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Prólogo Belleza oscura, nueva historia




Espero que os guste esta historia, la comencé hace un año y por fin la terminé y la registré, ahora le estoy dando los últimos retoques antes de animarme a publicarla.

Como siempre indico, acepto críticas y elogios por supuesto, para mejorar hay que aceptar tus errores y seguir insistiendo hasta que quedes satisfecha con el resultado.



BELLEZA OSCURA, copyright Sheyla Drymon, Junio 2009










RESUMEN




Lucius Cuestelvinier, Príncipe de los vampiros es un guerrero forjado en la batalla que verá como su mundo se pondrá patas arriba ante la llegada a su hogar de una mortal. ¿Quién le iba a decir que al recogerla y salvarla de la muerte le conduciría a la auténtica felicidad?


Su cuerpo se negaba a seguir las órdenes de su calculadora mente, pues a pesar de negar lo que la joven humana le provocaba se convirtió en esclavo de la pasión.











PRÓLOGO



Vancouver, primavera 2005.



Local Moon´s Bitte.



Las luces de neón del local brillaban con intensidad atrayendo a los hombres que circulaban por la calle a aquellas horas de la noche. La música que se escuchaba dentro del local sonaba con fuerza enloqueciendo con su frenético ritmo a los que bailaban en la pista. Los camareros se movían con fluidez entre los clientes portando bandejas con bebidas. Aquella noche la fiesta duraría hasta cerca de la medianoche, y nadie quería perderse ni un segundo.


Desde el fondo del local, una joven de no más de veinticinco años observaba la pista desde la oscuridad, ocultándose en la zona que se abría de día como restaurante.


Como cada noche, esperaba a que se fuesen los clientes para limpiar el bar junto a los demás camareros y acondicionar el local para el día siguiente.




Dos horas después…




—Dime que está es la última caja que necesitas.


Gabrielle Smither se incorporó, limpiándose las manos en el delantal. Delante de ella, Riper Wayden, compañero de trabajo, bufaba entre dientes, cansado de estar transportando las cajas de bebidas desde el almacén del restaurante donde ambos trabajan hasta la barra del mini bar.


—No te quejes Riper. Tú no eres quien coloca las botellas —contestó Gabrielle abriendo la nueva caja que había encima de la barra—. Aún nos quedan cinco cajas más. —Comenzó a sacar botellas de vino tinto guardándolas en la pequeña nevera bajo la barra—. Deja de molestarme y regresa al almacén. Cuanto antes acabemos con esto, antes saldremos de aquí.


Riper siseó, pero no discutió las órdenes de la muchacha. Dio media vuelta y regresó al almacén.


Desde una de las mesas del local, Antoine Sinclair sonrió después de echar un trago de whisky. A pesar de ser el jefe, disfrutaba yendo cada noche para interaccionar con los clientes y comprobar que sus empleados eran eficaces.


Sonrió abiertamente cuando contempló como trabajaba duramente la joven, la única mujer del local.


Gabrielle Smither era la encargada del grupo de trabajadores del turno de noche. Al principio, Antoine dudó que ella estuviese capacitada para desempeñar ese papel, pero ahora, al ver como conseguía que los hombres que trabajan con ella siguiesen sus órdenes sin protestar, sabía que había tomado la decisión correcta.


—Ya no puedo más, Gaby. El jefe nos explota. —Un carraspeo le hizo mirar hacia atrás y enrojeció cuando vio al señor Sinclair saludarle levantando el vaso—. Mierda, el viejo me escuchó.


Gabrielle salió de debajo de la barra donde llevaba quince minutos colocando las latas de refresco por orden.


—Deja de quejarte, Riper. —Al levantarse de golpe gimió en alto. Le dolía la espalda de estar tanto tiempo agachada—. Mueve tu culo, rubiales, y ven a ayudarme con estas latas.


Riper soltó una carcajada y pasó detrás de la barra.


— A tus órdenes mi comandante.



Hora y media después.




Eran las cuatro y media de la madrugada cuando Gabrielle salió del local. Estaba agotada y había perdido el último autobús que pasaba por ese barrio. No le quedaba otra que recorrer dos manzanas para llegar hasta su pequeño apartamento.


