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Capítulo 2 Belleza Oscura





Aquí os dejo un nuevo capi de esta historia, será el último que cuelgue pues la estoy preparando para enviar a una editorial haber si hay suerte

Espero que os guste

Ahhh recordaros que todo lo que cuelgo en el blog que sale de mi mente esta previamente registrado en la Propiedad intelectual

besosssssssssss


CAPÍTULO 2


No tardó más de diez minutos en llegar hasta los calabozos. Al llegar a la última celda, entró. Contó quince a la izquierda, siguiendo con los ojos las piedras, y presionó la número dieciséis. Al momento se abrió la pared partiéndose en dos, revelando una sala circular iluminada por velas y caldeada por una chimenea.
Al entrar, la pared se cerró a su espalda. Sólo los guerreros conocían aquel lugar, oculto en los calabozos, y que era su cuartel general.

Paseó la mirada por la sala, encontrándose a sus hombres sentados en los sillones, relajados antes de la reunión.

—Mañana moveremos pieza en esta partida.

Sus palabras alteraron a los vampiros que se levantaron y le rodearon, hablando todos a la vez. Estaban disgustados ante la precipitación de los acontecimientos. Un vampiro no era dado a lanzarse de cabeza a una batalla que podía acabar mal. Y menos por salvar la vida de una mortal.

—Luc, aún no estamos preparados. —Lucius miró a Braiden Walton, un vampiro de trescientos años que salvó de la muerte en las calles de Londres. En su vida mortal fue un bandido y un asesino que juró servirle hasta su muerte—. Lo mejor sería que devolvieses al mundo mortal a la humana.

Lucius gruñó.

—Y después, ¿qué me aconsejas? ¿Qué me disculpe ante el Consejo? ¿Qué me arrodille por una norma que yo mismo creé hace siglos? —se burló, explotando a continuación—: Por todos los dioses, soy el Príncipe. El Soberano de nuestra raza en este continente. Nadie puede darme órdenes.

Wulfric intervino apoyando una mano sobre el hombro de su amigo y señor.

—Eso ya lo sabemos Lucius, pero el Consejo tiene mucho poder. Son capaces de convencer al pueblo que debes ser castigado. —Siseó de rabia—. Ellos quieren tu muerte.

Lucius cerró los ojos, apretando los labios. Conocía los deseos de los vampiros que se habían hecho con el control de medio clan. Los malditos habían aprovechado sus continuos viajes de negocios para cosechar la duda y el temor en su gente.

Lentamente, consiguieron enredarles para que se pusiesen en su contra, hasta el extremo que se podía escuchar susurros de un complot contra él.

Gruñó internamente. Nadie le quitaría el trono. Él era el único entre aquella gente que había nacido vampiro. Él fue quien convirtió a la mitad de su gente, salvándolos de la muerte. Le habían jurado lealtad, y por todo el infierno, que se lo recordaría.

—Estoy al tanto de todo lo que sucede en mi clan, Wulfric. Ahora ellos creen que tienen ventaja sobre mí al haber cometido traición. —Sonrió mostrando una mueca llena de oscuras promesas—. Si quieren seguir las normas, se encontrarán con muchas promesas.

Syemus, que hasta ese momento permaneció callado, le dijo:

—Ya veo por donde quieres ir, pero será duro. —Lucius le miró alzando una ceja.

Syemus era un vampiro de una gran inteligencia capaz de presentir el futuro. Una cualidad que le salvó incontables veces en las cacerías—. El castigo te dejará agotado y a ella indefensa.

Lucius asintió, dándole la razón. No hacía falta que se lo recordase. Había analizado todos los posibles resultados, y aceptaría su destino. Era fuerte, aguantaría el dolor físico.

—Sigo pensando que lo mejor sería devolver a la mortal —farfulló entre dientes

Braiden, cruzándose de brazos.

Wulfric preguntó:

— ¿Qué tienes pensado hacer? —Miró con los ojos entrecerrados a Lucius—. No vas a permitir que te castiguen públicamente, ¿no Lucius?

