sábado, 2 de enero de 2010

CAPÍTULO 1 DE BELLEZA OSCURA





Os dejo el capi 1 de Belleza Oscura, copyright Sheyla Drymon, Registrado en el 2009


Espero que os guste, a falta de cbox dejadme un comentario pleaseeeeeeeeeeeee que a veces creo que no entra nadie a mi blog sniffff


^^





CAPÍTULO 1


Nada más despertar, Gabrielle se incorporó chillando, golpeando el aire con los brazos.

—Tranquila muchacha. Estás a salvo.

Al girarse se encontró con el hombre que la había recogido en el parque sentado en una silla al lado de la cama en la que estaba tumbada, fumando tranquilamente un cigarrillo.

Gabrielle gritó a pleno pulmón, retrocediendo hasta golpearse la espalda con el respaldo de la cama, recordando lo que había presenciado antes de sufrir el ataque de ansiedad. Ese hombre la había salvado, sí, pero acabando con la vida de otros tres.

— ¡Aléjate de mí! —Su mente gritaba que estaba ante un asesino.

Agarró las sábanas con nerviosismo, retorciéndolas. Miró a su alrededor, aumentando su angustia al no reconocer la habitación en la que se encontraban.

— ¿Dónde estoy?

Lucius soltó el aire con lentitud, saboreando el amargo sabor del humo del cigarro. El olor del miedo que exudaba la mujer se entremezclaba con el aroma del tabaco.

— ¡Contéstame!

Lucius estrujó el cigarro, tirando al suelo los restos humeantes.

—Estás en tu nuevo hogar.

Gabrielle parpadeó un par de segundos intentando asimilar la información antes de responderle.

— ¿Cómo que estoy en mi nuevo hogar? —Miró a su alrededor comprobando que las puertas y ventanas estaban cerradas. No había escapatoria—. ¿Dónde estoy?

Lucius sonrió dejando ver su perfecta dentadura.

—Estás en mi dormitorio. —Se levantó de la silla y acercó su rostro al de ella—. Tumbada en mi cama.

Gabrielle apartó la mirada, ruborizada. La voz del hombre había sonado tan sensual que le había puesto los pelos de punta, y un extraño calor se extendía desde su vientre, humedeciéndola. Su cuerpo respondió a ese hombre y saberlo, la confundió y la enfureció.

No podía reaccionar así ante un asesino.

Debía escapar. Regresar a su tranquila y ordenada vida, y olvidar todo lo que le había sucedido.

—Déjame marchar, no diré nada a la policía. No diré nada de…

— ¿No dirás nada de qué? —Contestó con extremada calma el hombre, ladeando la cabeza.

Gabrielle tragó con dificultad. Estaba segura que si admitía en alto haber presenciado los crímenes estaba perdida. Era mejor permanecer en silencio y buscar el modo de salir airosa de aquella situación, asegurándose primero de continuar con vida.

— ¿Qué querías decirme, muchacha?

Gabrielle desvió la mirada.

—Nada, no iba a decir nada.

La sorprendió escuchar las graves carcajadas del hombre. Sentándose en la cama cerca de ella, Lucius le sujetó la barbilla y la obligó a mirarle.

—Ah, pequeña. Eres deliciosa. Ahora que estás a mi merced nadie te separará de mi lado.

— ¡Me escaparé! —Acabó gritando perdiendo los nervios—. Y cuando lo haga…

Lucius besó salvajemente sus labios, poseyendo con ciega necesidad la apetitosa boca de la mujer. Escuchar de sus labios que lo iba a dejar lo volvió loco. A pesar de que al principio ella se removió buscando alejarse de él, acabó respondiendo con timidez a su beso. El deseo y el placer que sintió nublaron su mente respondiendo al ataque de sus labios.

Sonriendo, Lucius se separó y dijo en voz alta:

— ¿Estás segura de que deseas escapar? —Posó un dedo en los labios húmedos y enrojecidos de Gabrielle.

Ésta golpeó la mano y se tumbó en posición fetal sobre la cama. No sabía que contestar.

Su mente se había quedado en blanco cuando la besó, y aunque le costase admitirlo, no se sentía fuerte como para abandonarlo.

Se cubrió la cara con las manos y comenzó a llorar. Era una estúpida. Hacía unas horas que lo conocía y a pesar de eso, lo deseaba como nunca deseó a nadie. Al sentir el sabor de su exigente boca vislumbró en su mente una serie de imágenes que pasaron velozmente.