Tomó la ruta por el parque. Si lo atravesaba, adelantaría al menos media hora de trayecto. Al principio le había parecido una buena idea, hasta que se encontró rodeada por tres delincuentes que le gritaban que les diese todo su dinero.


Les tendió el bolso, esperando que con eso la dejasen tranquila.


Uno de los hombres tiró el contenido del bolso al suelo y buscó la cartera, vaciándola. Veinte dólares con cincuenta centavos.


—Seguro que no tienes más, zorra.


Gabrielle negó con la cabeza, visiblemente aterrada.


—No, eso es todo. No tengo más dinero encima.


Los ladrones la miraron de arriba abajo, con avaricia. Al sonreír mostraron sus dientes retorcidos.


Gabrielle tembló al ver sus siniestras sonrisas.


—Esta noche nos divertiremos contigo, zorra —dictaminó el ladrón lanzando la cartera al suelo.


Los demás hombres rieron en alto, rodeándola, saboreando su presa antes de catarla.


—Nuestra pequeña putita tiembla de deseo. —Bromeó uno de ellos tirando del abrigo de Gabrielle, arrancándoselo de su cuerpo.


Gabrielle dio un paso hacia atrás, cubriéndose los pechos con los brazos. Debajo del abrigo llevaba una camiseta corta de tiras y una falda larga hasta la rodilla, su uniforme de camarera.


— ¡No! — chilló asustada, suplicando con la mirada—. Dejadme en paz. Ya os he dado mi dinero, ahora marchaos.


El hombre que debía ser el jefe de aquella banda le asestó un golpe en la cara rompiéndole el labio inferior.


—Silencio, zorra. No tienes permitido hablar.


En aquel momento, cuando todo parecía perdido, Gabrielle comenzó a gritar a pleno pulmón pidiendo ayuda. Los ladrones se rieron de su temor y se abalanzaron sobre ella.


El golpe que llevó cuando la tiraron al suelo noqueó a Gabrielle unos segundos, el tiempo suficiente para ser despojada de la camiseta.


—Dejadme —Se revolvió llorando de impotencia. Sus agresores la mantenían presa, agarrándola de las muñecas y las piernas. Dejándola expuesta para ser tocada sin impunidad—. No, por favor.


El hombre que estaba sobre ella rió.


—Me gusta cuando os resistís. —Le lamió la mejilla, asqueándola.


El hombre que la sujetaba por las muñecas le gritó a su compañero que se diese prisa. Él iba a ser el siguiente en violarla.


Gabrielle gimió de dolor cuando le obligaron a abrir las piernas. La estaban marcando con sus manos y si nadie acudía a salvarla la marcarían para toda la vida.







Lucius Cuestelvinier vigilaba la zona norte de la ciudad. Era su deber. La unidad que dirigía se había esparcido siguiendo sus órdenes al percibir la presencia de un grupo de no más de veinte licántropos, salvajes criaturas que no pertenecían a ninguna manada.


Él siguió el camino hacia el parque central. Los lobos habituaban a esconderse en lugares verdes. Al entrar al parque desenfundó el arma que portaba oculta con fundas en su espalda. Había escuchado los gritos de una mujer pidiendo ayuda.


Wulfric, Syemus… en el parque escucho actividad, me dirijo hacia ahí.


No tardó en recibir respuesta a su mensaje.


¿Seguimos a los intrusos o vamos a su encuentro?


Lucius saltó por encima de un banco. Utilizó una vez más la conexión mental que abrió para comunicarse con sus hombres de confianza.


Seguid con la misión. Nos encontraremos en la mansión.


Los hombres no discutieron sus órdenes. La palabra de Lucius era ley. Era el señor de los vampiros de Norteamérica, un guerrero poderoso y arrogante, de más de dos mil años de existencia.


Y esa noche…, un cazador implacable que se encontró con una estampa que le cambiaría la vida.





Gabrielle gritó hasta que le cubrieron la boca con una mordaza. El trozo de tela, que fue su camiseta, lo ataron con fuerza alrededor de su boca tapando en parte su fosa nasal. La falta de aire la mareó, dejándola exhausta y a merced de ellos.





