domingo, 10 de mayo de 2009

EL GUERRERO Y LA HECHICERA

Esta vez os dejo el prólogo de mi nueva novela...la que espero que vea algún día la luz siendo editada por alguna de las editoriales a las que se lo envie

Espero que os guste!!!!

El guerrero y la hechicera Copyright, Sheyla Drymon


Esta novela ha sido registrada en la Propiedad del Registro intelectual al igual que el resto de mis obras aquí publicadas, su difusión o plagio sin mi permiso es delito y puede ser denunciado


Saludos!!!!


PRÓLOGO

Escocia, primavera de 1545. Tierras MacKerr.


En lo alto de una colina de un verdor resplandeciente, salpicado de frescos colores primaverales, se veía imponente un castillo de piedras rosadas oscuras, el emblema del orgulloso clan MacKerr. Dentro del mismo, un hombre agobiado por los temores de perder a la mujer amada caminaba nervioso de un lado a otro del salón. Sus pisadas resonaban en el silencio de la sala, un silencio roto tan solo por los angustiosos gritos de dolor que profería su joven esposa. Unos gritos que lo estaba volviendo loco.

Al escuchar nuevamente un espeluznante alarido, Kevin MacKerr apuró el contenido de su copa. No saboreó el vino, lo tragó sin pensar, deseando que el alcohol le aliviase los nervios que lo consumían por dentro.

Llevaba al menos diez copas y cada vez que acababa su contenido, uno de sus hermanos se apuraba en llenársela de nuevo, pero esta vez cuando su hermano pequeño Keith se levantó para servirle, Kevin negó con la cabeza.

No más vino.

Había bebido cerca de un barril de vino mediano y no sentía sus efectos. Su cuerpo seguía tenso, sobresaltándose cada vez que la escuchaba gritar. Sus ojos estaban inyectados de sangre, y su boca reseca, pero su cuerpo no se resentía con la cantidad inmensa de alcohol consumido. Por tanto, ¿de que iba a servir vaciar la bodega del castillo si no le estaba ayudando para nada?

Ya nadie en el salón celebraba la buena noticia del nacimiento del primer hijo de Kevin. Al principio sus hermanos se rieron de él, disfrutando de su nerviosismo, asegurándole que los chillidos de la mujer eran habituales. Los partos solían ser dolorosos y largos, y los hombres debían permanecer lejos de sus mujeres, rodeados de sus compañeros y familiares. Y así fue al principio, siguiendo las costumbres sus hermanos lo arrastraron hacia el salón y le dieron la primera copa de vino, discutiendo a quien de ellos le correspondía ser el padrino y protector del niño. Pero al ver que pasaban las horas y la parturienta no alumbraba a su primer hijo se preocuparon. Las risas se tornaron en un silencio tenso, y sus rostros mostraban la honda preocupación que sentían. Cuando se escuchaba los gritos de dolor de la mujer de Kevin desviaban la mirada, incapaces de mirar a su hermano a los ojos para no revelarle los malos pensamientos que recorrían sus mentes.

Durante las trece horas que duraba el sufrimiento de su esposa Maritie MacKerr, sus hermanos no se separaron de su lado. Se encerraron con él en el pequeño salón del castillo y echaron a los criados que se acercaban a la sala preocupados por la mujer del laird.

Todos en el clan esperaban que la joven Maritie sobreviviese a esa dura experiencia, y su laird presentase orgulloso a su heredero con una gran sonrisa en el rostro.
Pero el que durase tanto el parto, no presagiaba nada bueno.

Pasándose una mano por los ojos, Kevin miró a su alrededor. Sus hermanos pequeños estaban sentados en unas butacas frente a la chimenea, removiendo las copas que tenían en las manos sin llegar a beber de ellas, vertiendo parte del rojizo líquido al suelo. Su hermana, la más joven de todos ellos, se quedó al lado de Maritie, animándola con su voz suave y secándole la frente el sudor.

Kevin buscó con la mirada a Kirios MacKerr, su hermano mayor. Lo encontró de pie, apoyado contra la ventana, con los ojos cerrados y escuchando a lo lejos los truenos que cubrían con destellos plateados el cielo estrellado.

Lo observó en silencio.