No pudo identificarlas, quizás no eran más que recuerdos dormidos en lo profundo de su psique, pero le dejaron un sentimiento de tristeza que se agravaba cuando pensaba en cómo haría para dejar aquel lugar.

— ¿Qué me has hecho? —preguntó sollozando sin abandonar su postura ni dejar de cubrirse, protegiéndose con aquel gesto infantil de la presencia que la perturbaba.

Lucius sintió su dolor y quiso hacerlo suyo. Estiró un brazo e intentó acariciarle la cabeza para reconfortarla, pero desistió al ver los temblores que sacudían su cuerpo. Se levantó de la cama y tomó asiento en la silla.

— ¿Por qué no me dejaste en el parque? —murmuró Gabrielle soñolienta.

Lucius iba a responderle cuando la puerta del cuarto se abrió.

—Siento la interrupción Lucius, el Consejo te reclama.

El intruso se revolvió nervioso, dando un paso hacia atrás al ver la furia que mostró su señor al mirarle. Sus ojos destilaban rabia y un juramento de venganza al haberse atrevido a interrumpir en su cuarto personal cuando había ordenado que nadie, bajo ningún concepto, le interrumpiese.

Syemus Mointer se consideraba un buen vasallo, además de un amigo de confianza.

Había servido a su señor durante ciento ochenta años, en cuerpo y alma, luchando a su lado, a pesar de las adversidades, pero ahora, al ser testigo directo del pecado cometido por su señor, comenzaba a temer por la vida de Lucius.

Le debía la vida a Lucius Cuestelvinier, él le había otorgado el don eterno al ofrecerle su sangre la noche en que lo encontró agonizante en medio del campo de batalla.

En su vida mortal, fue un soldado a las órdenes de Napoleón que acabó malherido y al borde de la muerte al ser golpeado por la metralla lanzada de uno de los cañones ingleses en la batalla de Waterloo.

Lucius se agachó a su lado y le preguntó, con su voz fría e impersonal, si deseaba vivir. Su primera impresión fue que un ángel había acudido en busca de su alma, pero al ver sonreír con arrogancia al hombre arrodillado a su lado, Syemus supo que no era ningún ángel, pues los ángeles no poseían largos colmillos ni sus ojos brillaban con placer al oler el hedor a muerte y sangre que los rodeaba.

Syemus no dudó ni un segundo en tender la mano al hombre que le ofrecía seguir viviendo.

Lucius lo sujetó del brazo y lo alzó, mordiéndole el cuello sin compasión, y bebiendo de él hasta que la última gota de su sangre se deslizó por su garganta. El frío penetró su cuerpo, sus latidos se ralentizaron y su mente se oscureció.

Cuando despertó, Syemus estaba tumbado en un catre al lado de otros soldados de ambos bandos que se observaban entre ellos con desconfianza y odio, un odio que en vida los llevó a morir en los campos de batalla.

Siempre recordaría cuando Lucius entró en el cuartel donde descansaban los iniciados. Su sola presencia acalló los insultos entre ingleses y franceses. Sus cabellos ondeaban al viento, suavizando la dura expresión de su rostro. Sus ojos brillaban con una intensidad sobrenatural, erizando los cabellos a quienes se atreviesen a perderse en ellos. Su postura, segura y confiada, les llenó de respeto, y aquella noche olvidaron su pasado jurándole lealtad a su nuevo señor, a su eterno amo.

Pero ahora, nada de eso importaba. Su señor había roto una norma. Había traído a una humana a las tierras del clan. Un mortal no podía pisar aquella propiedad, y el vampiro que rompía esta regla era castigado a sufrir tortura.

A pesar de que procuraron ocultar la presencia de la intrusa cuando llegaron a la mansión, después de una noche de cacería, los miembros del Consejo se enteraron de la audacia del señor. Y no dudaron en aprovechar aquella oportunidad.

Habían esperado durante siglos una excusa para destituir la autoridad del Príncipe

Lucius y hacerse con el poder que tanto ansiaban, y aquella noche, el propio señor les había otorgado su mayor deseo.

—Lucius, el Consejo está tramando algo. La han descubierto. —Señaló con un gesto a la humana—. Deberíamos sacarla de la mansión antes de que muevan sus hilos y decidan atacar.

Lucius notó como la mujer se revolvió en la cama, temblando ante la presencia de su vasallo.

