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CAPÍTULO 2

CAPÍTULO 2


Las calles de la ciudad de la isla Saint Thomas en la que estaba Mireilla estaban repletas de turistas que no dejaban de sacar fotos con sus caras y aparatosas cámaras de fotos. Mireilla miraba con curiosidad a su alrededor, asombrándose que aquel festival que estaban preparando colgando carteles en los ventanales de las tiendas y guirnaldas en las fachadas de los edificios fuera un homenaje a un hombre que aterrorizó a miles de personas con su maldad y oscuro corazón. Edward Teach nunca tuvo piedad con sus prisioneros, deshaciéndose de todo aquel que se interponía en su camino. Sus triunfos como pirata recorrieron los mares de su época, como un rumor de un ángel de la oscuridad que aterrorizaba a los mercantes que aparecían en su camino. Los tesoros que consiguió fueron gastados hasta el último doblón en mujeres y bebida. Junto a su tripulación, a la que nada más que el deseo de enriquecerse abordando barcos, les unía. Entre piratas no había lealtades. Por un cofre de monedas de oro español habrían vendido a su capitán.

Mireilla se acercó a una pequeña tienda que exponían folletos y libros dedicados al famoso pirata. Acceder hasta la tienda fue todo un logro, pero cuando entró suspiró aliviada. No soportaba estar rodeada de tantas personas. Se sentía que le faltaba aire si le rodeaban hasta invadir su espacio íntimo, empujándola y arrastrándola allá donde la muchedumbre se moviese.

Dentro del pequeño local Mireilla paseó delante de las estanterías admirando los libros allí expuestos. Tal vez…compraría uno. Algunos libros escritos sobre Edgard Teach estaban bien documentados y narraban su historia tal cual fue. Dura, cruel y llena de traiciones.

— ¿Necesitas algo? — Mireilla se volteó y ante ella estaba una mujer de mediana edad que vestía un apretado traje grisáceo y llevaba recogido el cabello en un moño alto.

— No, gracias. Sólo estaba mirando.

La dependienta sonrió más abiertamente al ver el titubeo en los ojos de Mireilla.

Llevaba muchos años en el negocio, atendiendo a los turistas que se acercaban a la isla en la festividad de Barbanegra y aquella mujer mostraba el deseo de adquirir conocimientos acerca del pirata. Y nunca le había fallado su instinto.

— ¿Está segura señorita? Ahí tienes buenos libros. Aquel habla de los tesoros que consiguió Barbanegra y éste de la vida que llevaba antes de morir.

Mireilla miró los libros que le aconsejó la señora y desechó comprarlos. No eran más que guías ilustradas para turistas, exagerando los datos históricos.

— No gracias. Esas guías no me interesan. Pero si tiene uno de la historia de la isla documentada, tal vez me lo piense.

La señora alzó una ceja disimuladamente, un pequeño tick que con los años pulió para que no notasen el interés que mostraba ante una nueva venta.

— Veo que eres una mujer con las ideas claras. Eso está bien. Venga conmigo, te mostraré unos textos antiguos. Son algo caros, pero si verdaderamente estás interesada, verá que bien vale ese precio.

Mireilla asintió con la cabeza y la siguió, picada por la curiosidad. Si tras haber entrado en aquella pequeña tienda compraba un texto inédito conseguiría un reconocimiento que le abriría las puertas en su profesión. Era apenas ayudante del departamento de Historia, aún después de haber estudiado la Licenciatura. Su trabajo consistía en preparar las clases de su jefe, documentándose en la materia que tocaba cada día para luego darle la carpeta con la teoría y las imágenes que su jefe les explicaría a sus alumnos. Ella no era más que una biblioteca con piernas que le hacía el trabajo sucio.

Ni reconocimiento, ni placer por su trabajo.

Estaba cansada de ser menospreciada y utilizada.

Internamente aquel era uno de las motivaciones – además de la apuesta – que la llevó a aceptar el papel de investigadora.

Ahora, siguiendo a una mujer que decía tener un texto de valor histórico, se sentía exultante, recorriéndole el cuerpo un cosquilleo de anticipación, como si esperase que verdaderamente fuera a realizar un hallazgo importante.

— Aquí está.

La voz de la dependienta la sacó de su ensimismamiento y se concentró en el libro de tapas curtidas y páginas amarillentas. Las letras eran doradas y el cierre era una tira de cuero que se enrollaba alrededor del documento manteniendo protegidas sus páginas.

Si era un libro escrito en la época en que vivió Barbanegra, estaría escrito a mano y sus páginas estarían sueltas.

Lo cogió con manos temblorosas, pues una primera inspección al viejo texto le confirmó que era antiguo.

— Cuesta 1.200 dólares.