Lucius permaneció en silencio, confirmando de esta manera las sospechas de Wulfric.

Las protestas ante este hecho no se hicieron esperar. Era impensable que el Príncipe sufriese castigo a manos de sus vasallos. Era un deshonor que provocaba el exilio voluntario del castigado al no poder soportar la humillación recibida a manos del Consejo.

—La suerte está echada, amigos míos. Decidan lo que decidan, el fin del Consejo está próximo. Cuento con vosotros para mantener seguras a la mortal y a la princesa. —Los vampiros asintieron golpeándose el pecho con el puño, a la altura del corazón. Cumplirían sus órdenes, aunque tuviesen que sacrificar sus vidas.

Lucius miró el reloj. Las cinco de la madrugada. Había llegado el momento de comparecer ante el Consejo antes de ir a descansar, ocultándose de los dañinos rayos solares. Entrecerró los ojos de rabia. Iba a ser la primera vez en la historia que un Príncipe tuviese que rendir cuentas a sus hombres. El problema interno que llevaba soportando los últimos siglos estaba a punto de reventar y él no estaba dispuesto a dejarse acorralar. Los vampiros pertenecientes al Consejo conocerían finalmente quien era Lucius Cuestelvinier. Su rostro sería lo último que viesen antes de desaparecer de la faz de la tierra. Su sangre salpicaría el suelo de la mansión, recordando a su gente que él era el Líder, el padre de todos y como tal, tenía en sus manos el poder de la vida y de la muerte.

Sus hombres vieron el gesto de crispación al ver la hora que era. En silencio, abrieron las puertas para salir del despacho secreto y salieron detrás de él, acompañándolo hasta las puertas de entrada al salón del Consejo. Los vampiros que se cruzaron en su camino se apartaron asustados ante la imponente procesión.

La puerta del salón de reuniones se abrió de golpe, rompiéndose el marco de madera en dos por la fuerza del impacto contra la pared. Los miembros del Consejo, que hasta ese instante estaban discutiendo entre ellos en el salón, se callaron al ver entrar a su Príncipe.

Lucius Cuestelvinier tenía una expresión terrorífica en el rostro, sus ojos no eran más que dos brillantes rendijas rojizas que los analizó a todos, logrando que temblasen de miedo ante su presencia.

Ethan Gibbons, el miembro más antiguo y portavoz del Consejo, se levantó de la silla, rodeó la mesa que presidía y se acercó a Lucius, quien a su espalda, tenía a sus hombres.

—Mi señor, que sorpresa si…

Las palabras de Ethan fueron acalladas con un gruñido de Lucius.

—Dejemos las falsas adulaciones para otro día. No queda mucho para la llegada del amanecer y estoy ansioso de encerrarme en mi cuarto después de una noche de caza. —Se cruzó de brazos y sonrió de lado, burlándose del Consejo—. Pero qué sabréis vosotros que nunca habéis limpiado la ciudad de indeseados lobos.

Ethan rechinó los dientes, pero se guardó para sí mismo las maldiciones que deseaba gritarle al prepotente Príncipe. Se cruzó de brazos, imitando a su señor, buscando con ese gesto la valentía para dictaminar la decisión tomada por la unanimidad de la cámara. El paso que estaban a punto de dar sería decisivo para los cambios que le seguirían hasta conseguir el poder absoluto de la comunidad vampírica de
Norteamérica.