Lucius siguió el rastro que dejó el olor del miedo y atravesó parte del parque. Cuando llegó al lugar del ataque se sorprendió al presenciar la agresión. Había esperado cazar unos cuantos chuchos, pero en lugar de hombres lobos se encontró con un grupo de escoria. Hombres que perdieron el honor atacando a los débiles de su sociedad.


Quedó parado frente a los mortales. No debía intervenir, los asuntos de los humanos no les importaban a los de su raza, pero cuando le llegó el olor de la presa de aquellos hombres, su cuerpo se tensó y su corazón comenzó a palpitar con fuerza. Aquella hembra era especial, una humana que había regresado de la muerte y poseía el don de aceptar el regalo oscuro de la inmortalidad. Una mujer que olía maravillosamente bien y que le atraía con un magnetismo animal que lo sorprendió.


Luc, encontramos la pista de los lobos. Están en la zona sur de la ciudad.


Lucius se apoyó contra un árbol y se cruzó de brazos cerrando los ojos, contestando a Wulfric.


Atrapadlos y llevadlos a la mansión. Les tenemos unos calabozos reservados para ellos.


La voz de Wulfric, un guerrero nórdico, resonó con fuerza en su cabeza.


Lucius te esperamos o…


No. Estoy ocupado —Abrió los ojos. Por más que las normas de su raza le prohibiesen involucrarse en rencillas de humanos, no iba a dejarla a manos de esos buitres—. En cuanto llegue a casa, venid a mi despacho. El golpe al Consejo se tendrá que adelantar.


Wulfric sonó curioso ya que los planes para lograr la caída de los vampiros que se disputaban el poder con Lucius fueron pensados con fría calma, teniendo en cuenta cada paso a dar para no cometer ningún error.


Por eso mismo, ¿qué podía haber pasado para que Lucius quisiese adelantar los acontecimientos?


Lucius, ¿se puede saber el motivo?


El silencio que acompañó a la pregunta de Wulfric puso nerviosos a los guerreros que seguían la conversación. Su Señor era conocido por su fuerte carácter y por nada del mundo querían ser el blanco de su ira.


Lucius dio un paso hacia delante. Había tomado una decisión y por más que su mente racional le gritase que estaba cometiendo un error que lo precipitaría todo, no iba a dar marcha atrás.


Lucius… —lo llamó Wulfric.


Era hora de actuar. Lucius gruñó atrayendo la atención de los ladrones que se separaron de la mujer, mientras transmitía mentalmente la contestación a sus guerreros.


Esta noche me lanzaré al infierno de cabeza. Por ese motivo, adelantaremos el ataque.


Antes de que sus compañeros de cacería comenzasen a atosigarle con preguntas, Lucius cortó la conexión y se concentró en su actual batalla.


— ¡Soltadla! —rugió guardando la pistola en su funda. Las balas de plata eran preciadas y escasas, no iba a desaprovecharlas con aquellos malnacidos.


Uno de los mortales soltó las piernas de la mujer y se levantó.


—Lárgate tío, no te metas donde no te llaman.


Lucius siseó mostrando los colmillos que se alargaron varios centímetros sobresaliendo de sus labios. Tomó una postura de ataque y saltó, desapareciendo ante la mirada asustada de los hombres. No iba a perder tiempo con aquella escoria. Agarró por la solapa al que permanecía sobre la mujer y lo estrelló contra un árbol, quebrándole el cuello. Antes de que escapasen los otros dos, los degolló con sus garras, quemando sus cuerpos con sus poderes. No podía dejar rastros de las muertes. Era primordial seguir ocultos en las sombras y que los seres humanos siguiesen creyendo que su existencia era pura fantasía y folclore; material para novelas y películas.


Después de limpiar el escenario del crimen, se arrodilló al lado de la muchacha y la examinó con cautela. Su presencia lo alteraba de una manera que no era posible para su raza. Un vampiro siempre permanecía frío, sin mostrar sentimientos, portando una máscara que ocultase lo que sintiese en esos momentos. Habían nacido para la lucha, ocultándose en la oscuridad. Los nuevos sentimientos que estaba descubriendo lo desconcertaban.