Mireilla ahogó el jadeo de impresión que le causó aquel desorbitado precio. Pero después de unos segundos en los que intentó asimilar aquella cifra, recordó que tenía el apoyo del rectorado y el departamento de Historia que le habían puesto a su disposición cerca de dos mil dólares. Con aquel presupuesto tenia que sobrevivir los meses que pasaría en la isla. Quizás era precipitado pagar aquel dinero por un texto que aunque no parecía falso, había un porcentaje alto de que lo fuera.

“¿Qué hago? Si gasto 1.200 dólares me quedará muy poco para sobrevivir los meses siguientes. Y tengo que pagar el alojamiento y la comida.” Pensó mientras acariciaba las tapas. “Pero por otro lado….el motel no es caro, y si hago un poco de dieta….¡Qué coño lo compro!” se decidió sonriendo.


— Me lo llevo. — Mireilla no vio la sonrisa de satisfacción que esbozó la dependienta al ver que iba a ganar 1.200 euros por un diario que encontró su abuelo enterrado en su jardín. Aquel viejo diario no valía ni las tres partes del precio que aquella inocente mujer le iba a pagar, ya lo había llevado a un tasador de antigüedades cuando su abuelo falleció y este le dijo que no valía ni 200 dólares. Pero…ella no lo iba a comentar. Por supuesto que no. Una venta era una venta, a pesar de que fuera una estafa. Ya no habría vuelta atrás. Desde el momento en que cogiese el dinero de la mujer, ya se olvidaría del diario y no aceptaría reclamaciones.

Mireilla mientras tanto examinaba con ilusión su compra, sin ser consciente del engaño.

Antes de que se arrepintiese, la dependienta la llevó de regreso al mostrador de su tienda, pasando por la entrada del almacén donde guardaba el diario en una pequeña caja fuerte, y le hizo una factura en papel, alegando que la caja registradora se había averiado. Con aquel papel firmado con un nombre falso, no le serviría para reclamar cuando se percatase que el diario era falso.

Mireilla le entregó la tarjeta dorada que le dio el rector de la facultad de Historia. El sonido de la máquina cuando pasó la dependienta la tarjeta le hizo sentir remordimientos. Era mucho dinero. Pero después de verlo más detenidamente bien valía la pena. Aquel viejo texto era un diario que podría revelar nuevos datos del famoso pirata. Ya tenía ganas de llegar al motel y encerrarse en su cuarto para leerlo minuciosamente.

— Ya está. Toma. — le devolvió la tarjeta y Mireilla la guardó nuevamente en su cartera. — ¡Qué tengas un buen día joven! Y disfruta de la fiesta. Tengo que cerrar la tienda ahora.

A Mireilla le pareció extraño que la mujer ahora tuviera tanta prisa por cerrar la tienda, cuando antes parecía que estaba a punto de atarla a una silla hasta convencerla de comprar algo, lavándole el cerebro con imágenes y eslogan de las guías para turistas. Pero alejó de su mente la desconfianza y salió del local rumbo al motel, colina arriba. Esquivó como pudo a los turistas que gritaban emocionados en la calle al presenciar una cabalgata en la que los actores representaban un asalto de piratas a la isla.

Pero cuando pasó al lado de un grupo de actores vestidos de piratas, Mireilla chocó con uno de ellos.

— Disculpa. — dijo procurando recuperar el equilibrio después de chocar con el muro robusto que era el hombre.

— Procura mirar por donde va, muchacha, o acabarás lastimada.


Decir que se quedó paralizada era quedarse corto. Mireilla boqueó al ver que delante de ella un sexy y salvaje pirata la sostenía de un brazo, manteniéndola segura de la muchedumbre que le rodeaba.

Mireilla lo miró con los ojos desorbitados y tragó con dificultad. El “pirata” era atractivo, un auténtico bombón que atraía las miradas de las mujeres de su alrededor. Era alto, de cerca del metro noventa y ancho de hombros. Vestía unos pantalones de cuero negro que se ajustaban a su cuerpo como una segunda piel. La camisa blanca que le cubría el pecho, estaba abierta, dejando ver parte de su magnífica anatomía. Por un segundo se asombró al comprobar que no tenía pelo en el pecho. Era lampiño. El único cabello que se veía a simple vista era su larga melena rubia que brillaba bajo la intensa luz del sol y sus arqueadas cejas. Pero lo que le provocó un frío escalofrío en todo su cuerpo fueron sus ojos azules. Eran magnéticos, atrayentes.

Y ella había caído en sus redes.

Comentarios

  1. Uuh! Que sexy el pirata. Estoy muy intrigada, de verdad, un pirta rubio y de ojos azules, ¡Esa es la fantasía de cualquiera! Un besote

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  2. Humm, ojala me encontrara yo con un pirata así :P Esa es MI fantasía! >//<

    Me gusto mucho tu blog y tus relatos (especialmente este, se nota, no?) Asique te voy a seguir y a agregar a mi lista :) Ojala actualices pronto.

    Si algun dia andas de animo, pásate por el mio ^^

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  3. gracias por vuestros comentarios!!! me subieron mucho la moral!!! espero que la continuación de la historia os guste

    besosssssssss

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