que pudiese ordenar silencio para poder dar comienzo con la celebración, escuchó el móvil. Maldiciendo en alto ante la inesperada intromisión, William contestó la llamada.

— ¿Diga?

La voz que escuchó al otro lado de la línea erizó sus cabellos.

Era Haufir Rocker.

Temía a esa criatura y agradecía tenerla de su lado. Las gárgolas eran seres oscuros muy poderosos, que no temían a la muerte y se enfrentaban con honor en las batallas que libraban. Tenerlos como enemigos era como abrazar el Apocalipsis y aceptar la muerte como destino.

— Brujo, esta noche habíamos acordado reunirnos para discutir el ataque al dominio Noctur. ¿Cómo osaste no presentarte a la reunión?

Indeciso, William contestó mientras procuraba alejarse de la vista de sus hombres. Lo que menos deseaba era que su gente le viese titubear ante otro líder. Se alejó unos pasos hasta quedar apoyado en los cristales del balcón, mirando sin llegar a mirar los jardines coloridos que rodeaban la mansión.

— Tienes razón Haufir — tembló cuando escuchó el terrible y ronco gruñido, corrigiendo al instante — Discúlpeme señor Rocker. Esta noche estáis invitados a una fiesta que celebramos en mi hogar. Repararé de esta manera el terrible error.

La grave voz se calmó al escuchar que lo trataba con la merecida cortesía.

— En diez minutos estaremos ahí.

William tembló.

— No es necesario que os deis tanta...

Asombrado y enfurecido por la debilidad de su temor, William calló y contempló la pantalla de su móvil. La criatura se había atrevido a colgarle después de decirle que estaba de camino.

Enfurecido lanzó el móvil al suelo estrellándolo con fuerza y rompiéndolo en miles de pedazos que se esparcieron por el grisáceo mármol. Odiaba sentirse desprotegido, asustado de la fuerza y el poder de las criaturas inmortales que vivían entre los mortales, ocultando su verdadera naturaleza y aprovechándose de los incautos que dejaban que gobernasen sus vidas.

Me haré más fuerte. Se juró William cerrando los puños con fuerza. Y cuando lo sea, os destruiré a todos.

— Me niego a bajar al salón. Que les den por culo a esos locos.

Sharon emitió un largo suspiro y siguió abrochando las tiras del vestido color carmesí de Deborah.

— Me has oído hermana.

Tirando con fuerza de uno de los cordones, Sharon le contestó.

— Sí Deborah y de paso te han oído los que están en el salón.

Deborah se apartó una vez que su hermana acabó de vestirla y caminó hacia su cama tumbándose en ella quedando boca abajo, abrazando su almohada.

— No te tumbes que arrugarás el vestido.

— Mira lo que me preocupa arrugar este trapo — le soltó Deborah revolviéndose en la cama y pataleando en el aire.

Sin poder contenerse Sharon rompió a reír olvidando por un instante todas las preocupaciones y problemas que rondaban sus vidas, como un ave de rapiña.

Se alegraba que el extrovertido carácter de su hermana aún no se hubiera retorcido por las sesiones vejatorias de sexo obligado. La joven siempre conseguía arrancarle una sonrisa en los peores momentos.

Un ruido detrás de la puerta captó la atención de ambas jóvenes.

Sharon carraspeó nerviosa y haciéndole gestos a Deborah para que permaneciese callada, preguntó.

— ¿Sí? ¿Desean algo?

La puerta se abrió bruscamente y entraron dos hombres guerreros, después de echar un vistazo a la confortable habitación examinándola con curiosidad, el hombre de cabellos azabaches les comunicó.

— Vuestro padre exige que te presentes en el salón dentro de media hora.

Sharon se preocupó.

— ¿Sólo desea que me presente yo?

Los hombres se pararon en el hueco de la puerta y se giraron.

— No fue lo suficientemente claro, mujer. William sólo desea que vayas tú. Tu querida hermana está castigada a permanecer en el cuarto. Esta noche tenemos unos invitados muy importantes y necesitamos que estén presentes las mujeres más habilidosas.