Lucius entrecerró los ojos al escuchar los pensamientos del portavoz. El muy estúpido había bajado la guardia y le había permitido penetrar en su cabeza sin ser detectado. Se maldijo interiormente. La transformación de Ethan Gibbons fue un error. Ethan era ambicioso cuando aún era un mortal y, esa ambición fue la que lo llevó a ser apuñalado por sus hermanos y abandonado en las calles de Londres para morir desangrado. Esa noche, Lucius caminaba por la ciudad siguiendo la pista de un grupo de lobos que estaban aterrorizando a los mortales. Al entrar en un callejón lo encontró. El hombre estaba agonizante, vomitando sangre y gimiendo de dolor. Se detuvo a revisar su cuerpo, por si había sido atacado por los licántropos. Ahora se arrepentía de haber parado. Si no lo hubiese transformado, nada de esto estaría sucediendo. Pero los errores cometidos en el pasado siempre te alcanzan. De alguna manera, Lucius había aprendido la lección cuando Ethan, al cumplir cincuenta años de vampiro, consiguió reunir a un grupo de seguidores para fundar el Consejo con la excusa de que su Príncipe estaba fuera del hogar demasiado tiempo. Cuando regresó de una de las cacerías que lo llevó hasta la frontera con el actual México, Lucius se encontró que se había creado un Consejo de vampiros que decían que velarían porque las normas se cumpliesen. Debería haber atacado en ese instante, acabar con la vida de aquellos vampiros que osaron oponerse a él, pero la guerra contra los licántropos sin manada estaba en su apogeo y en ese momento, pensó que el Consejo protegería al clan si a él le sucedía algo.

Qué equivocado estaba.

Lucius observó fijamente a Ethan. Seguía siendo el mismo hombre delgaducho, peinado siempre a la moda, y buscando un reconocimiento que necesitaba más que la propia sangre para subsistir. Era un ser débil, con labia, y que atacaba a su enemigo cobijándose detrás del puñado de vampiros que lo seguían. Un cobarde de mirada pérfida y pálida piel.

—Mi señor, hemos escuchado que una mortal está en la mansión. —A Ethan no le pasó desapercibido el brillo peligroso de los ojos de Lucius. “Excelente, la mortal es tu punto débil, Lucius. Lo aprovecharemos a nuestro beneficio”. Después de unos segundos de silencio, Ethan continuó—: Y tal y como dice la Ley: Bajo ningún concepto se ha de mostrar las tierras a los mortales, bajo pena de tortura.

Lucius no se mostró sorprendido, como esperaba Ethan. Ni siquiera parpadeó ante sus palabras. Era como si el muy maldito supiese de antemano el camino que iban a tomar.

—No es preciso que me recuerdes mis propias palabras, vampiro. Conozco bien la Ley.

—Entonces, ¿por qué motivo la incumples? —Se atrevió a preguntar en alto otro vampiro del Consejo al que Lucius reconoció como la mano derecha de Ethan. Un vampiro que transformó el propio Ethan después de recibir como ofrenda la fortuna del hombre, que le suplicó que le concediese la vida eterna al descubrir lo que era.

Lucius fulminó con la mirada al vampiro, contestando sin alzar la voz, utilizando un tono que no aceptaba réplicas.

—Lo que yo haga con mi vida no incumbe al clan. Si tantas ganas tenéis de seguir las Leyes, aceptaré el castigo correspondiente al crimen que cometí. —Los murmullos sorprendidos por los presentes resonaron con fuerza en la circular sala, silenciando unos segundos a Lucius, que observó las diferentes reacciones de los vampiros. Alzó la voz para continuar—: Dentro de dos días, el castigo se llevará a cabo. Tan solo los miembros del Consejo y mis guerreros estarán presentes.

Wulfric se adelantó un paso hasta quedar al lado de Lucius.

— ¿Estás seguro, Luc?

Lucius asintió con la cabeza, contestando la pregunta de su amigo.

Ethan no cabía en sí del gozo que sentía. Finalmente, tenía bajo su poder al orgulloso Príncipe. Sonrió internamente saboreando el momento en que empuñase el arma ceremonial con la que castigarían al condenado. Le haría pagar todos los desplantes que sufrió al ser rechazado como guerrero cuando quiso unirse a sus filas. Nadie le rechazaba sin sufrir las consecuencias. Durante un siglo rumió su venganza, esperando entre las sombras. Ahora… se la cobraría gustoso.