—Lucius, ella es un problema para todos, estás rompiendo las normas al permitirle que se quede en la mansión.

— ¡Silencio, Syemus! —bramó acallándolo—. Nadie puede ordenarme nada. Estas tierras pertenecen a mi familia —Entrecerró los ojos y masculló con voz grave—. Aquellos que se atrevan a desobedecerme conocerán mi furia. Ahora vete y reúne a los guerreros.
Trazaremos un plan. El Consejo estará perdido si osa atacarme directamente.

Syemus tragó con dificultad. Hacía décadas que no veía a Lucius tan alterado. La furia y determinación que mostraba su señor era letal. Su amenaza debería acobardar a sus enemigos, pero estaba seguro que los vampiros que formaban el Consejo se jugarían el todo por el todo con tal de acabar con él.

Antes de retirarse, Syemus paseó su mirada por la mujer que había revolucionado la tranquilidad de la mansión. Entrecerró los ojos al ver que no era realmente hermosa.

Tenía que reconocer, sin embargo, que la inocencia que se percibía en sus ojos atraía, pero tanto su cuerpo —demasiado delgado para su gusto—, como su rostro, eran corrientes. Sus cabellos ligeramente ondulados eran de un color chocolate claro de un aspecto apagado y largos hasta cubrir sus pechos. Sus ojos celestes brillaban con luz propia, iluminando su rostro redondeado.

Mujer, que tienes que has provocado que nuestro señor cometa una grave infracción. ¿Qué vio en ti? No lo comprendo. Pensó Syemus antes de salir del dormitorio tomando rumbo a los calabozos donde sus compañeros de cacería torturaban a los prisioneros capturados aquella noche. Esperarían la llegada de Lucius.



Una vez solos, Lucius se giró y se sentó en la cama a escasos veinte centímetros de ella. Era consciente del riesgo que estaba corriendo al traer a la mortal a su hogar. Con este acto estaba rompiendo una de las normas que él mismo dictaminó hacía siglos para mantener la paz en sus tierras. No hacía falta que sus guerreros le recordasen las consecuencias que iba a traer su decisión. Pero no pudo dejarla atrás. No pudo dejarla morir en el parque.

Ahora era suya. Por más que ella se negase, le pertenecía. Cuanto antes lo aceptase, mejor para todos, pues si intentaba escapar sería cazada sin piedad y él no podría salvarla de su destino.

Al oler el miedo en el aire, Lucius gruñó internamente. Nunca antes había tenido una esclava mortal, no estaba seguro que debía hacer para mantenerla calmada en el dormitorio mientras buscaba la manera de afrontar al Consejo y a sus hombres.

Recordó las palabras de su padre. «Si quieres mantener calmada a tu mascota, recuerda mis palabras: ofrécele un hogar caliente y comida abundante».
Lucius sacudió la cabeza. No estaba muy seguro que seguir los consejos de su tercer progenitor sirviese de algo, pero por intentarlo no perdía nada.

Rompió el tenso silencio al preguntar:

— ¿Tienes hambre?

Gabrielle le miró con confusión. No sabía que pensar de él. Le vio discutir acaloradamente con el hombre que entró hacía unos minutos en el cuarto, asustándola, recordándole que era un asesino. Y ahora le sonreía preguntándole si quería comer.

Estoy ante un vampiro con doble personalidad, pensó observándolo con atención. Primero se muestra como una fiera y ahora es un cachorrito. Gabrielle entrecerró los ojos. No, no puedo bajar la guardia. Este hombre es peligroso.

Lucius escuchó sus palabras al leer su mente. Casi soltó una carcajada al escuchar que le tildaba de trastornado. La joven ocultaba bajo capas de miedo una personalidad fuerte y decidida. Eso le gustaba. No deseaba que ella se mostrase débil ante él. Los débiles morían en su mundo, sólo los fuertes merecían seguir viviendo.

— ¿Deseas tomar algún refrigerio? —repitió, manteniendo una máscara de impasibilidad en su rostro.

—Perdón… —Gabrielle parpadeó un par de veces enfocando su mirada en el hombre, retomando la conversación—. Yo… —Era incapaz de comer, por más que su estómago rugiese hambriento, sentía un nudo en la boca del estómago—. No, gracias. No quiero nada.