Deborah enrojeció de rabia, sus ojos color esmeralda brillaron con intensidad.

Además de agredirla verbalmente, se atrevían a decirle a la cara que no era buena amante. ¡Cómo no iba a serlo si la única experiencia que tenía era quedarse quieta y permitir que la montasen hasta que alcanzasen el clímax!

Las risas jocosas de los hombres se escucharon hasta que alcanzaron las escaleras que bajaban al salón.

Seguras en su cuarto, Sharon se acercó a la puerta y la cerró con pestillo. Apoyando la frente en la fría y pulida madera suspiró y después de respirar despacio durante unos segundos consiguió reunir la fuerza necesaria para darse la vuelta y enfrentarse a su hermana.

— Esta noche descansa Deborah. Desvístete y acuéstate un rato.

Deborah permaneció quieta, sin atreverse siquiera a respirar, mientras miraba con pena a su hermana mayor. Estaba realmente preocupada por Sharon. Cada vez que venían de visita los vampiros del clan Asfert, Sharon llegaba a su cuarto llena de moratones y mordiscos. Aunque no lo quisiese ni se atreviese a decirlo en alto, Sharon temía a los vampiros.

— Sharon yo…

— No digas nada Deborah — la silenció al tiempo en que se recogía su larga melena pelirroja en una coleta alta dejando al descubierto su esbelto cuello —. Ya arreglé las cosas para que dentro de dos noches vengan a buscarnos.

Deborah la interrumpió muerta por la curiosidad. Esperaba que esa noche la contase más acerca de los planes de huída. Porque cada vez que le preguntaba acerca de lo que tenía en mente Sharon lo único que hacía era palmearle la cabeza y decirle que todo iba a salir bien. Y la verdad Deborah ya estaba harta de ser tratada como una niña pequeña.

— ¿Quién vendrá a por nosotras? Y además Sharon…. ¿cómo vamos a escapar de esta prisión sin que detecten nuestra ausencia?

Como esperaba Sharon simplemente le contestó que no se preocupase por los detalles, que lo tenía todo bien planificado. Nuevamente la trató como a una niña pequeña dejándola con la palabra en la boca y largándose del cuarto sin decir nada más.

************

Deborah aguantó una hora encerrada en su cuarto. Hasta que los nervios le volvieron loca.

Sin poder contenerse Deborah se levantó y paseó por el cuarto vacío.

Debía hacer algo.

Se sentía como un animal enjaulado.

Necesitaba sentir que era útil, que podía servir para algo más y no solo para obedecer y complacer. Siempre era ella la que debía esperar ser salvada. Esta vez sería ella la que salvaría a su hermana. De alguna manera encontraría un modo de escapar de la mansión y que mejor momento que aprovechar que esa noche iban a reunirse a celebrar una fiesta en la que el alcohol nublaría sus mentes y le daría espacio libre para escudriñar por la casa en busca de una salida segura para pode escaparse.

¡Por el balcón! Puedo escaparme por el balcón y mirar las medidas de seguridad que hay en los jardines. Si tengo cuidado nadie notará que falto de mi cuarto.

Con esa idea en mente, Deborah se acercó al balcón y miró hacia fuera. La noche era tranquila y los jardines estaban oscuros.

A pesar de estar en fiestas esta vez no habían encendido las farolas que iluminaban tenuemente los vistosos jardines.

No la verían si tenía cuidado.

— No dejaré que todo el peso del mundo recaiga sobre tus hombros hermana. Esta noche cambiaré nuestro destino encontrando una salida — se prometió abriendo los ventanales y saltando de cabeza a los jardines.

Lo que no se esperó fue encontrarse atrapada por unos fuertes brazos que la salvaron de estamparse contra el suelo al no calcular bien la distancia de caída y al fallar nuevamente su poder. Una magia que desde niña no conseguía dominar y por la que se metió en más de un lío provocando verdaderas catástrofes a su alrededor, cada vez que utilizaba su poder.