—Sus órdenes son Ley, mi señor —aseguró Ethan, conteniendo las ganas de reír—. El Consejo estará listo para cumplir su orden. ¿Qué miembros empuñarán la daga? —preguntó siguiendo la costumbre impuesta ante un caso de castigo. Era como un oscuro ritual en el que el Consejo preguntaba al Príncipe quienes serían los vampiros que empuñasen la daga. En este caso Ethan disfrutaba doblemente, pues Lucius iba a ser el que eligiese quien le iba a dañar.

Lucius siguió con el plan. Estaba seguro que iba arrepentirse por lo que iba a decir a continuación, pero era preciso que fuesen todos para librarse de aquella escoria.

—Cada miembro del Consejo empuñará una sola vez la daga.

Ethan jadeó sorprendido, ocultando su sorpresa con una simulada tos. Los siglos habían trastornado a Lucius. El Consejo lo formaban veinte vampiros, por lo tanto, serían veinte cortes con la daga ceremonial. Era un suicidio. Ningún vampiro acusado y condenado había sobrevivido a más de quince cortes.

Eres un engreído, Lucius. Pero tu orgullo te conducirá a tu caída. Aunque sobrevivas a la ceremonia, estarás débil, y aprovecharemos para atacar la mansión. De una manera u otra, nos haremos con el control del clan.

La sonrisa que esbozó Ethan fue sólo un destello que se apagó cuando percibió cómo desenfundaban las armas los guerreros que rodeaban a su señor. Cuando iba a gritarles que estaba prohibido entrar en aquel lugar portando armas, escuchó el siseo de Lucius. El Príncipe apagó la furia de sus hombres con unos extraños siseos.

Con reticencia, los guerreros guardaron sus armas y se cruzaron de brazos esperando el siguiente paso de su señor.

Luc, deberíamos cargarnos a estos cabrones, aquí y ahora.

Lucius mantuvo su rostro inexpresivo.

Recuerda, Syemus, que hay más de una manera de vencer a tu rival. Y a estos… quiero destrozarlos, contestó mentalmente a su amigo, transmitiendo a los demás guerreros sus pensamientos al estar conectados en aquellos momentos. Los guerreros habían escuchado cada palabra que pronunció en su cabeza Ethan y por ese motivo, estaban dispuestos a cometer una masacre en el salón.

—Es tarde mi señor. Es hora de retirarnos a descansar —comentó en alto Ethan, levantando un brazo e indicando al resto del Consejo que había llegado el momento de retirarse.

Lucius paseó su mirada por el salón por última vez, memorizando los rostros de los vampiros que pagarían con su vida por enfrentarse a él.

Al notar un ligero cosquilleo en su mente, Lucius la bloqueó alzando las barreras, impidiendo que los intrusos penetrasen y rebuscasen en sus pensamientos.

Ethan trastabilló al toparse con un muro en la mente de Lucius. Había intentado entrar en su cabeza, pero le fue imposible. Su poder no se podía igualar al del Príncipe, pero ese pequeño detalle no le iba a impedir alcanzar su sueño, hacerse con el control absoluto del clan. Ser el siguiente Príncipe de los vampiros.

Lucius volvió la cabeza y con un gesto, ordenó a sus guerreros que saliesen del salón. Una vez que sus hombres estuvieron lejos, Lucius se giró y se quedó mirando fijamente a Ethan. Mostró una sonrisa confiada y ladeada, y sus ojos brillaron con intensidad, recorriendo cada rostro del Consejo

—Recordad que está prohibido abandonar las tierras sin mi permiso. Os veré dentro de dos días.

Y sin decir nada más, salió con elegancia del salón. Sus pisadas resonaron en el silencio que invadió el lugar. Ninguno de ellos se había planteado huir para no cumplir con su cometido en el ritual de castigo. Pero al escuchar las palabras del Príncipe, comenzaron a dudar si realmente iban a hacer lo correcto al torturar a su soberano por un acto que muchos de ellos habían realizado a escondidas para abastecerse de sangre fresca. Traer a una mortal a la mansión. Pero ellos, una vez que bebían de los mortales, acababan con sus vidas y los tiraban a las bestias que mantenían presas en los calabozos subterráneos para que se alimentasen de su carne muerta.