Kirios había nacido antes que él, pero no tuvo la oportunidad de dirigir el clan. El Consejo del clan se negó a aceptar como futuro laird a un niño que había nacido en el alba cuando el gallo cantaba y en el cielo se veía con claridad una inmensa luna llena de un tono rojizo. Aquel presagio de mala suerte acompañó al pequeño Kirios que fue sometido a varios exámenes por parte de los mayores del clan, que buscaban indicios de los poderes ocultos y oscuros con los que nacían los niños que llegaban al mundo a esas horas. Su padre, se mantuvo impasible negando que su hijo fuese un embrujado, pero cuando el pequeño demostró por primera vez sus dones, el clan le dio la espalda y le negó el derecho a continuar la labor de su padre, Duncan MacKerr.
Kevin no comprendía porque motivo su hermano se había rendido con tanta facilidad, aceptando la orden del Consejo. En lugar de rebelarse al descubrir que iba a ser él el siguiente laird, Kirios le sonrió y le felicitó, palmeándole la espalda. Se mantuvo a su lado, apoyándolo, aconsejándole, defendiéndole ante el Consejo cuando éstos no atendían a sus palabras.

A la muerte de Duncan, Kevin tomó las riendas del clan y nunca estuvo solo. Sus hermanos y su hermana lo apoyaron, y a pesar de su juventud demostró a todos que era capaz de gobernar el clan siendo un orgulloso heredero de su padre.

Pero, después de casarse con la joven Maritie McLeod, a la que conoció cuando asistió a una reunión con los demás lairds de las highlands, Kirios se mantuvo alejado del castillo, encerrándose en la cabaña en la que residía.

Kirios se había vuelto muy silencioso desde que trajo a Maritie. Fue como si la llegada de la mujer les hubiese separado. Kevin intentó saber que es lo que le llevó a su hermano a tomar esa actitud, a distanciarse de todos, de su familia. Pero por más que lo intentó, no logró sonsacarle nada. Éste negaba con la cabeza y permanecía silencioso mientras se alejaba de él y se internaba en el bosque.

Después de que aquello Kevin decidió no insistir más a su hermano y permitir que fuese él el que le dijese lo que le sucedía cuando llegase el momento apropiado.
La voz de Kirios devolvió a la realidad a Kevin que se quedó mirando fijamente las llamas de la chimenea mientras recordaba el pasado.

— Hermano. — dijo en voz alta Kirios, alejándose de la ventana. Su voz era grave, como si surgiese del fondo de un barril — Ve arriba tu mujer te necesita. Ve con ella.

Kevin sintió como su corazón se detenía. La preocupación que sentía hasta esos momentos le desbordó y explotó en su interior.

Su hermano mayor había nacido a la hora de las brujas, y poseía el don de ver el futuro. Desde niño había sido temido por los miembros de su clan por su poder, siendo repudiado por su gente. Su don fue la causa de que se viese obligado a renunciar al cargo a favor de su hermano menor y eso era algo que todos sabían.

Kevin habría luchado a su lado para asegurarse que Kirios tomase el poder del clan, un cargo que merecería por nacimiento, pero Kirios no quiso batallar, después de discutir con él, Kevin acabó aceptando a regañadientes el convertirse en el laird del clan MacKerr a la muerte de su padre.

— ¿Sabes algo? — preguntó con nerviosismo Kevin, quedando parado frente a su hermano mayor. A sus espaldas los gemelos Keith y Kenneth se habían levantado de los sillones y esperaban ansiosos la respuesta. Todos habían tomado cariño a la joven Maritie, que en esos momentos luchaba por su vida en una habitación del piso superior del castillo. — ¡Maritie vivirá! — gritó agarrando a Kirios por el trozo de tela del kilt que le cruzaba el hombro derecho. — ¡Dime que vivirá, Kirios!

Kirios sintió la angustia de su hermano. Le apenaba ver como el dolor ante la sola idea de la pérdida de su esposa le consumía la belleza de su rostro. Los ojos azules de Kevin estaban apagados, opacos, la chispa que los caracterizaba se había
esfumado. Sus cabellos castaños estaban revueltos, después de haber tirado al suelo en un arranque de nerviosismo la tira de cuero con la que se los ataba. Bajo los ojos tenía ojeras pronunciadas, de una tonalidad grisácea que sobresaltaban con la palidez de su rostro. El kilt estaba mal anudado, puesto con prisas sobre su robusto cuerpo al enterarse del inminente parto de su mujer.

Quiso decirle que Maritie iba a salvarse, que criarían juntos a la niña que nacería aquella noche, pero no pudo mentirle. Su hermano debía saber la verdad.

— Kevin tienes que ser fuerte y…. — no pudo decir nada más. Su hermano le golpeó la cara con un puñetazo que lo lanzó al suelo. Antes de recibir un nuevo golpe los gemelos agarraron por los brazos a Kevin, sujetándolo. — Kevin intenté decírtelo cuando me la presentaste. — Le recordó — Pero te negaste a saber de vuestro futuro juntos.