Lucius al ver que ella se negaba, se contuvo a duras penas de ordenarle que comiese todo lo que le trajesen. Pero si lo hacía, ella no confiaría en él, temiendo sus reacciones. Y no deseaba su temor. Quería que lo deseara, que lo necesitara, que fuese lo primero en que pensara cuando despertase y lo último que circulara por su mente antes de sumergirse en la oscuridad de los sueños.

Deseaba su cuerpo. Completamente. Y por más que negara los fuertes sentimientos que le provocaba la sola visión de ella, no podía hacer nada por luchar contra los mismos.

Desde el mismo instante en que la salvó entró a formar parte de su existencia. Ella era suya y como tal, iba a tener que rendirse a él.

— ¿Qué voy a hacer contigo? —susurró para sí mismo en voz baja acariciando un suave mechón de pelo que caía sensualmente sobre el seno derecho.

—Dejarme ir a casa —le contestó la mujer con voz aguda, apartándole la mano de un manotazo.

Gabrielle no quería que la tocase, pues cada vez que la rozaba, la excitaba y, sentirse caliente por un hombre que era un asesino y un secuestrador la hacía desear romper a llorar hasta agotarse. Era toda una contradicción.

Lucius se levantó de golpe, apretando los labios, sin desviarle la mirada.

— ¡Jamás! Eres mía. Acéptalo. Estarás a mi lado, para siempre.

—Estás diciéndome que eres… —La joven dudó unos segundos antes de decir—...inmortal. —Al ver que él asentía con la cabeza, murmuró nerviosa—: Lo que vi entonces no fue una ilusión, eres un… vampiro —susurró para sí misma, confirmando en alto lo que ya sospechaba.

Cuando iba a contestarle, Lucius escuchó en su mente la llamada de Syemus. Ya estaban reunidos todos los guerreros que le servían fielmente y en quienes podía confiar su vida pues nunca le iban a traicionar. Se reuniría con ellos antes de ir junto a los miembros del Consejo. Había llegado el momento de pensar con fría calma los movimientos que iba a realizar y que si sus previsiones se cumplían, llevaría al Consejo a la ruina y le libraría de su molesta presencia.

Utilizó la conexión que abrió Syemus para contestarle que en diez minutos estaría con ellos en los calabozos.

Después de cerrar la conexión y levantar las barreras mentales, Lucius caminó hasta la puerta.

—No eres real…. Esto es un mal sueño. —Lucius la miró por encima del hombro.

¡Qué demonios!, masculló para sí mismo, acercándose velozmente a ella y cogiéndole la cara entre sus manos, obligándola a mirarle directamente a los ojos.

—Te recordaré lo real que soy.

Y procedió a demostrárselo, lamiéndose los labios con anticipación ante el trofeo que estaba a punto de conquistar.

Atrapó sus labios, bebiendo del gemido que brotó. Lucius cerró los ojos cuando le permitió entrar, entreabriendo su boca ante la insistencia de su lengua.

Gabrielle gimió en alto protestando cuando él se apartó, despegando sus labios para tomar aire. Al abrir los ojos, la joven enfocó su mirada en las lagunas plateadas que la miraban con deseo y pasión.

Es un asesino… el hombre que te está besando es un asesino inmortal. Un monstruo que te secuestró, comenzó a pensar Gabrielle, intentando convencerse a pesar de que su propio cuerpo ardía necesitado.

Lucius, al escuchar que le llamaba monstruo, se separó de ella y pasó una mano por sus cabellos, revolviéndolos.

—Me llamo Lucius muchacha, recuérdalo. —Dejándola jadeante y ruborizada en la cama, caminó con paso firme hasta la puerta y agarró el pomo, girándolo. Antes de salir del cuarto, dijo con voz clara sin mirarla—. Lucius Cuestelvinier, Príncipe de los vampiros.

5 comentarios:

  1. Hum! El primer capitulo promete,lo apuntaré en mi lista para comprarlo.
    Gracias...y yo si te leo...

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  2. Que genial capi. Wow. me gusta mucho. Ya quiero ver que sigue. Continuale

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  3. Me estoy enganchando muchooo!!! si algún día lo publicas quiero ser una de las primeras en tenerlo, aunque ya me lo hubiese leído... está genial!!!

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  4. gracias chicas por vuestros comentarios!!!! besitossssssssss

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  5. Hola,

    Que sepas que me gusta mucho tu blog, podrias dejarme mas informes de este libro porque me ha enganchado!, saludos

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