—Ethan… ¿Es seguro castigar al Príncipe? —preguntó uno de los vampiros, expresando en alto las dudas que tuvieron después de la salida de Lucius.

Durante un segundo, Ethan no supo afrontar a los vampiros que le seguían fielmente.

Todos le miraron con verdadera preocupación.

—Una oportunidad como ésta no se nos volverá a presentar en la vida. Debemos aprovecharla. Unir nuestras fuerzas para hundir a Lucius.

Sus palabras calmaron a los vampiros.

Perfecto, pensó Ethan saliendo del salón seguido de sus hombres. Nadie va a arruinarme los planes.



Antes de entrar en su cuarto, Lucius respiró hondo, procurando calmar su agitado corazón. Vería nuevamente a la mujer, dormiría junto a ella. Y por todos los demonios, no estaba seguro de poder contenerse. La deseaba, a pesar de que ella le hiciese enfurecer llamándolo monstruo, ansiaba su cuerpo. Recorrer cada centímetro de su piel, marcándola como suya.

Pasados unos segundos, entró silenciosamente en su habitación, cerrando con un hechizo la puerta para que nadie los molestase hasta la noche siguiente.

Avanzó hacia la cama, donde Gabrielle descansaba tumbada de lado. Lucius la contempló dormir. Sus cabellos estaban esparcidos por la almohada, algunos mechones le tapaban ligeramente la cara. Sus largas pestañas rozaban con suavidad sus mejillas, sus labios entreabiertos, su pecho subiendo y bajando rítmicamente. Una estampa hermosa que lo hipnotizó.

—Maldición, mujer —masculló en voz baja Lucius al sentir como el calor de la lujuria recorría su tenso cuerpo agolpándose en su cadera, cobrando vida una parte de su cuerpo.

Se miró la entrepierna donde se podía apreciar con claridad el abultamiento que sobresalía en su apretado pantalón de cuero negro. Hacía siglos que no sentía de esa manera tan aplastante.

Lucius soltó un juramento en su lengua natal. Estaba excitado como un vampiro adolescente, con sólo mirarla dormir e imaginarse como sería la sensación de sus piernas alrededor de su cadera, se calentó hasta el extremo de tener que darse una ducha fría para calmar su cuerpo y su mente.

Desabrochándose la camisa, Lucius se acercó hasta el baño y abrió el grifo del agua fría, metiéndose bajo el gélido chorro una vez desnudo.

Siseó al sentir el contraste de temperatura. Su cuerpo se tensó ante el agua, relajándose segundos después al habituarse a la agradable sensación al sentirla correr por su espalda.

Pero una parte de su cuerpo no se calmaba, seguía excitada y dispuesta a dar guerra.
Sin pensárselo mucho, bajó su mano por su pecho acariciando su vientre hasta llegar a su verga. Pasó un dedo por toda su longitud, ahogando un gemido. Estaba tan excitado que le dolía. Cerró la mano sobre su pene y comenzó a acariciarlo, subiendo y bajando lentamente.

Lucius se mordió el labio inferior impidiendo que los gemidos se escuchasen por el dormitorio. El sabor de su sangre lo encendió. Los vampiros eran puro placer,… placer por el dolor, por la sangre, por el sexo.

Estiró la cabeza hacia atrás abriendo la boca, y jadeó. Mientras se acariciaba, se imaginó que quien bombeaba su verga era la boca inexperta de Gabrielle. Se la imaginó de rodillas ante él, cerrando su lujuriosa boca sobre su polla, succionando lo que pudiese, lamiendo con golosidad el palpitante miembro mientras le acariciaba con las manos los testículos.