— ¡Maldito! — bramó Kevin mirándolo con odio. — Si sabías que su parto iba a ser difícil me lo tenías que haber dicho, habría buscado una curandera que la ayudase.
Kirios negó con la cabeza, mientras se levantaba del suelo pasándose una mano por el labio partido, percibiendo el sabor metálico de su sangre. Kevin le había se lo había partido.

—No podrías haber echo nada. La sombra de la muerte la acechaba y esta noche se llevará su….


Kevin aulló como un loco lanzándose hacia delante arrastrando consigo a los gemelos.
Kirios no se movió del sitio. Aun a pesar de saber que no podría haber ayudado a la joven, se sentía culpable. Culpable por no haber impedido que Kevin llevase a cabo su boda, por no haber impedido que se enamorase de la mujer hasta el punto de perder la razón al tener que enfrentarse con su inminente fallecimiento.

— Yo te maldigo Kirios. — Gritó con intenso odio en el tono de su voz Kevin, gruñendo al ver que no podría alcanzarlo, al ser retenido por Kenneth y Keith — Ojalá vivas eternamente solo. No te quiero en las tierras de mi gente. Si te vuelvo a ver en mis tierras, te mataré.

Kirios cerró los ojos con dolor. Las palabras de su hermano lo habían condenado. Esa noche había perdido a su familia, que lo miraba con el mismo temor que los demás miembros del clan. Todo su mundo se desmoronaba ante sus ojos.

El sueño premonitorio que tuvo cuando Kevin le presentó a su futura esposa se estaba cumpliendo. Se había visto repudiado por aquellos que más amaba.

Se había quedado completamente solo.

Sin decir nada a su favor, Kirios dio media vuelta y salió del salón. Lo último que escuchó antes de salir de castillo, fueron los gritos coléricos de Kevin maldiciéndole por toda la eternidad.

Repudiándolo del clan.

Condenándolo con sus palabras a la soledad.

Nada más salir del castillo, Kirios contempló la silueta del que hasta entonces había sido su hogar. El castillo lucía hermosamente tenebroso, los hilos dorados y plateados de la muerte lo abrazaban entremezclándose con el rosado de la piedra. La muerte hacía acto de presencia, esperando que el alma de la parturienta se desprendiese del cuerpo extenuado después de alumbrar a una preciosa niña.

Kirios cerró los ojos con impotencia y apoyó una mano encima de la empuñadura de su espada, el único objeto de valor que llevaba encima además de una medalla con forma de estrella, recuerdo de su fallecida madre, que se lo entregó minutos antes de morir. No llevaba nada más. Su kilt, su espada y su corazón dividido.

Su hermano lo echó de las tierras MacKerr enloquecido por el dolor, si se hubiese quedado y le hubiese contado todo, tal vez habría conseguido hacerle
entender que aunque lo hubiese querido, no habría podido salvar de la muerte a Maritie. Pero nada bueno conseguiría al quedarse en esas tierras. La oscuridad que crecía en su corazón, se apoderaría de él y cuando eso sucediese ninguno de sus seres queridos se salvarían. Cada día sentía como estaba perdiendo humanidad y para salvar a sus hermanos se alejaría de ellos, aceptando la condena de Kevin y sus hirientes maldiciones.

Después de un último vistazo al castillo, Kirios dio media vuelta y se internó en la oscuridad del bosque. Pasaría por su cabaña para quemarla, para borrar todo rastro de su presencia. Si no lo hacía aquella noche él, lo haría al día siguiente Kevin antes de enterrar a su esposa. Por ello, prefería ver arder su cabaña por su propia mano, que por la de su hermano, tal y como lo había visto en una visión.

Esa noche bajo un cielo surcado por truenos, Kirios MacKerr murió sepultando en lo profundo de su corazón sus recuerdos, borrando ese nombre de su mente, convirtiéndose en un hombre al que todos conocerían como el Ángel de la muerte, mientras las intensas llamas devoraban una pequeña cabaña de madera en medio del bosque.

4 comentarios:

  1. Mmh! Parece interesante, me gusta. Sigue así que lo haces muy bien, y espero poder ver tu novela publicada! Un beso

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  2. Hola, me gusta tu nueva historia

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  3. hola, guapa.
    Busque esta novela en Ed. Digital. pero no esta.
    ¿Cuando estara disponible?
    Me ha gustado mucho lo que has colgado y quiero leer el restoooooooooooooo.
    Besos
    Alix

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  4. Sheyla esta reseña ¿esta publicada?

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