— Pero qué…. — comenzó a protestar molesta por ser atrapada nada más comenzar su importante misión y preocupada por quebrar una orden directa de su padre.

El hombre se rió y la apretó contra su pecho, pasando uno de sus brazos por debajo de sus rodillas y tomándola en brazos suavemente.

— ¡Qué inesperado tesoro me ha enviado el cielo!

Deborah enrojeció y buscó con la mirada el rostro de su captor. Pero la oscuridad del ambiente le impidió ver algo más que un contorno.

Abrumada por las sensaciones que la sacudían, le pidió murmurando en voz baja.

— Déjame ir, por favor. Si me ven contigo estaré en problemas.

El extraño la apretó contra su cuerpo y la olisqueó gruñendo suavemente. Acariciándola, contestó.

— No temas mujer, en mis brazos, nada malo te sucederá.

Deborah bufó.

Ni por asomo le creía. Nadie podía protegerla del bastardo de su padre. Tan solo su hermana tenía ese poder.

— No te creo — le dijo elevando la voz. Poniéndose cada vez más nerviosa. Si la encontraban fuera del cuarto a esas horas de la noche, la castigarían con diez días en el calabozo. Con solo pensar en esos diez días a la sombra, Deborah se angustió y comenzó a luchar por soltarse, pero era en vano porque los brazos que la mantenían cautiva eran fuertes como barras de hierro —. ¡Suéltame! Si te ven conmigo te atacarán, soy la hija del Soberano del clan.

El hombre acercó su rostro al suyo y la miró con intensidad con sus ojos rojizos. Deborah quedó sin habla al verle con claridad. El hombre era hermoso, un bello salvaje que la miraba con ferocidad como si sus ojos pudiesen verle el alma. Sus cabellos eran blancos con tonos grisáceos y los mantenía largos y sueltos, rozándole la cara con su sedosa suavidad. Las cejas que enmarcaban sus penetrantes ojos estaban bien perfiladas y su mandíbula era fuerte con un gracioso hoyuelo en su mentón al mostrar una clara y confiada sonrisa.

Pero lo que más le sorprendió a la joven bruja fue el tono de su piel. El hombre tenía una piel de color azulada- grisácea. Curiosa al ser la primera vez que veía ese tono tan curioso de piel, Deborah alzó la mano y le rozó con suavidad la mejilla dejándole momentáneamente perplejo y callado.

La respiración del hombre se entrecortó. La miró fijamente durante unos segundos de tenso silencio y soltando una ronca carcajada, comentó besándola en la frente.

— Muchacha acabas de alegrarme la noche. Nunca esperé encontrarte.

Deborah tembló al escuchar la ronca voz del extraño y su corazón comenzó a palpitar rápidamente retumbando con fuerza contra su pecho al tiempo que el ritmo de su respiración se aceleraba.

— ¡Suéltame!

Atrapándola contra su cuerpo y obligándola a apoyar la cabeza en su hombro, Deborah escuchó los acompasados latidos del corazón del hombre. Su ritmo cardíaco estaba alterado bombeando con fuerza la sangre. Esa criatura estaba alterada al igual que ella. Sin hacer caso de sus gritos el extraño tomó rumbo a los jardines.

— Mierda, bastardo déjame ir. Debo regresar a mi cuarto.

— Nunca, muchacha. Serás mía para siempre — le contestó acariciándole el trasero y parando en seco en medio de un descampado del jardín.

Deborah no se acordó de contestarle cuando presencio como de la espalda del hombre surgieron unas alas plateadas que se extendieron con fuerza silbando en el aire.

— ¿Pero cómo es posible?

Sus palabras susurradas, quedaron olvidadas cuando Deborah se encontró en cuestión de segundos surcando las nubes en brazos de ese hombre. Nerviosa y preocupada sobre todo por su hermana que pagaría las consecuencias de su repentina desaparición, se sumergió en la oscuridad de la inconsciencia.

Por segunda vez en su vida Deborah Walton se desmayó en los brazos de un hombre.




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