Lucius dio un paso hacia atrás y quedó con la espalda apoyada en la pared, el chorro de agua cayendo sobre su vientre, el frío chocando directamente contra la calentura de su entrepierna. En ningún momento dejó de acariciarse, subiendo y bajando la mano en toda la longitud de su miembro, lubricado por el líquido seminal que comenzaba a gotear de su interior.

No duraría mucho más. Estaba al borde del abismo.

Aumentó el ritmo de las caricias, moviendo las caderas al compás, sin dejar de imaginar que era la boca de su hembra la que lo estaba conduciendo al clímax. El orgasmo lo golpeó duro, haciéndole gritar de placer al tiempo que su vientre era salpicado del semen que eyaculó, y que el agua se ocupó de limpiar. Con la respiración jadeante, Lucius se recompuso y estiró el brazo buscando el gel. Abrió el bote y se lavó el cuerpo.



Diez minutos después salió del baño vestido tan solo con un albornoz negro, caminó hasta la cama y se tumbó al lado de Gabrielle.

La joven entreabrió los ojos al sentir el peso de otro cuerpo cerca de ella.

—Pero que… ¡Fuera! —dijo con voz adormilada al ver el brazo de él sobre su cadera.

Lucius estaba tumbado de lado, abrazándola por la espalda, aspirando su aroma, gruñendo interiormente por no forzarla a darle a probar su sabor.

—Shh, pequeña. Sólo quiero dormir.

Gabrielle se tensó cuando Lucius bajó la cabeza y depositó un tierno beso sobre sus labios. Recordó lo que había acontecido antes de que saliese enfurecido de la habitación. Si comenzaba a besarla apasionadamente, no se veía capaz de resistir el fuerte sentimiento que le producían sus besos. Pero, no sucedió nada. Después de besarla, Lucius apoyó la cabeza en la almohada y se quedó dormido.

Gabrielle se sorprendió al sentir momentáneamente una insana decepción al ver que no hizo nada.

Estúpida, se reprendió mentalmente. No dejes que te posea, si lo hace estás… perdida.

Lucius descansó como no lo había echo en años. La presencia de la mujer calmó su mente.

Gabrielle en cambió, fue incapaz de dormir. Lucius no la soltó en toda la noche, o quizás fue en todo el día. Con las cortinas cerradas no sabía qué hora era. Cuando quedó dormida, muerta del cansancio, se estiró quedando aprisionada en los brazos del vampiro.

Comentarios

  1. Que pena que no cuelgues mas capis esta genial la historia, si te publican avisa que la compro seguro

    kissesss

    ResponderEliminar
  2. Que lastima que no haya mas capis pero en cuanto salga avisa que me lo compro, me gustó mucho ese Lucius

    saludos

    Alba

    ResponderEliminar
  3. ya sabes algo de alguna editorial??? te lo van apublicar???

    avisa si lo hacen este libro lo quierooooooooooo

    ResponderEliminar
  4. nooooooooooooo yo quiero mas capisssssssssssssss

    sara

    ResponderEliminar
  5. Carayyyy ese Lucius representa a mi tipo de hombre perfecto, jejeje gracias ahora ya tengo un libro para comprar


    Besos de Nere

    ResponderEliminar
  6. NOOOOOOOOO MANCHEEEEES11! KOMO KE IIA NO PUBLIKARAS MAS CAPITULOOOOO!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! EEEEEEEEEEEEEEEEEEH, OSEAAAA EN EL MOMENTO EN KE SE VA A PONER EMOCIONANTE Y TUUUU... NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO

    ME HA ENCANTADOOOOO

    (TOY LLORANDO)

    TE DEJARE MI SUPER HUELLA DESPUES POKE TOY SENTIDA

    ResponderEliminar
  7. He ido a comprarla en La casa del libro y no está disponible para España ¿cómo puede ser?

    ¿Es que sólo se puede comprar en Amazon? Antes estaba en las dos plataformas

    ResponderEliminar

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