Se levantó al ver que extendió la mano para rozarle la mejilla.


— ¿Qué estoy haciendo? Una cosa es salvarle la vida, otra muy distinta es caer en sus redes —masculló en alto golpeándose la frente con la mano—. ¿Qué me provocas, mujer?


Gabrielle despertó al escuchar la ronca voz de un hombre. Al abrir los ojos lo vio. Un hombre vestido completamente de negro, con unos pantalones apretados que no dejaban nada a la imaginación, acompañado de una camisa de manga larga cruzada por tiras que se entrelazaban en su pecho. Paseó su mirada por la oscura figura, de casi dos metros de altura y constitución atlética, deteniéndose unos segundos en su rostro. Era hermoso, de una belleza sobrenatural. Largos cabellos azabaches hasta los hombros, rostro blanquecino, labios rosados, nariz aguileña, cejas finas y perfiladas.


— ¿Quién eres? —preguntó Gabrielle con voz débil, gimiendo al intentar sentarse.


Lucius rechinó los dientes. Su deber era matarla. No ir contra la ley. Debía dar ejemplo con sus actos. Y sin embargo, estaba permitiendo que una humana, que había presenciado un ataque de su raza, siguiese con vida. Cerró los puños con fuerza, clavándose las uñas. Era un estúpido que caminaba por el borde de la ruina y todo por los hermosos ojos de una mujer.




Gabrielle cayó al suelo cuando intentó levantarse, mientras esperaba una respuesta a su pregunta. Apoyó una mano sobre su pecho y comenzó a respirar con dificultad. Los pulmones ardían ante la falta de oxígeno, sus ojos lloraban de impotencia. Estaba teniendo un ataque de ansiedad, su rostro estaba tomando un tono rojizo y sus pupilas se habían dilatado hasta opacar el color de su iris.


Si seguía así acabaría perdiendo la conciencia, y en aquel parque en el que no pasaba nadie por aquellas horas de la noche, a no ser claro está con claras intenciones de vaciar los bolsillos de los asaltados, la joven perecería, como un animal herido, en soledad.


Lucius cerró los puños y masculló en alto una maldición. Se iba a arrepentir de lo que iba a hacer, pero no podía dejarla morir.


—Te llevaré conmigo, muchacha. —La tomó en brazos y alcanzó el inhalador levitándolo con su mente, dejándolo caer en su regazo.


Gabrielle abrió los ojos y lo miró a la cara. La profundidad de sus ojos plateados, que parecían que la marcaban como suya, le provocó temblores.


Vendrás conmigo. Ahora duerme, pequeña. Cierra los ojos y descansa. Respira con calma. No permitas que el miedo te gobierne. —Le ordenó mentalmente, consiguiendo que la mujer cayese dormida por su embrujo.


Gabrielle se dejó caer sobre su cálido cuerpo. Temblaba de pies a cabeza, llorando de impotencia al sentir como sus pulmones ardían ante la falta de oxígeno. Su mente se nublaba, y lo último que vio antes de desmayarse fue el rostro preocupado del extraño, que echó a correr velozmente saliendo del parque para internarse en la oscuridad de la noche.





Comentarios

  1. Me encantó, es fácil de leer y los personajes prometen. Hmmm creo que me voy a enamorar de Lucius *-*

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  2. gracias por el comentario Mina, en cuanto pueda os colgaré el primer capi de esta historia

    bsssssssssssssss

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  3. me gustó mucho el prólogo, esperaré para leer el primer capitulo

    saludos

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  4. Me encantaaa!!! Ala, me acabo de enganchar.... Esperaré ansiosa el primer capítulo...
    Escribes de lujo, espero que algún día tu sueño se cumpla y espero que sea pronto.
    Un saludo!!

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  5. Por fin encuentro la entrada, jajaja

    Lo tennnnnnnngo, jijijiji, me llegó el viernes en el pedido de Lulu, muahahahahaaaa

    Sabes que me encantaba esta historia, y en cuanto la vi en papel, me lancé a por ella, jajaja

    Besotes, wapaaaaaaaaa

    ResponderEliminar

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